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El Calamocha, el Estanquero, el Herrero, el Cojo de Cella: estos fueron los jovencísimos verdugos del 36
El historiador David Alegre Lorenz reconstruye la identidad y las motivaciones de los verdugos a pie de fosa en la Zaragoza golpista de 1936.
Todo comienza con tres preguntas: quién, cómo y por qué. Esas fueron las cuestiones que llevaron al historiador David Alegre Lorenz (Teruel, 1988) a escribir Verdugos del 36, un libro editado por Crítica que pone el foco en la maquinaria del terror activada en la Zaragoza golpista durante los primeros meses de la Guerra Civil.
Durante años de investigación, Alegre fue encontrándose con una suerte de figuras casi mitológicas que aparecían de forma intermitente en los relatos orales y en la documentación. Alias como el Calamocha, el Estanquero, el Herrero o el Cojo de Cella se repetían una y otra vez, siempre asociados a episodios de violencia extrema, pero sin un rostro ni una historia concreta.
En su trabajo de campo, entrevistando a personas nacidas en las décadas de 1910 y 1920, esos nombres surgían al llegar a 1936. Eran los apodos de los perpetradores a pie de fosa, los verdugos que se mancharon las manos de sangre en el Teruel de aquel año. Sus perfiles, sin embargo, se diluían en una bruma que parecía negar su humanidad, como un mecanismo defensivo de la memoria colectiva.
La clave documental que lo cambió todo
La información no solía ir más allá de esos nombres en clave, generalmente vinculados al oficio, al apellido o al lugar de origen. Hasta que un informe de la cárcel de Teruel arrojó luz sobre uno de ellos. El Calamocha aparecía denunciado por torturas salvajes en un proceso judicial militar.
Alegre define ese hallazgo como su Piedra de Rosetta. A partir de ese hilo documental, fue reconstruyendo un mosaico que devolvía identidad y contexto a esos personajes, intentando entender qué les llevó a participar en la eliminación de sus propios vecinos.
La investigación recorrió archivos parroquiales, municipales, judiciales y militares de toda España. Pese a las purgas documentales posteriores, el historiador se sorprendió por la enorme cantidad de evidencias conservadas, un rastro que delata un intento posterior de borrar lo ocurrido por mala conciencia.

Verdugos jóvenes, casi adolescentes
Uno de los elementos más impactantes del libro es la edad de los perpetradores. Muchos de ellos tenían entre 20 y 30 años, y algunos eran incluso más jóvenes, en una época en la que la mayoría de edad se alcanzaba a los 23.
Eran chavales sin madurez ni experiencia vital, a menudo acompañados de altas dosis de alcohol, que no eran plenamente conscientes del alcance de sus actos ni del estigma que les marcaría de por vida. Todos sus contemporáneos sabían quiénes eran y qué habían hecho.
Algunos llegaron a presentar sus crímenes como méritos para optar a plazas públicas. Otros fanfarroneaban de sus acciones. Y hubo quienes se arrepintieron y se retiraron de la vida pública, como el abogado Julio Alcalá, que de día defendía a perseguidos en tribunales militares y de noche participaba en masacres como las de Valdespartera o Torrero.
La lógica de la maquinaria del terror
Según Alegre, la consigna de las autoridades golpistas fue reclutar a jóvenes de origen muy humilde, necesitados de reconocimiento social en su acceso a la vida adulta. Fueron instrumentalizados por intereses superiores.
Los primeros días tras el golpe se caracterizaron por asesinatos a plena luz del día, con cuerpos apareciendo en lugares inesperados como el Canal Imperial o el Parque Grande. Sin embargo, a partir del 9 de agosto de 1936, tras la visita de Mola, las directrices cambiaron.
La violencia se ocultó. Se asumió que eran crímenes y se buscó minimizar el coste político, ganar legitimidad internacional y magnificar las atrocidades del bando contrario. Con Madrid sin caer y una guerra que se alargaba, Aragón se convirtió en una retaguardia donde se actuó sin piedad para evitar cualquier colapso interno.
La lógica que operó en Zaragoza, sostiene el autor, fue similar a la que se reprodujo en otras zonas profundas de retaguardia en España: una guerra autosostenida en la que el terror se convirtió en herramienta de control.
Verdugos del 36, con 624 páginas, es una obra que no busca solo señalar a los ejecutores, sino comprender el engranaje de decisiones que permitió que jóvenes casi adolescentes se transformaran en verdugos.
Etiquetas: Guerra Civil, 1936, Aragón, memoria histórica, violencia política, libros de historia