11 de febrero de 2026
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Cuando el presidente baja al barro… y señala desde el escaño a un periodista Iker Jiménez

Hay días en el Congreso en los que se debaten leyes. Otros, se cruzan reproches. Y luego están esos momentos en los que el hemiciclo se convierte en un plató improvisado y el presidente decide que, además de gobernar, puede ejercer de comentarista mediático.

Lo ocurrido esta semana con Pedro Sánchez no fue una intervención más. No fue un rifirrafe parlamentario al uso. Fue ese instante en el que, tras preparar la réplica con gesto grave y tono elevado, decidió señalar a un periodista desde la tribuna del Congreso. Y ahí es donde muchos se quedaron, literalmente, a punto de caerse de la silla.

El arte de la distracción en horario parlamentario

Resulta curioso que, en mitad de un debate político de calado, el foco se desvíe hacia un comunicador concreto. No hacia una ley, no hacia un dato económico, no hacia una propuesta alternativa. Hacia un periodista.

Es una estrategia interesante: cuando el terreno se complica, siempre queda el recurso del enemigo externo. Si no es la oposición, es la prensa. Y si no es la prensa en general, mejor aún: un nombre y apellidos. Más directo. Más teatral. Más viral.

Porque, al final, el Congreso también es escenario. Y algunos discursos parecen escritos pensando menos en el Boletín Oficial del Estado y más en el clip que circulará por redes sociales.

De la “fachosfera” al espejo

La ironía del asunto es evidente. Señalar a medios o periodistas suele ser una práctica que se critica con dureza cuando la ejercen otros. Se habla entonces de intolerancia, de presión a la libertad de prensa, de tiempos oscuros.

Pero cuando el dedo acusador parte del propio Gobierno, la escena adquiere un matiz distinto. Ya no es una denuncia contra el poder, sino el poder denunciando. Y eso cambia radicalmente el ángulo.

El mensaje implícito es inquietante: si no te gusta cómo informan, menciónalos desde la tribuna. Exponlos. Déjalos bajo el foco. No hace falta prohibir nada; basta con sugerir que forman parte del problema.

Gobernar o responder a tertulias

Hay algo profundamente revelador en dedicar parte de una réplica parlamentaria a ajustar cuentas con un programa de televisión. Da la sensación de que el presidente no solo gobierna, sino que también sigue la escaleta de ciertos espacios informativos.

Y claro, uno se pregunta: ¿de verdad es esa la prioridad en una sesión parlamentaria? ¿Es ese el nivel al que debe descender el jefe del Ejecutivo?

Porque una cosa es discrepar. Otra, muy distinta, es utilizar la tribuna institucional más importante del país para lanzar dardos personales. El Congreso no es un plató. O al menos, no debería serlo.

La tentación de convertir la crítica en enemigo

En democracia, la prensa molesta. Es su función. Investiga, incomoda, pregunta, insiste. A veces acierta. A veces exagera. Pero forma parte del equilibrio del sistema.

Cuando el poder empieza a personalizar la crítica y a convertirla en señalamiento público, el debate deja de ser político y se vuelve emocional. Ya no se responde con datos; se responde con gestos. Ya no se argumenta; se dramatiza.

Y el resultado es un espectáculo que puede entusiasmar a los fieles, pero que erosiona la serenidad institucional.

Un presidente en modo réplica permanente

Lo más llamativo no es que critique. Es que parezca más cómodo en la confrontación mediática que en la explicación sosegada. Como si la réplica fuera su estado natural.

Quizá el problema no sea el periodista mencionado. Ni el programa. Ni siquiera la oposición. Quizá el problema sea la necesidad constante de señalar, de polarizar, de marcar enemigos visibles para cohesionar a los propios.

Porque gobernar exige algo más difícil que replicar: exige templar, asumir críticas y, sobre todo, no convertir cada intervención en un ajuste de cuentas.

Y eso, paradójicamente, es lo que más desconcierta. No el ataque en sí, sino la facilidad con la que se lanza desde el lugar más alto del poder legislativo.

Al final, la escena deja una sensación incómoda: cuando el presidente decide bajar al barro, el barro sube con él.

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