16 de septiembre de 2026
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El incivismo turístico vuelve a generar malestar en Valencia: bicicletas por las aceras, escaleras ocupadas y ropa colgada en fachadas

Vecinos difunden imágenes de comportamientos que consideran incompatibles con la convivencia y reclaman que el crecimiento turístico no convierta el espacio público en una extensión de los alojamientos vacacionales

El debate sobre el impacto del turismo en Valencia ya no se limita al precio de la vivienda o a la proliferación de apartamentos turísticos. Durante las últimas semanas, vecinos de diferentes zonas de la ciudad han comenzado a compartir imágenes de comportamientos que consideran incívicos y que afectan al uso cotidiano del espacio público.

Bicicletas circulando por aceras estrechas entre peatones, grupos numerosos ocupando las escaleras de edificios y monumentos mientras comen y beben o prendas de ropa y toallas colgadas directamente de fachadas y rejas son algunas de las escenas denunciadas.

Las fotografías remitidas a Valencia Noticias muestran tres situaciones diferentes que reflejan un mismo problema: hasta dónde puede llegar el uso turístico de una ciudad sin interferir en la vida cotidiana de quienes residen en ella.

El fenómeno se produce además en un momento de creciente tensión por la turistificación de algunos barrios valencianos. Durante este mes de septiembre han vuelto a aflorar conflictos vecinales relacionados con apartamentos turísticos y con la utilización del espacio público.

Bicicletas turísticas circulando por las aceras

Una de las situaciones que más quejas provoca es la circulación de bicicletas por espacios destinados a los peatones.

En una de las imágenes facilitadas puede observarse a varios ciclistas avanzando por una acera mientras una mujer camina en sentido contrario, obligando a compartir un espacio que debería ofrecer seguridad al peatón.

La bicicleta se ha convertido en uno de los medios preferidos por muchos visitantes para conocer Valencia. La extensa red ciclista, el terreno prácticamente llano y la oferta de empresas de alquiler han contribuido a su popularización.

El problema aparece cuando algunos usuarios abandonan los itinerarios habilitados y circulan por las aceras entre peatones.

La Ordenanza de Movilidad de Valencia establece como regla general que las bicicletas no pueden circular por las aceras, salvo excepciones expresamente contempladas. También regula dónde pueden estacionarse: prioritariamente en aparcabicis y, bajo determinadas condiciones, junto al mobiliario urbano cuando no existan plazas libres próximas y siempre que no se obstaculice el paso.

No es la primera polémica reciente relacionada con bicicletas de alquiler. A principios de septiembre se difundió en Benimaclet una fotografía de cinco bicicletas estacionadas junto a la fachada de un edificio, atribuida por una cuenta vecinal a visitantes. En aquel caso, la propia imagen no permitía determinar quién las había utilizado ni si el estacionamiento incumplía efectivamente la normativa.

Las escaleras convertidas en lugar para comer y descansar

Otra de las imágenes muestra una situación cada vez más habitual en puntos especialmente visitados: decenas de personas sentadas en las escaleras de un edificio, algunas comiendo, bebiendo o descansando.

Sentarse en unas escaleras no constituye por sí mismo un comportamiento incívico. El problema aparece cuando una concentración numerosa dificulta el acceso, bloquea zonas de paso o deja residuos.

Y aquí surge una de las fronteras más complicadas del debate turístico.

El espacio público pertenece a todos y los visitantes tienen exactamente el mismo derecho a utilizarlo que los residentes. Pero ese derecho debe ser compatible con la movilidad, la limpieza, el descanso y el acceso a edificios y monumentos.

La imagen refleja precisamente esa tensión: lo que para un visitante puede ser simplemente un lugar donde descansar después de recorrer el centro, para quien utiliza diariamente ese acceso puede convertirse en un obstáculo.

Ropa y toallas colgadas directamente en las fachadas

La tercera escena es probablemente la más peculiar.

Varias prendas aparecen colgadas directamente sobre las rejas exteriores de un inmueble, a pie de calle.

Toallas y ropa utilizadas como si la fachada fuese el tendedero de un alojamiento son comportamientos que provocan especial rechazo porque trasladan actividades propias del ámbito privado directamente al espacio visible de la ciudad.

No puede determinarse únicamente por las fotografías quién colocó esas prendas ni si se trataba efectivamente de turistas. Por ello, sería incorrecto atribuir categóricamente su autoría.

Pero la escena encaja en el debate vecinal sobre determinados usos vinculados a la creciente transformación de viviendas y bajos comerciales en alojamientos de corta estancia.

La turistificación ya provoca conflictos en varios barrios

Las quejas llegan en un momento especialmente sensible.

Barrios como Patraix, Benicalap, Cabanyal, Russafa o Aiora mantienen conflictos relacionados con la transformación de bajos comerciales y otros inmuebles en alojamientos turísticos.

En Benicalap, por ejemplo, existe oposición vecinal a proyectos que podrían introducir decenas de nuevos alojamientos en plantas bajas. En Patraix continúa judicializado el conflicto relacionado con 24 bajos turísticos.

El Ayuntamiento sostiene que su actual regulación protege el uso residencial del 98% de las viviendas y limita al 15% la implantación de nuevos alojamientos turísticos en bajos cuando no se hayan superado determinados umbrales de saturación. La oposición municipal, por su parte, reclama restricciones más amplias.

Son posiciones políticas diferentes dentro de un debate que continúa abierto.

El problema no es el turista, sino determinados comportamientos

Las imágenes tampoco permiten convertir estos episodios en una acusación general contra quienes visitan Valencia.

Millones de visitantes utilizan la ciudad sin generar problemas y determinadas conductas incívicas también pueden ser protagonizadas por residentes.

La cuestión está en el comportamiento, no en la procedencia de quien lo realiza.

Circular en bicicleta por una acera poniendo en riesgo a peatones, bloquear un acceso, abandonar basura o utilizar elementos de una fachada de manera inapropiada puede generar problemas independientemente de quién sea el responsable.

Sin embargo, cuando estos comportamientos coinciden con una fuerte concentración de visitantes en determinadas zonas, la percepción vecinal cambia y el turismo comienza a asociarse a una pérdida de calidad del espacio cotidiano.

Una ciudad turística que también tiene que seguir siendo habitable

Valencia ha consolidado durante los últimos años su atractivo turístico. El clima, las playas, el centro histórico, la gastronomía y una ciudad especialmente cómoda para recorrer caminando o en bicicleta forman parte de ese éxito.

Precisamente por eso, el reto ya no consiste únicamente en atraer visitantes.

Consiste en gestionar su presencia.

Las escenas de bicicletas entre peatones, escaleras saturadas o ropa colgada en fachadas pueden parecer pequeñas anécdotas consideradas individualmente. Pero acumuladas terminan alimentando una sensación que aparece cada vez con mayor frecuencia en las reivindicaciones vecinales: que determinados espacios empiezan a organizarse pensando más en quien permanece unos días que en quien vive allí todo el año.

El debate sobre el turismo en Valencia entra así en una nueva fase. Ya no se discute solamente cuántos turistas puede recibir la ciudad, sino qué reglas de convivencia deben respetarse para que visitantes y residentes puedan compartirla sin que el éxito turístico termine deteriorando aquello que precisamente hace atractiva a Valencia.

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