Mucho antes del ferrocarril y de las actuales autovías, viajar entre Madrid y València suponía recorrer cientos de kilómetros por caminos muy desiguales, cambiar caballos varias veces y organizar el trayecto alrededor de ventas, posadas y casas de postas.
El mapa histórico que ha vuelto a circular estos días resulta especialmente interesante porque muestra las distintas alternativas utilizadas en el siglo XVIII para comunicar ambas ciudades.
La documentación de la época confirma que no existía una única ruta. En ese siglo convivieron varios itinerarios, entre ellos el camino por Almansa y Albacete y el llamado Camino de las Cabrillas, que atravesaba el interior por Tarancón, Minglanilla, Requena y Utiel.
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El Camino Real por Almansa
Una de las grandes rutas partía de Madrid hacia el sur y pasaba por Aranjuez, Ocaña, Albacete y Almansa antes de entrar en tierras valencianas.
Durante el reinado de Carlos III se impulsó la construcción de una carretera moderna hacia València siguiendo precisamente este trazado.
La decisión se tomó en 1761 dentro de un ambicioso proyecto para construir caminos “rectos y sólidos” que conectaran Madrid con distintos puntos de la Península.
Aunque la ruta era más larga que la alternativa de las Cabrillas, presentaba menores dificultades orográficas y permitía aprovechar parte del recorrido para los ramales hacia Alicante y Cartagena.
El Camino de las Cabrillas
La otra gran alternativa era más directa.
Desde Madrid avanzaba por Arganda, Tarancón y Minglanilla antes de cruzar hacia el actual territorio valenciano por la zona de Contreras y continuar por Requena, Utiel, Buñol, Chiva y Quart de Poblet.
Este itinerario, conocido como Camino de las Cabrillas, ya aparece documentado como carrera de postas en el Reglamento General de Correos y Postas de 1720.
Un itinerario militar conservado en la Biblioteca Virtual de Defensa calcula en 43 leguas y cuarto la distancia entre Madrid y Requena siguiendo las Cabrillas, aunque ese documento es algo posterior, fechado entre 1808 y 1820.
Las casas de postas eran las “estaciones de servicio” de la época




El sistema de postas permitía viajar mucho más rápido que utilizando siempre los mismos caballos.
A lo largo de los caminos existían establecimientos donde podían sustituirse los animales agotados por otros descansados. De esta forma, viajeros oficiales, correos y personas autorizadas podían continuar la marcha sin esperar a que las caballerías se recuperasen.
El sistema de posta fue fundamental para las comunicaciones españolas desde el siglo XVI y siguió teniendo enorme importancia hasta la expansión del ferrocarril en el XIX.
El mapa permitía conocer no solamente los pueblos atravesados, sino también los lugares previstos para descansar o cambiar caballerías.
De ahí que aparezcan anotaciones como “mediodía” o “noche” junto a determinadas localidades: indicaban puntos habituales de parada durante el viaje.
Un viaje muy diferente al actual
Los desplazamientos dependían enormemente del estado del camino, del vehículo utilizado, del tiempo y de la posibilidad de disponer de caballos de refresco.
El Camino de las Cabrillas tenía fama de difícil en algunos sectores. Los estudios sobre esta vía describen especialmente problemático el tramo situado entre Buñol y el interior, donde la complicada orografía condicionó durante siglos las comunicaciones con la Meseta.
El itinerario por Almansa, por el contrario, acabaría convirtiéndose en una vía mucho más apta para carruajes gracias a las grandes obras emprendidas durante el siglo XVIII.
Aquellas mejoras transformaron progresivamente el transporte. Los viajes en coches, diligencias y carrozas comenzaron a generalizarse a finales de ese siglo al mismo tiempo que mejoraban las carreteras.
La diligencia llegó después
La gran revolución llegaría ya en el siglo XIX.
El 1 de octubre de 1819 comenzó a funcionar una diligencia entre València y Madrid. La compañía organizó una línea de postas, mejoró algunas posadas y creó nuevos establecimientos para atender a los viajeros.
Décadas después, el ferrocarril terminaría cambiándolo todo.
Las antiguas casas de postas perdieron progresivamente su función y algunos de aquellos caminos quedaron relegados, aunque buena parte de las actuales vías de comunicación siguen corredores que ya se utilizaban hace siglos.
El mapa constituye así mucho más que una curiosidad cartográfica: permite reconstruir cómo se viajaba entre Madrid y València hace unos 300 años, cuando cada localidad del recorrido representaba una etapa, cambiar de caballo podía ser imprescindible y atravesar la Península era una auténtica expedición.







