En su retiro extremeño, Carlos V mantuvo una afición que lo había acompañado durante años: los relojes y los mecanismos astronómicos. A su lado estuvo Juanelo Turriano, uno de los grandes ingenieros del Renacimiento. La historia está documentada, aunque algunos de sus episodios más populares mezclan hechos y leyendas.
Cuando Carlos V llegó al monasterio de Yuste, en febrero de 1557, llevaba detrás décadas de viajes, guerras y responsabilidades de gobierno. Tras las abdicaciones de 1555 y 1556, había elegido aquel rincón de la comarca cacereña de La Vera para instalarse en una residencia construida junto al monasterio.
Allí vivió hasta su muerte, el 21 de septiembre de 1558. La devoción religiosa ocupó una parte importante de sus jornadas, pero también conservó intereses personales. Entre ellos destacaba el cuidado de sus relojes, una actividad que Patrimonio Nacional identifica expresamente entre sus entretenimientos en Yuste.
El encargado de mantener aquellos mecanismos era Juanelo Turriano, artesano, matemático e ingeniero nacido en Cremona. Su relación con el emperador había comenzado antes del retiro, vinculada a la construcción de un extraordinario reloj planetario. Turriano acompañó después a Carlos a Extremadura y permaneció en España, donde acabaría realizando el célebre artificio que elevaba agua del Tajo hasta Toledo.
Los relojes astronómicos reunían conocimientos de mecánica, cálculo y astronomía. Además de señalar las horas, representaban movimientos celestes mediante complicados sistemas de engranajes. Eran objetos de prestigio y también instrumentos para reproducir, a pequeña escala, el funcionamiento del universo según los conocimientos de la época.
El historiador Cristiano Zanetti ha estudiado la importancia de los relojes planetarios de Turriano y su papel en la circulación del conocimiento técnico por las cortes europeas. La fascinación imperial por estas máquinas proporcionó al relojero protección y recursos para desarrollar su trabajo.
En Yuste, Turriano dispuso de un obrador. Una historia de las colecciones de relojes publicada por el Centro Virtual Cervantes sitúa ese taller en la parte norte del claustro nuevo y describe sus visitas al emperador por la mañana y por la tarde. También señala que, en ocasiones, Carlos acudía al espacio donde trabajaba su relojero.
Esa misma fuente introduce una precisión frente a las versiones que llenan las habitaciones imperiales de decenas de piezas: recoge siete relojes en el inventario realizado tras su muerte, sin contar otros pequeños. Por tanto, no conviene convertir esa referencia en una cifra cerrada de numerosos relojes de bolsillo o de pared.
Más delicada es la historia de los autómatas. A Turriano se le han atribuido pájaros mecánicos, soldados y figuras capaces de moverse. Sin embargo, la propia fundación dedicada a su figura presenta estas piezas como atribuciones. Zanetti advierte, además, de la dificultad de interpretar las referencias antiguas a los relojes y otros entretenimientos con los que distraía al emperador. No permiten reconstruir con certeza todas las escenas que después popularizó la tradición.
Tampoco debe afirmarse sin una referencia concreta que Carlos pasara horas fabricando mecanismos junto a Juanelo o que, durante su agonía, pidiera silencio para escuchar los engranajes. Su interés por la relojería tiene respaldo histórico; esos detalles requieren pruebas adicionales.
La imagen que emerge de las fuentes es suficientemente singular: un emperador retirado que conservó cerca a un especialista excepcional y encontró entretenimiento en máquinas capaces de medir el tiempo y representar el cielo. En Yuste, la vida religiosa y la curiosidad por la técnica formaron parte de una misma experiencia del retiro.





