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Un reportaje televisivo muestra enfrentamientos entre grupos de migrantes en las playas de Benítez y El Trampolín, mientras los testimonios sobre supuestos códigos de bandas y cicatrices no cuentan por ahora con confirmación policial
La situación en las playas de Ceuta continúa deteriorándose mes y medio después de la entrada masiva de migrantes procedentes de Marruecos. Los asentamientos que comenzaron concentrándose principalmente en El Trampolín se han extendido durante los últimos días hacia playa Benítez, mientras las reyertas, los incidentes violentos y el aumento de la vigilancia mantienen la preocupación entre parte de la población.
Un reportaje televisivo grabado sobre el terreno ha puesto ahora el foco en otro aspecto especialmente inquietante: la posible aparición de grupos organizados entre los propios migrantes, enfrentamientos por el control de determinados espacios y unos supuestos códigos relacionados con cicatrices y lesiones en las orejas.
Sin embargo, tras buscar información adicional sobre estas afirmaciones, no hemos encontrado fuentes policiales u oficiales que confirmen que determinadas cicatrices identifiquen a miembros de bandas concretas o que morder y arrancar parte de una oreja constituya una “marca” establecida de una organización criminal marroquí.
Sí existe, por el contrario, abundante información contrastada sobre el incremento de los episodios violentos en Ceuta y sobre la expansión de los campamentos improvisados.
Más de cien refugios improvisados en playa Benítez
La situación de playa Benítez ha cambiado considerablemente durante los últimos días.
Se comprobó este 12 de septiembre que los asentamientos existentes en El Trampolín se habían extendido hacia Benítez, junto a la planta desaladora. Allí se contabilizaban ya más de un centenar de chabolas improvisadas, construidas con cañas, madera, cartones y otros materiales.
Algunas estructuras se encuentran muy cerca de la orilla y otras forman una segunda línea de asentamientos.
La dimensión del problema se entiende mejor con otro dato: el presidente de Ceuta, Juan Vivas, cifró recientemente en alrededor de 4.500 las personas asentadas solamente en la playa del Trampolín.
La ordenanza municipal prohíbe tanto acampar como instalar tiendas o estructuras similares en las playas, además de hacer fuego. Pese a ello, se han observado refugios y fuegos improvisados utilizados para cocinar.
Una zona de Benítez tiene que ser desalojada por seguridad
En las imágenes y la conversación televisiva analizadas se explica además que las autoridades estaban ordenando abandonar una zona concreta de playa Benítez próxima a una instalación considerada peligrosa.














Según explica la reportera, los agentes no estaban expulsando a estas personas de toda la playa, sino indicándoles que abandonaran únicamente ese punto y se trasladaran a otras zonas, entre ellas El Trampolín u otros lugares de Ceuta.
Esta distinción resulta importante porque en algunos momentos del programa se utiliza el término “desalojo”, cuando el relato de la periodista describe en realidad el abandono de una zona determinada por motivos de seguridad.
Peleas entre los propios migrantes
El reportaje muestra también enfrentamientos y un creciente distanciamiento entre diferentes grupos.
La periodista desplazada a Ceuta explica que algunos de los propios migrantes distinguen entre personas que intentan mantenerse alejadas de los problemas y otras a las que atribuyen comportamientos violentos.
Esta descripción encuentra parcialmente respaldo en otras informaciones recientes.
El Español ha documentado un incremento de las reyertas, heridas por arma blanca, ataques contra policías y militares e incendios en los asentamientos. El periódico recoge además el temor de vecinos ante la persistencia de estos episodios.
También está documentado que doce migrantes marroquíes fueron detenidos después de una agresión en Benzú en la que resultaron heridos cuatro militares españoles. Según la información policial recogida entonces, un grupo de entre 30 y 40 personas rodeó el vehículo de los militares y comenzó a arrojar piedras.
Por tanto, el incremento de determinados episodios violentos sí está acreditado. Otra cuestión distinta es atribuirlos de manera general al conjunto de quienes permanecen en los asentamientos.
Las extrañas cicatrices que aparecen en el reportaje
Una de las partes más impactantes del programa se produce cuando la periodista explica lo que, según afirma, algunos migrantes le han contado fuera de cámara.
La reportera asegura que durante varios días ha preguntado por las numerosas cicatrices que presentan algunos jóvenes en los brazos.
Uno de ellos le habría explicado que había estado encarcelado desde muy joven y que cada cicatriz correspondía a una historia diferente relacionada con episodios violentos.
Cuando la periodista le preguntó si alguna podía corresponder a un homicidio, asegura que el joven terminó admitiendo que podría existir más de uno.
Pero esta conversación presenta un límite evidente: el relato del entrevistado no permite demostrar que haya cometido ningún asesinato.
Ni una cicatriz ni una respuesta ambigua constituyen prueba de la comisión de un delito.
¿Morder una oreja es realmente el código de una banda?
El reportaje introduce una afirmación todavía más peculiar.
Según explica la periodista, personas con las que ha hablado en Ceuta le habrían contado que existen grupos que utilizan las mordeduras en las orejas durante las peleas y que arrancar parte de la oreja tendría un significado determinado dentro de esos ambientes.
Incluso relata haber encontrado a personas con lesiones de este tipo y asegura que durante una pelea presenciada aquella misma mañana observó a un joven sangrando de una oreja.
A partir de esos testimonios, en el plató se llega a resumir la explicación diciendo que una determinada banda tendría como “seña de identidad” morder la oreja.
Aquí es donde conviene extremar la prudencia.
He buscado específicamente referencias sobre bandas marroquíes, cicatrices en los brazos, amputaciones de orejas y mordeduras como sistema de identificación criminal, y no aparece una confirmación sólida procedente de Policía Nacional, Guardia Civil, autoridades marroquíes o estudios especializados que permita presentar esa interpretación como un hecho.
Por tanto, sí pueden existir las lesiones y las peleas descritas, pero no podemos afirmar que una oreja mordida identifique automáticamente a un miembro de una banda determinada.
La pelea por el territorio
Otra de las personas entrevistadas en el programa describe una sensación preocupante: algunos grupos considerarían determinadas partes de las playas como territorio propio.
Según su testimonio, llegó a interpretar que le estaban pidiendo autorización para grabar, pero posteriormente entendió que le estaban cuestionando incluso su presencia en el lugar.
El programa relaciona estas tensiones con posibles enfrentamientos por espacios y actividades ilícitas, mencionando drogas, armas y objetos robados.
De nuevo hay que separar testimonio de hecho acreditado.
No hemos encontrado confirmación policial suficiente para afirmar que las playas de Benítez o El Trampolín estén formalmente repartidas entre bandas que controlen mercados ilegales.
Sí está documentado que la concentración de miles de personas y la aparición de asentamientos informales están generando problemas importantes de seguridad, convivencia y orden público.
Empresas y comercios refuerzan la seguridad
La preocupación existente en Ceuta puede medirse también por el fuerte crecimiento de la contratación de vigilancia privada.
El País informa de que empresas, comercios e instituciones han incrementado significativamente estos servicios. El propio Gobierno de Ceuta mantiene actualmente 22 vigilantes diarios distribuidos entre ocho playas, entre ellas Benítez, Tarajal y El Trampolín, para proteger instalaciones y servicios municipales.
Compañías privadas han reconocido igualmente haber incorporado más vigilantes para responder al incremento de la demanda.
El impacto alcanza también al comercio, la hostelería, la construcción, la limpieza, la sanidad y los servicios judiciales.
Playa Benítez ya fue escenario de graves disturbios
La tensión en esta zona tampoco comienza esta semana.
El pasado 27 de agosto, un grupo de manifestantes ceutíes entró en los asentamientos improvisados existentes entonces en playa Benítez, destruyó estructuras y prendió fuego a pertenencias y refugios utilizados por los migrantes.
La Policía Nacional tuvo que intervenir y se produjeron cargas policiales.
Parte de los migrantes abandonó precipitadamente el lugar mientras los agentes intentaban controlar a los manifestantes.
Semanas después, el asentamiento no solamente ha reaparecido, sino que se ha extendido: este fin de semana ya se contabilizaban más de cien estructuras en Benítez.
Los propios migrantes piden disculpas a una reportera
Las imágenes televisivas ofrecen además una escena que introduce un matiz importante.
Después de un incidente con uno de los colaboradores del programa, varios migrantes se acercan a la periodista acompañados por un traductor.
Según explica ella en directo, le piden disculpas y le aseguran que no tienen ningún problema con su presencia ni con su trabajo periodístico.
El conflicto, según le transmiten, se produciría específicamente con otro hombre que acude habitualmente a grabar lo que sucede en Ceuta y que reclama públicamente que los migrantes abandonen la ciudad.
Esta escena muestra que tampoco puede hablarse de los miles de migrantes asentados en las playas como un grupo homogéneo. Dentro de una situación extraordinariamente compleja conviven personas con comportamientos, circunstancias y actitudes diferentes.
Qué sabemos y qué continúa sin demostrar
Después de contrastar el reportaje con las informaciones publicadas durante los últimos días, sí está confirmado que los asentamientos se han extendido desde El Trampolín hacia Benítez, que existen más de cien refugios improvisados en esta última playa, que se han producido reyertas y agresiones graves y que Ceuta ha reforzado considerablemente la seguridad.
También están acreditados episodios particularmente graves, como la agresión sufrida por cuatro militares o los disturbios del 27 de agosto en Benítez.
Lo que no puede darse actualmente por probado es que las cicatrices visibles en determinados migrantes constituyan un código identificativo de mafias; que las mordeduras o amputaciones de oreja sean la marca establecida de una banda concreta; que quienes presenten esas señales sean necesariamente delincuentes; o que exista un reparto organizado de las playas entre bandas dedicadas al tráfico de drogas, armas y objetos robados.
Son testimonios recogidos sobre el terreno que pueden justificar una investigación periodística, pero necesitan confirmación policial antes de convertirse en afirmaciones categóricas.
La situación contrastada ya resulta suficientemente grave sin necesidad de dar por demostrados esos extremos: miles de personas continúan asentadas en las playas de Ceuta, los campamentos se expanden, se suceden episodios violentos y la ciudad mantiene un importante dispositivo policial y de seguridad privada mientras intenta recuperar la normalidad.







