20 de septiembre de 2026
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El abanico valenciano: cinco siglos de historia de una artesanía que conquistó España

Valencia se convirtió en el siglo XVIII en el principal centro productor del país y creó una industria de varilladores, pintores, teladoras, grabadores y montadores que acabaría teniendo en Aldaia su gran capital

Parece un objeto sencillo: unas varillas, una tela y un movimiento de muñeca.

Pero detrás del abanico valenciano existe una historia de varios siglos que combina moda, arte, industria, comercio y decenas de oficios artesanales.

Valencia llegó a convertirse en el principal centro productor de abanicos de España y desarrolló una especialización que posteriormente se extendió por l’Horta. Con el paso del tiempo, Aldaia tomaría el relevo de la capital y se convertiría en el gran centro productor valenciano, condición que mantiene actualmente.

La historia ha sido estudiada en profundidad por Ruth de la Puerta Escribano, doctora en Geografía e Historia por la Universitat de València, que dedicó cerca de diez años de investigación a su libro El Abanico Valenciano, publicado por el Ayuntamiento de Valencia en 2005.

Y lo que descubrió permite reconstruir una industria valenciana hoy poco conocida.

El abanico tiene más de 3.000 años

El abanico, naturalmente, no nació en Valencia.

Existen testimonios de objetos destinados a mover el aire desde hace más de 3.000 años, con representaciones en el antiguo Egipto y presencia también en Grecia, Roma y diferentes culturas asiáticas.

Los primeros modelos eran rígidos y podían fabricarse con materiales vegetales, madera, piel, metal o plumas.

El gran cambio fue el abanico plegable, desarrollado en Asia y difundido posteriormente en Europa gracias a las rutas comerciales con Oriente.

En España existen referencias medievales. El MUPA recoge una mención en la Crónica de Pedro IV de Aragón, del siglo XIV, donde aparece como objeto utilizado por personas pertenecientes al entorno nobiliario del monarca.

Pero Valencia terminaría haciendo suyo aquel objeto.

Cinco siglos fabricando abanicos en Valencia

Los orígenes de la artesanía valenciana del abanico se remontan al siglo XV, cuando reyes y miembros de las clases acomodadas adquirían abanicos producidos en territorio valenciano.

El oficio fue evolucionando hasta adquirir una estructura profesional mucho más importante durante el siglo XVIII.

Valencia creó su Gremio de Maestros Artesanos Abaniqueros y llegó a disponer de una Real Fábrica de Abanicos. En 1802 ya está documentada la existencia de una Real Fábrica en la ciudad.

Para entonces, Valencia se había consolidado como principal centro productor español, con piezas que destacaban también en Europa por su calidad.

El abanico había dejado de ser únicamente una forma de combatir el calor.

Era moda.

Era artesanía.

Y empezaba a ser una industria.

Cuando los abanicos franceses amenazaron a los valencianos

La historia tiene incluso su propia guerra comercial.

Francia era una gran potencia en la fabricación de abanicos y sus productos entraban en España compitiendo directamente con los talleres valencianos.

En 1825 llegó a Valencia el francés Simonet. También se instaló Fernando Coustelier. Parte del negocio consistía en importar componentes extranjeros para montarlos posteriormente en España.

Los artesanos valencianos reaccionaron.

Llegaron a pedir al rey Fernando VII que prohibiera la importación de abanicos franceses para proteger la producción local.

Y el conflicto comercial continuó.

En 1842, los abaniqueros valencianos solicitaron a la Diputación que trasladara a la Corona su oposición a una normativa que eliminaba obstáculos a las importaciones procedentes de Francia.

La preocupación tenía una explicación: alrededor del abanico empezaba a existir una importante economía local.

Valencia tenía 84 talleres y fábricas en 1861

A mediados del siglo XIX, la dimensión del sector resulta sorprendente.

En 1861, la provincia de Valencia contaba con 84 talleres y fábricas de abanicos, según documentación histórica conservada por la Diputación.

Entre los grandes nombres de aquella época aparecen fabricantes como José Colomina, Vicente Alejandro Llorca, Salvador Barber Giner y José María Prior Sanchis.

Especialmente importante fue José Colomina, industrial que introdujo importantes innovaciones y contribuyó a transformar la producción durante el siglo XIX.

Valencia era entonces el principal centro de fabricación y comercialización, pero ya empezaba a desarrollarse algo decisivo para el futuro.

Los pueblos de l’Horta comenzaron a especializarse.

Un abanico podía pasar por numerosas manos

Aquí encontramos uno de los aspectos más interesantes de esta artesanía.

Un abanico artesanal no lo hacía necesariamente una sola persona de principio a fin.

Alrededor de cada pieza existía toda una cadena de especialistas.

Había varilladores, caladores, grabadores, pintores, pulidores, fondistas, barnizadores, adornadores, montadores, rematadores y teladoras.

Cada uno dominaba una fase concreta.

El varillaje constituía el esqueleto de la pieza. Había que preparar el material, desbastarlo, secarlo, prensarlo y posteriormente decorarlo mediante diferentes técnicas.

Después intervenían otros artesanos hasta llegar al montaje final realizado por el maestro abaniquero.

El estudio de Ruth de la Puerta dedica precisamente buena parte de su investigación a estas técnicas, talleres y procesos de fabricación. El libro reconstruye además el comercio desarrollado alrededor del producto.

Aldaia toma el relevo

Y aquí aparece la localidad que terminaría convirtiéndose en sinónimo del abanico valenciano.

Aldaia.

La documentación municipal permite situar allí una actividad organizada al menos desde mediados del siglo XIX.

Los padrones de 1857 y 1860 permiten identificar como mínimo a 18 artesanos abaniqueros en la localidad. Muchos fueron el origen de sagas familiares que continuarían dedicándose al oficio durante generaciones.

El crecimiento fue extraordinario.

Antes de la Guerra Civil funcionaban en Aldaia unos 25 talleres.

En 1957 ya había 37 empresas artesanas con licencia industrial relacionadas con la fabricación del abanico.

En 1966 se contabilizaban 38 empresas, incluyendo fabricantes de varillajes, montadores y pintores.

Durante el siglo XX, Aldaia acabó desplazando a Valencia como principal núcleo productor.

Godella se especializó en pintar los abanicos

La especialización llegó incluso a repartirse geográficamente.

Durante la primera mitad del siglo XX existían importantes núcleos de producción en Aldaia, Burjassot, Godella, Alaquàs, Mislata y Xirivella.

Pero no todos hacían exactamente lo mismo.

Aldaia destacó especialmente en la elaboración de los varillajes, mientras Godella concentró un importante número de pintores de abanicos.

Se había creado prácticamente un ecosistema artesanal alrededor de Valencia.

En la década de 1950, el Gremio Sindical Abaniqueros tenía alrededor de 300 asociados distribuidos entre Valencia, Aldaia y otros municipios próximos. Más de la mitad de aquellos profesionales vinculados a diferentes fases de producción estaban concentrados en Aldaia.

El abanico también tenía un lenguaje secreto

Pero el abanico valenciano no puede entenderse únicamente desde la industria.

Durante siglos fue también un instrumento social.

Especialmente asociado a las mujeres, podía formar parte de los rituales de cortejo y de determinadas formas de comunicación gestual.

Abrirlo, cerrarlo, sostenerlo de una determinada manera o moverlo podía transmitir mensajes dentro del denominado lenguaje del abanico.

El libro de Ruth de la Puerta dedica precisamente parte de su segundo capítulo a esta dimensión social y simbólica del objeto. La autora analiza su evolución desde diferentes épocas históricas hasta el uso contemporáneo.

El MUPA recuerda igualmente su papel como aliado en los rituales de cortejo, permitiendo tradicionalmente transmitir mensajes de forma discreta.

Funcionalidad, moda y comunicación se mezclaban así en un mismo objeto.

De los abanicos populares a la Casa Real

La importancia alcanzada por el abanico valenciano puede comprobarse también en las colecciones donde se conservan algunas de sus piezas.

La investigación de El Abanico Valenciano estudió ejemplares pertenecientes al Palacio Real de Madrid, Museo Nacional de Artes Decorativas, Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí, Museo de Bellas Artes de Valencia y museos municipales, además de colecciones privadas.

El catálogo incluido en el estudio reúne 66 piezas.

Entre los ejemplos estudiados aparece incluso el abanico utilizado por Letizia Ortiz el día de su boda con el entonces príncipe Felipe, el 22 de mayo de 2004.

El abanico valenciano había recorrido un camino extraordinario: de los pequeños talleres artesanales a los palacios y colecciones nacionales.

La competencia asiática golpeó al sector

Pero aquella historia de expansión tuvo también su crisis.

Durante el último tercio del siglo XX comenzó a entrar con fuerza en el mercado el abanico fabricado en Asia, producido en grandes series y a precios con los que los talleres artesanales valencianos difícilmente podían competir.

Las consecuencias fueron importantes.

En Aldaia se pasó de 41 talleres en 1979 a 34 en 2000, 26 en 2015 y 16 en 2018, según los datos recopilados por el propio MUPA.

Ya a mediados de los años 2000, la investigación sobre El Abanico Valenciano advertía de un panorama difícil para los pocos profesionales que continuaban realizando artesanalmente estas piezas y de la precariedad a la que se enfrentaban.

Una artesanía valenciana que se resiste a desaparecer

La historia, sin embargo, no ha terminado.

Actualmente la fabricación continúa concentrándose principalmente en Aldaia, Alaquàs, Godella, Quart de Poblet y Valencia, manteniendo una tradición transmitida durante generaciones.

Aldaia conserva además esta memoria en el Museu del Palmito (MUPA), cuya colección explica desde los antecedentes milenarios del abanico hasta las diferentes técnicas utilizadas por los artesanos valencianos.

Y detrás de cada pieza artesanal sigue existiendo algo que una producción industrial difícilmente puede reproducir completamente: la intervención sucesiva de profesionales especializados y conocimientos transmitidos durante generaciones.

Quizá por eso llamar al abanico simplemente un objeto para combatir el calor se queda muy corto.

Durante cinco siglos fue también moda, lenguaje, industria, arte y trabajo para miles de valencianos.

Y hubo una época en la que, cuando alguien compraba un buen abanico en Madrid o en cualquier otro lugar de España, existían muchas posibilidades de que detrás de sus varillas, su tela y su pintura estuvieran las manos de artesanos de Valencia y de los pueblos de l’Horta.

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