Una fotografía tomada a las cuatro de la madrugada del año 1916 muestra una realidad olvidada de Madrid: decenas de personas dormían hacinadas en un pequeño café de la calle Calatrava porque no tenían recursos para pagar una habitación. Aquellos establecimientos, conocidos como cafetines dormitorio, cobraban por dejar descansar a sus clientes y los despertaban cada dos horas para exigirles una nueva consumición.
Son las cuatro de la madrugada de una noche de 1916 en Madrid.
En el número 35 de la calle Calatrava, un pequeño establecimiento permanece lleno de personas que intentan dormir como pueden.
Unos apoyan la cabeza sobre las manos. Otros descansan sobre mesas de madera. Algunos se inclinan sobre los hombros de sus compañeros y otros permanecen encogidos en los bancos.
No hay camas, colchones ni habitaciones individuales.
Tampoco existe intimidad.
El suelo está ocupado, los bancos están abarrotados y una columna sostiene el techo de un local que se ha convertido en improvisado dormitorio colectivo.
El fotógrafo Salazar entra en el establecimiento y consigue inmortalizar aquella escena.
La imagen, publicada en 1916, constituye hoy un extraordinario testimonio de la pobreza urbana que existía en la capital española a comienzos del siglo XX.
Pero lo más sorprendente no es únicamente lo que muestra la fotografía.
Es descubrir cómo funcionaba aquel negocio.
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Los cafetines donde se pagaba para poder dormir sentado
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, Madrid contaba con establecimientos conocidos como casas de dormir, cotarros y cafetines dormitorio.
Eran lugares destinados a quienes no podían permitirse una vivienda o una habitación convencional.
En ocasiones acudían trabajadores con ingresos insuficientes, personas desempleadas, mendigos y recién llegados a la capital que buscaban una oportunidad laboral.
Los cafetines ofrecían una alternativa especialmente precaria.
El cliente entraba por la noche, compraba una consumición y podía permanecer sentado intentando descansar.
Pero el pago de aquella primera bebida no garantizaba una noche completa bajo techo.
Había que seguir consumiendo.
Cinco céntimos para descansar unas horas
El funcionamiento del establecimiento de la calle Calatrava fue descrito en un reportaje publicado por la revista Nuevo Mundo el 5 de mayo de 1916.
El periodista utilizaba el seudónimo de Detective Ros Koff, identificado posteriormente como Joaquín Verdugo Landi.
Para conocer aquellos locales acudió acompañado por agentes de policía vestidos de paisano.
Según el relato, el cafetín comenzaba a recibir clientes alrededor de las nueve de la noche.
Para permanecer allí había que adquirir una consumición.
Entre las opciones figuraban pequeñas cantidades de café, aguardiente o un vaso de café con leche que costaba cinco céntimos.
Después, el cliente buscaba un espacio libre y se disponía a dormir.
Sin embargo, a medianoche comenzaba una práctica especialmente cruel.
La responsable del establecimiento despertaba a los clientes y exigía que realizaran una nueva consumición.
La operación se repetía aproximadamente cada dos horas.
Quienes querían continuar descansando debían seguir pagando.
A las seis de la mañana, el local se vaciaba para proceder a su limpieza.
Los clientes regresaban a la calle.
Hasta 400 personas podían pasar por aquel establecimiento cada noche
El hacinamiento alcanzaba dimensiones difíciles de imaginar.
La crónica de 1916 describía alrededor de trescientas personas reunidas en el establecimiento durante la visita.
Investigaciones históricas posteriores señalan que por aquel cafetín podían pasar hasta cuatrocientas personas a lo largo de una noche.
Esto no significa necesariamente que todas estuvieran presentes al mismo tiempo, sino que el movimiento de clientes era extraordinario para un local de dimensiones reducidas.
La fotografía permite observar las condiciones en las que intentaban descansar.
Hombres vestidos con chaquetas gastadas y gorras permanecen encorvados sobre los bancos.
En el extremo derecho aparece una mujer junto a una mesa.
Al fondo, otras figuras apenas se distinguen entre las sombras y los cuerpos acumulados.
Las paredes muestran señales de deterioro y el mobiliario es extremadamente sencillo.
Aquel establecimiento no estaba pensado para proporcionar descanso digno.
Era un negocio construido alrededor de la necesidad de personas que apenas disponían de alternativas.
Los reservados: pagar más para dormir en el suelo
Los cafetines ofrecían otra modalidad de alojamiento que hoy resulta igualmente sorprendente.
Quienes podían gastar algo más tenían acceso a los llamados reservados.
El precio podía alcanzar los veinte céntimos.
Pero la palabra reservado no significaba disponer de una habitación privada ni de una cama.
En realidad, se trataba de espacios apartados donde los clientes podían tumbarse directamente en el suelo.
La diferencia era que allí no tenían que despertarse cada dos horas para consumir.
Dormir en el suelo, rodeado de desconocidos y en condiciones deficientes de higiene, se convertía así en una opción más cara que permanecer sentado.
En algunos establecimientos, las personas agotadas llegaban a sujetarse a las mesas para evitar caerse mientras dormían.
Era una forma extrema de aprovechar cualquier posibilidad de descanso.
Madrid tenía cientos de casas de dormir
Aquella fotografía no representa una situación aislada.
A comienzos del siglo XX, Madrid experimentaba un importante crecimiento demográfico.
Numerosas personas llegaban desde zonas rurales buscando empleo en la industria, el comercio, la construcción o el servicio doméstico.
Sin embargo, la disponibilidad de alojamiento adecuado no siempre acompañaba ese crecimiento.
Según estudios sobre la vivienda popular madrileña, en 1903 existían más de doscientas casas de dormir en la ciudad.
Muchas estaban situadas en barrios populares del centro y el sur de la capital.
Las condiciones podían ser extremadamente precarias.
Algunas habitaciones acogían a varias personas en una misma cama.
En otros casos se alquilaban espacios en el suelo o improvisadas literas de madera.
La ventilación era deficiente y la acumulación de personas favorecía la propagación de enfermedades.
El frío del invierno convertía estos establecimientos en una de las pocas alternativas para evitar pasar toda la noche a la intemperie.
La pobreza que denunciaron Galdós y Baroja
La existencia de estos alojamientos también quedó reflejada en la literatura española.
Benito Pérez Galdós retrató la pobreza madrileña y las dificultades de supervivencia de las clases populares en obras como Misericordia, publicada en 1897.
Pío Baroja también describió ambientes de marginación, precariedad y exclusión social en el Madrid de comienzos del siglo XX.
Aquellos escritores mostraron una ciudad muy diferente de la que aparecía en las imágenes oficiales de grandes avenidas, edificios monumentales y elegantes cafés.
Existían dos realidades.
La de quienes disponían de viviendas confortables y podían disfrutar del ocio urbano.
Y la de quienes tenían que reunir unas monedas para encontrar un lugar donde pasar la noche.
La fotografía de Salazar pertenece a esta segunda realidad.
Una imagen que conserva su fuerza 110 años después
El interés histórico de la fotografía ha permitido que continúe siendo reproducida y estudiada.
La imagen forma parte de los materiales utilizados en la exposición A la luz de Madrid. 1900-1950, dedicada a la vida nocturna de la capital durante la primera mitad del siglo XX.
La muestra identificó la escena como una fotografía realizada por Salazar a las cuatro de la madrugada en el cafetín económico de la calle Calatrava, número 35.
Su conservación permite contemplar una realidad que difícilmente aparece en los grandes relatos políticos de aquella época.
No retrata a reyes, ministros o militares.
Sus protagonistas son personas anónimas que intentaban dormir.
Desconocemos sus nombres, sus profesiones y las circunstancias que las llevaron a aquel establecimiento.
Pero la imagen permite comprender hasta qué punto el acceso a un lugar seguro para descansar podía convertirse en un problema cotidiano.
Más de un siglo después, la vivienda continúa siendo un problema social
Han transcurrido 110 años desde aquella fotografía.
Las condiciones de vida, las normas sanitarias, los derechos sociales y los sistemas de asistencia han cambiado profundamente.
Aquellos cafetines dormitorio no pueden equipararse sin más a las situaciones residenciales actuales.
Sin embargo, la imagen invita a reflexionar sobre una cuestión que continúa vigente: la dificultad de acceder a una vivienda digna cuando los ingresos resultan insuficientes.
En 1916, algunas personas pagaban unas monedas para dormir sentadas durante unas horas.
En la actualidad, la exclusión residencial adopta otras formas, como el sinhogarismo, la infravivienda, el hacinamiento o la imposibilidad de afrontar un alquiler.
Las circunstancias históricas son distintas, pero persiste una pregunta fundamental.
¿Qué alternativas tiene una persona cuando no dispone de recursos suficientes para conseguir un techo?
Una fotografía que cuenta mucho más que cien años de historia
La escena de la calle Calatrava podría pasar desapercibida entre miles de fotografías antiguas.
No muestra un acontecimiento político trascendental ni una ceremonia histórica.
Solamente refleja a un grupo de personas durmiendo.
Pero precisamente por eso constituye un documento excepcional.
Permite conocer una parte de la sociedad que rara vez ocupaba el protagonismo de las imágenes de su tiempo.
El fotógrafo Salazar captó a hombres y mujeres agotados, reunidos en un establecimiento donde incluso el descanso tenía un precio que había que pagar repetidamente.
A las seis de la mañana, aquel improvisado dormitorio desaparecía.
Las mesas volvían a ser mesas de café, los bancos recuperaban su función habitual y los clientes salían nuevamente a las calles de Madrid.
Al llegar la noche, muchos regresarían en busca de unas horas de sueño.
Porque hace 110 años, en Madrid, había personas que no podían permitirse una cama y tenían que pagar cada dos horas por el derecho a dormir sentadas.






