El Ayuntamiento de Valencia vuelve a atribuirse méritos por actuaciones que no ha ejecutado, mientras descuida de forma evidente aquellas tareas básicas que dependen única y exclusivamente de su gestión. Una estrategia de propaganda institucional que choca frontalmente con la realidad que viven a diario vecinos y usuarios de los espacios públicos.
Las imágenes son claras y difíciles de justificar: caminos llenos de agujeros, grandes balsas de agua, barro persistente y zonas intransitables tras cada episodio de lluvia en espacios de uso peatonal y deportivo. No se trata de grandes proyectos bloqueados por otras administraciones ni de inversiones millonarias pendientes. Se trata de mantenimiento elemental que el Ayuntamiento simplemente no está realizando.
Mientras se anuncian obras que no son propias y se multiplican los titulares triunfalistas, no se destina ni un euro a reparar tramos deteriorados cuya conservación es competencia directa municipal. El abandono no es puntual, es continuado, y refleja una clara falta de prioridades.



El resultado es una ciudad gestionada desde el relato y no desde la realidad. Una Valencia de comunicados y fotografías oficiales frente a otra muy distinta: la que pisan cada día los ciudadanos, esquivando agujeros, sorteando charcos y asumiendo riesgos innecesarios.
Presumir de lo que hacen otros no tapa lo que no se hace. Y en este caso, el estado del espacio público es un reflejo incómodo pero evidente de una gestión más centrada en el escaparate político que en el mantenimiento básico de la ciudad.