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Dos científicos seleccionaron durante años plantas de colza hasta reducir los compuestos que limitaban su utilización alimentaria. De aquel trabajo nació en los años setenta un nuevo producto que necesitaba incluso un nuevo nombre: canola
Durante la Segunda Guerra Mundial, Canadá tenía un problema que aparentemente tenía muy poco que ver con nuestra alimentación actual.
Necesitaba lubricantes.
Las máquinas de vapor de los barcos requerían aceites capaces de mantener sus propiedades en condiciones extremas de temperatura y humedad. Y un aceite vegetal tenía unas características particularmente interesantes para aquella tarea:
el aceite de colza.
La colza —rapeseed en inglés— llevaba cultivándose durante siglos en Europa y Asia, pero Canadá comenzó a aumentar considerablemente su producción durante la guerra.
El aceite se adhería especialmente bien a las superficies metálicas sometidas a vapor y altas temperaturas, convirtiéndolo en un valioso lubricante para maquinaria naval.
Pero terminó la guerra.
Y apareció un problema completamente diferente.
¿Qué hacer ahora con toda aquella colza?
La expansión de los motores diésel redujo progresivamente la necesidad del aceite de colza como lubricante marino.
Sin embargo, los agricultores canadienses habían descubierto que la planta crecía extraordinariamente bien en las grandes praderas del oeste del país.

Había que encontrar otro mercado.
La solución aparentemente evidente era convertirla en un gran cultivo destinado a producir aceite para alimentación humana.
Pero la colza tradicional tenía dos inconvenientes importantes.
Uno estaba en el aceite.
El otro permanecía después de extraerlo.
El problema del ácido erúcico
Las variedades tradicionales de colza podían producir un aceite con concentraciones elevadas de ácido erúcico.
Durante las décadas de 1950 y 1960 comenzaron a plantearse dudas sobre la conveniencia de consumir grandes cantidades de ese ácido graso. Estudios experimentales con animales lo relacionaron con alteraciones cardíacas.
Aquello hizo que Canadá se interesara especialmente por desarrollar variedades que produjeran aceite con cantidades mucho menores.
El reto parecía sencillo:
encontrar plantas de colza que prácticamente no produjeran ácido erúcico.
Pero había que encontrarlas primero.

Dos científicos empiezan a buscar
Dos nombres terminarían siendo fundamentales:
Keith Downey, investigador de la estación agrícola de Saskatoon, y Baldur Stefansson, de la Universidad de Manitoba.
Ambos comenzaron a estudiar material genético de colza procedente de diferentes lugares.
No estaban utilizando ingeniería genética moderna.
Trabajaban mediante selección y cruzamiento convencional de plantas, identificando aquellas que presentaban características interesantes y cruzándolas posteriormente con variedades agronómicamente útiles.
El gran avance llegó alrededor de 1960.
Stefansson encontró una colza forrajera procedente de Alemania que presentaba aproximadamente un 10 % de ácido erúcico, una concentración excepcionalmente baja para aquella época.
Compartió aquel material con Downey.
Y este consiguió transferir la característica a Brassica napus.
Nace Oro

De aquellos trabajos apareció una variedad denominada Oro.
Fue comercializada en 1968, no en 1974 como afirma el mensaje que circula en redes.
Oro fue una de las primeras grandes demostraciones de que podía producirse comercialmente una colza con cantidades muy reducidas de ácido erúcico.
El problema del aceite comenzaba a resolverse.
Pero quedaba otro.
Los glucosinolatos
Después de extraer el aceite de las semillas queda una masa extraordinariamente rica en proteínas.
Eso podía convertir el cultivo en un negocio todavía mejor.
El agricultor obtendría aceite para alimentación humana y la harina restante podría utilizarse para alimentar al ganado.
Pero la colza contenía concentraciones elevadas de glucosinolatos.
Son compuestos característicos de las plantas de la familia de las Brassicaceae y están relacionados con sabores y aromas que reconocemos inmediatamente en alimentos como la mostaza, el rábano picante, las coles o el nabo.
En concentraciones elevadas, los glucosinolatos de la harina de colza reducían su palatabilidad y limitaban su valor nutricional para determinados animales.
Había que modificar también esa característica.
Una planta polaca proporcionó la siguiente pieza
En 1967, investigadores encontraron una característica extraordinariamente útil en material vegetal procedente de Polonia.
La variedad Bronowski presentaba concentraciones muy bajas de glucosinolatos.
Los mejoradores disponían entonces de las dos piezas que necesitaban.
Por un lado, plantas con poco ácido erúcico.
Por otro, material genético con pocos glucosinolatos.
El siguiente objetivo estaba claro:
reunir ambas características en una misma planta.
1974: aparece Tower
Y aquí llegamos al momento decisivo.
Baldur Stefansson y su equipo en la Universidad de Manitoba desarrollaron Tower, registrada en 1974.
Tower fue la primera variedad canadiense registrada que combinaba las dos características:
bajo ácido erúcico en el aceite y bajos glucosinolatos en la harina.
Había nacido lo que entonces comenzó a conocerse como colza «double-low», literalmente «doble baja».
Tres años después, en 1977, el equipo de Keith Downey consiguió registrar otra variedad doble baja denominada Candle.
La transformación de la antigua colza industrial estaba prácticamente completada.
Pero todavía quedaba un problema.
Su nombre.
¿De dónde sale la palabra «canola»?
La palabra inglesa rapeseed tenía importantes problemas comerciales, especialmente en Norteamérica.
Además, la nueva planta producía un aceite y una harina con características muy diferentes de las variedades tradicionales de colza.
La industria canadiense necesitaba distinguirlas.
En 1978 se adoptó oficialmente el nombre:
CANOLA.
El término procede de la asociación con Canadian oil, aunque las explicaciones populares que desarrollan cada una de sus letras como un acrónimo exacto deben tomarse con cierta cautela. Lo fundamental es que nació como una denominación comercial canadiense destinada a distinguir aquellas nuevas variedades de la colza convencional.
Con el tiempo dejó de ser únicamente una marca y pasó a utilizarse genéricamente para determinadas variedades de colza destinadas principalmente a alimentación.
¿Canola y colza son entonces exactamente lo mismo?
No exactamente.
Botánicamente están estrechamente relacionadas porque la canola procede de especies de Brassica cultivadas también como colza.
La diferencia fundamental está en su composición.
La definición canadiense actual exige que el aceite de canola tenga menos del 2 % de ácido erúcico y que la harina contenga menos de 30 micromoles de glucosinolatos por gramo de materia seca libre de aceite.
Por eso puede explicarse de una manera sencilla:
toda canola procede de colza seleccionada para cumplir determinadas características, pero no toda colza es canola.
Todavía existen variedades de colza con alto contenido en ácido erúcico cultivadas específicamente para aplicaciones industriales.
No fue un alimento creado mediante transgénicos
Esta es otra confusión frecuente.
La transformación histórica que dio origen a la canola no se realizó mediante ingeniería genética.
Los investigadores utilizaron selección vegetal y cruzamientos convencionales.
Identificaban plantas que presentaban naturalmente las características buscadas, las cruzaban y seleccionaban posteriormente su descendencia.
Las variedades modificadas mediante biotecnología llegarían mucho después.
La Agencia Canadiense de Inspección Alimentaria sitúa claramente la aparición de la primera variedad agronómicamente viable baja en ácido erúcico y glucosinolatos en 1974, mientras que la denominación canola se adoptó en 1978.
Una planta completamente transformada sin cambiar de especie
La historia resulta especialmente interesante porque muestra lo que puede conseguir la selección artificial.
Los investigadores no inventaron una planta desde cero.
Partieron de la variabilidad genética que ya existía.
Encontraron una planta alemana con poco ácido erúcico.
Encontraron material polaco con pocos glucosinolatos.
Cruzaron, seleccionaron y volvieron a cruzar durante generaciones.
El resultado fue un cultivo cuyas propiedades alimentarias eran suficientemente diferentes como para recibir incluso un nuevo nombre comercial.
Downey y Stefansson acabarían siendo conocidos como los «padres de la canola» por su contribución a aquel proceso.
De lubricar barcos a llenar las cocinas
Quizá esta sea la parte más sorprendente de toda la historia.
La colza se convirtió en un cultivo estratégico canadiense durante la Segunda Guerra Mundial por su utilidad como lubricante industrial.
Décadas después, la selección vegetal había transformado radicalmente su principal destino comercial.
En 1974 apareció Tower.
En 1978 nació oficialmente el nombre canola.
Y durante los años siguientes aquellas variedades sustituyeron progresivamente a buena parte de la antigua colza cultivada en las praderas canadienses. A comienzos de los años ochenta, los estándares de la nueva canola estaban ampliamente implantados en Canadá.
Una planta cultivada para ayudar a mantener funcionando maquinaria naval terminó convertida, mediante décadas de investigación agrícola, en uno de los grandes cultivos oleaginosos modernos.
Y todo comenzó no introduciendo genes en un laboratorio, sino buscando cuidadosamente, entre miles de semillas, aquellas plantas que ya poseían las características que los científicos necesitaban.





