El artista italiano Salvatore Garau protagonizó en 2021 una de las ventas más llamativas del mercado del arte contemporáneo al vender una obra completamente inmaterial, es decir, una escultura que no existe físicamente y que, por tanto, no puede verse ni tocarse.
La pieza, titulada “Io Sono” —“Yo soy”—, fue adjudicada en una subasta celebrada en Milán por unos 12.000 euros, una cifra que se elevó hasta aproximadamente 15.000 euros al añadir las comisiones correspondientes.
El comprador no recibió ninguna escultura física, sino un certificado de autenticidad y unas instrucciones sobre cómo debía instalarse la obra.
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Una obra que solo existe como concepto
La propuesta de Garau parte de una idea propia del arte conceptual: la ausencia también puede convertirse en una obra.
Según explicó el artista, la escultura debe imaginarse instalada en un espacio vacío de aproximadamente 1,5 por 1,5 metros, sin ningún objeto visible en su interior.
Garau defendió que el hecho de que una obra no pueda verse no significa necesariamente que no exista como creación artística. En este caso, la pieza se basa precisamente en la imaginación del espectador y en el concepto de vacío.
No se vendió en Brasil
En los últimos días la historia ha vuelto a circular en redes sociales asegurando que la escultura se vendió por más de 93.000 reales brasileños.
La cifra puede proceder de una conversión aproximada del precio de la obra a la moneda brasileña, pero la subasta no tuvo lugar en Brasil.
La operación se realizó en Milán, Italia, y el precio se fijó originalmente en euros.
Una historia real, pero de 2021
Aunque vuelve a difundirse como si fuera reciente, la venta se produjo en mayo de 2021.
El caso generó entonces una enorme repercusión internacional y volvió a abrir uno de los debates más habituales del arte contemporáneo: ¿hasta qué punto puede considerarse arte una obra que no tiene existencia física?
Para unos, se trata de una provocación conceptual capaz de cuestionar qué entendemos por arte. Para otros, el hecho de pagar miles de euros por una obra invisible es simplemente una muestra de los excesos del mercado artístico.
Cinco años después, la historia sigue circulando precisamente por eso: porque continúa resultando difícil creer que alguien llegara a pagar alrededor de 15.000 euros por una escultura que no se puede ver.







