Hoy un eclipse solar provoca expectación, viajes y concentraciones de miles de personas dispuestas a contemplar uno de los fenómenos astronómicos más espectaculares de la naturaleza. Pero durante buena parte de la historia de la humanidad, ver cómo el Sol desaparecía en pleno día podía provocar exactamente lo contrario: miedo, desconcierto e incluso la sensación de que se acercaba una catástrofe.
A pocos días del eclipse total de Sol del 12 de agosto de 2026, que atravesará España, merece la pena recordar cómo diferentes pueblos intentaron explicar durante siglos algo que entonces resultaba incomprensible. Dragones, serpientes, lobos, ranas gigantes y otras criaturas fueron responsabilizadas de “devorar” el Sol.
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Un monstruo se estaba comiendo el Sol
Hay una idea que aparece sorprendentemente en culturas separadas por miles de kilómetros: durante un eclipse, alguna criatura sobrenatural está devorando el Sol.
La explicación tenía cierta lógica desde la perspectiva de una sociedad sin conocimientos astronómicos modernos. Una especie de sombra negra comenzaba a “morder” el disco solar hasta hacerlo desaparecer. Después, de manera igualmente misteriosa, el Sol regresaba.
El propio Instituto Geográfico Nacional (IGN) recoge esta recurrencia en las diferentes mitologías y señala que la figura del animal o ser que intenta devorar el astro aparece repetidamente en culturas de todo el planeta.
Egipto: Apofis contra el dios Ra
En la mitología egipcia, una de las grandes amenazas para el orden cósmico era Apofis o Apep, una gigantesca serpiente asociada al caos.
Según la tradición, cada noche intentaba atacar la barca solar de Ra durante su viaje por el inframundo. La lucha entre Ra y Apofis representaba el enfrentamiento permanente entre el orden y el caos.
Esta concepción convirtió las alteraciones extraordinarias del Sol en acontecimientos cargados de significado religioso.
China: un dragón devoraba el Sol
Una de las leyendas sobre eclipses más conocidas procede de la antigua China.
Cuando comenzaba un eclipse se creía que un dragón celestial estaba devorando el Sol. En otras tradiciones chinas aparece también Tiangou, un perro celestial que intenta tragarse los astros.
La población trataba entonces de ayudar al Sol.
¿Cómo?
Haciendo todo el ruido posible.
Se golpeaban tambores y gongs y se realizaban diferentes rituales destinados a espantar a la criatura y conseguir que liberara al astro. Los eclipses podían interpretarse además como advertencias relacionadas con el emperador y con la ruptura de la armonía cósmica.
Y, como siempre ocurría, después de unos minutos el Sol reaparecía.
Para quienes participaban en el ritual, aquello podía interpretarse como la prueba de que había funcionado.
Vietnam: una rana gigante se tragaba el Sol
En algunas tradiciones vietnamitas, la responsable era una criatura diferente: una rana o sapo gigante que devoraba el Sol.
El mecanismo mitológico volvía a ser prácticamente el mismo: había que conseguir que el animal liberara el astro para que regresara la luz.
Esta tradición está recogida también en recopilaciones modernas sobre mitología de los eclipses.
Los vikingos y los lobos que perseguían al Sol
La mitología nórdica tenía una explicación especialmente espectacular.
Dos enormes lobos, Sköll y Hati, perseguían continuamente al Sol y a la Luna por el cielo.
Cuando uno de ellos conseguía alcanzar a su presa se producía un eclipse.
La desaparición del Sol adquiría así una dimensión aterradora, porque la captura definitiva de los astros estaba relacionada en algunas interpretaciones con el Ragnarök, el fin del mundo de la mitología nórdica.
Los mexicas temían que el Sol no regresara
Mucho más inquietantes son algunos relatos conservados sobre la reacción de los mexicas ante los eclipses.
Una fuente fundamental es la obra del franciscano Bernardino de Sahagún, elaborada en el siglo XVI con informantes nahuas y conocida actualmente como el Códice Florentino.
En ella se describe el enorme temor provocado por un eclipse solar. Según el relato, la población gritaba, se producían ceremonias en los templos y existía el temor de que, si el Sol terminaba completamente eclipsado, la oscuridad pudiera convertirse en permanente.
Sahagún recoge además referencias a sacrificios de cautivos y de personas de determinados rasgos físicos durante estas situaciones. La fuente debe interpretarse dentro de su contexto colonial y religioso, pero constituye un testimonio excepcional sobre las creencias asociadas a estos fenómenos.
No todas las culturas consideraban el eclipse una desgracia
Y aquí aparece una de las partes más interesantes de esta historia.
No todo el mundo tenía miedo.
Las interpretaciones de los eclipses fueron extraordinariamente diversas y no todas las sociedades los entendieron necesariamente como anuncios de una catástrofe.
Incluso entre los pueblos aborígenes australianos existieron interpretaciones diferentes. Los estudios etnoastronómicos han recopilado decenas de tradiciones: muchas asociaban los eclipses con malos presagios, enfermedades, muerte o magia, mientras que algunos grupos poseían conocimientos sorprendentemente precisos sobre los movimientos del Sol y la Luna.
Esto obliga a evitar una simplificación habitual: no existió una única interpretación “antigua” de los eclipses.
De los monstruos a las matemáticas
Mientras unas culturas explicaban el fenómeno mediante criaturas sobrenaturales, otras comenzaron muy pronto a intentar comprenderlo mediante la observación.
Los astrónomos de Mesopotamia y China acumularon registros durante generaciones y descubrieron que los eclipses seguían determinados patrones.
Los antiguos griegos avanzaron todavía más.
En el siglo V a. C., Anaxágoras ya defendía una explicación extraordinariamente cercana a la que conocemos actualmente: un eclipse solar se producía cuando la Luna se interponía entre la Tierra y el Sol.
El monstruo que devoraba el Sol empezaba a convertirse en un problema de astronomía.
El 12 de agosto ya sabemos exactamente qué ocurrirá
Más de dos mil años después, podemos predecir un eclipse con una precisión que habría resultado inimaginable para aquellas sociedades.
Sabemos cuándo empezará, por dónde pasará la sombra de la Luna y cuánto durará.
Pero hay algo que prácticamente no ha cambiado.
Cuando el 12 de agosto de 2026 el disco de la Luna comience a cubrir el Sol y determinadas zonas de España entren durante unos instantes en la oscuridad, millones de personas volverán a mirar hacia arriba.
Ya no habrá que tocar tambores para espantar dragones ni temer que unos lobos se hayan comido el Sol.
Pero durante unos minutos podremos experimentar algo parecido a lo que sintieron nuestros antepasados: ver desaparecer en pleno día el astro alrededor del cual hemos organizado nuestra vida desde que existe la humanidad.
Y quizá eso explique por qué, aunque ahora conozcamos perfectamente la ciencia que hay detrás de un eclipse, continúa siendo uno de los pocos acontecimientos naturales capaces de hacer que millones de personas miren al cielo al mismo tiempo.