Hubo una época en la que el teléfono ocupaba un lugar privilegiado en las casas españolas. No tenía pantalla, no guardaba los números de nuestros amigos y tampoco permitía enviar mensajes. Para hablar con alguien había que levantar el auricular, introducir cada cifra girando un disco y esperar pacientemente. El teléfono Heraldo, fabricado en España para la antigua Telefónica, se convirtió en uno de los grandes símbolos de los años sesenta, setenta y ochenta. Hoy, más de medio siglo después de su aparición, estos aparatos despiertan una nostalgia difícil de explicar a quienes han crecido con un móvil en el bolsillo.

Había un sonido que podía escucharse desde cualquier habitación de la casa.
Era fuerte, metálico e inconfundible.
Cuando sonaba el teléfono, alguien dejaba inmediatamente lo que estaba haciendo para responder.
—¿Diga?
Al otro lado podía estar un familiar, un amigo, un vecino o alguien que se había equivocado de número.
Nadie lo sabía hasta descolgar.
No existía una pantalla que indicara quién llamaba. Tampoco aparecían fotografías ni nombres.
Y si nadie estaba en casa, la llamada simplemente se perdía.
Durante décadas, este fue el funcionamiento habitual del teléfono doméstico en España.
Un aparato conectado a la pared, un auricular unido mediante un cable y un disco que había que girar con el dedo.
Hoy puede parecer algo extremadamente sencillo.
Pero aquel teléfono representó una auténtica revolución en las comunicaciones.
Índice de contenidos
El Heraldo, el teléfono que entró en miles de hogares españoles
El teléfono rojo que aparece en la fotografía pertenece, por su aspecto, a la familia de aparatos conocida como Heraldo, concretamente a su versión de pared.
Fue uno de los modelos más populares de la antigua Compañía Telefónica Nacional de España, conocida por las siglas CTNE.
La familia Heraldo comenzó a introducirse a principios de los años sesenta.
Su diseño resultaba más moderno y ligero que el de los antiguos aparatos de baquelita negra.
Además, podía fabricarse en diferentes colores.
Había teléfonos grises, blancos, verdes, azules y rojos.
La versión mural permitía instalar el aparato directamente sobre una pared, una opción habitual en cocinas, pasillos y recibidores.
Su estructura reunía todos los elementos necesarios: un auricular, un sistema de timbre, un cable en espiral y un disco giratorio para seleccionar los números.
Era robusto y relativamente fácil de utilizar.
Y muchos de aquellos aparatos permanecieron funcionando durante años, incluso cuando comenzaron a aparecer modelos más modernos.
CITESA, la fábrica de Málaga que produjo teléfonos para toda España
La historia del Heraldo también está relacionada con la industria española.
En 1964 se inauguró en Málaga una importante fábrica de aparatos telefónicos de CITESA.
La instalación ocupaba aproximadamente 40.000 metros cuadrados y llegó a emplear a alrededor de un millar de trabajadores en su etapa inicial.
Desde allí se fabricaron numerosos teléfonos destinados a la red de la CTNE.
El Heraldo se convirtió en uno de los productos más reconocibles de esta actividad industrial.
Durante aproximadamente dos décadas se desarrollaron diferentes versiones.
Algunas estaban destinadas a colocarse sobre una mesa.
Otras se instalaban directamente en la pared.
Posteriormente aparecieron modelos equipados con teclado numérico.
El teléfono dejó de ser un objeto reservado a determinados negocios o familias acomodadas y fue incorporándose a un número creciente de hogares.
Tener una línea fija significaba poder hablar con familiares que vivían lejos sin necesidad de desplazarse o esperar una carta.
Marcar un número exigía paciencia
Quienes utilizaron un teléfono de disco recuerdan perfectamente el procedimiento.
Primero había que levantar el auricular.
Después se comprobaba que existiera tono de línea.
A continuación llegaba el momento de marcar.
Se introducía el dedo en el agujero correspondiente a la primera cifra y se giraba el disco hasta alcanzar el tope.
Entonces había que soltarlo.
El mecanismo regresaba lentamente a su posición inicial.
Y solo después podía marcarse el siguiente número.
El sistema transmitía impulsos eléctricos a la central telefónica.
Cada cifra generaba una determinada cantidad de impulsos.
El número uno producía uno y el cero producía diez.
Por eso, marcar un cero llevaba más tiempo que marcar un uno.
Si el número era largo, la operación podía resultar bastante lenta.
Y si alguien se equivocaba, muchas veces no quedaba otra solución que colgar y comenzar de nuevo.
Lo curioso es que este sistema representaba un gran avance respecto a los primeros tiempos de la telefonía.
Gracias a las centrales automáticas, los usuarios podían establecer numerosas llamadas sin necesidad de que una operadora conectara manualmente ambas líneas.
El teléfono estaba donde estaba: no había intimidad
Otra de las grandes diferencias con los móviles actuales era la falta de privacidad.
El teléfono pertenecía a la casa, no a una persona.
Podía encontrarse en el salón, en el recibidor o junto a la cocina.
Y todos los miembros de la familia lo utilizaban.
Cuando llamaba un amigo o una pareja, la conversación podía ser escuchada por cualquiera que pasara cerca.
Los adolescentes intentaban alejarse todo lo posible de los demás.
Algunos estiraban el cable del auricular hasta el límite.
Otros hablaban en voz baja para que sus padres no se enteraran.
Pero el aparato seguía unido a la pared.
No era posible llevárselo al dormitorio, salir a la calle o continuar hablando mientras uno caminaba por la ciudad.
Hablar por teléfono también implicaba aceptar que alguien pudiera preguntar:
—¿Con quién estás hablando tanto rato?
Cuando una llamada podía costar dinero de verdad
En los años setenta y ochenta, llamar no tenía necesariamente el mismo coste que hoy.
No existían las tarifas de llamadas ilimitadas que se han generalizado con la telefonía actual.
El precio dependía de las condiciones del servicio, del tipo de llamada, de su duración y del destino.
Las comunicaciones interurbanas podían resultar especialmente caras.
Por eso muchas familias procuraban controlar el tiempo de las conversaciones.
En determinados hogares, llamar a un familiar de otra provincia era una decisión que se tomaba con cierta planificación.
No siempre se llamaba simplemente para charlar.
A veces se esperaba a disponer de varias noticias que contar.
Y cuando la conversación se alargaba demasiado, alguien recordaba desde otra habitación que había que colgar.
La factura telefónica formaba parte de los gastos domésticos que debían vigilarse.
La guía telefónica, el buscador antes de internet
Si hoy queremos encontrar el teléfono de una empresa, basta con realizar una búsqueda en internet.
Durante buena parte del siglo XX, esa tarea se hacía de otra manera.
Las casas y oficinas disponían de guías telefónicas impresas.
Eran libros voluminosos con listados de abonados, nombres, direcciones y números.
Buscar el teléfono de una persona podía requerir tiempo.
Había que conocer su nombre o apellido y localizarlo entre numerosas entradas.
Las páginas amarillas cumplían una función especialmente importante para encontrar empresas, profesionales y establecimientos comerciales.
Fontaneros, electricistas, restaurantes, talleres y tiendas anunciaban sus servicios en aquellas publicaciones.
Durante décadas, disponer de un anuncio destacado en una guía telefónica podía ser una herramienta comercial de gran utilidad.
Hoy esas guías se han convertido en objetos históricos.
Pero antes de internet fueron fundamentales para comunicarse.
Si el teléfono estaba comunicando, solo quedaba esperar
Otro sonido que permanece en el recuerdo de millones de españoles es el tono de ocupado.
Cuando la persona a la que llamábamos estaba hablando por teléfono, la línea podía aparecer comunicando.
No era posible dejar inmediatamente un mensaje escrito.
Tampoco consultar cuándo se había conectado por última vez.
Había que colgar.
Esperar unos minutos.
Y volver a marcar todo el número.
Si la conversación del destinatario se prolongaba, el proceso podía repetirse varias veces.
La paciencia era una parte inevitable de las comunicaciones.
Y también lo era la incertidumbre.
Cuando alguien no respondía, no siempre sabíamos si había salido, si estaba ocupado o si simplemente no había escuchado el timbre.h
«¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!»: el teléfono de Miguel Gila
El teléfono también dejó una profunda huella en la cultura popular.
Uno de sus protagonistas más famosos fue el humorista Miguel Gila.
Sus monólogos sobre la guerra se hicieron extraordinariamente populares gracias a unas conversaciones telefónicas completamente absurdas.
Gila aparecía hablando con un supuesto enemigo al que trataba con una familiaridad sorprendente.
En sus actuaciones, el teléfono se convertía en una herramienta cómica.
El público solamente escuchaba una parte de la conversación.
La otra debía imaginarla.
Y precisamente ahí estaba buena parte del ingenio.
El humorista construía situaciones disparatadas utilizando un recurso cotidiano que todo el mundo reconocía.
La conversación telefónica permitía hablar con alguien que no estaba presente y crear escenas enteras mediante la imaginación.
Su célebre frase «¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!» acabó convirtiéndose en uno de los recuerdos más populares del humor español.
Los teléfonos rojos no eran necesariamente especiales
El color rojo de algunos Heraldo les daba una apariencia muy llamativa.
Pero un teléfono rojo doméstico no tenía por qué estar relacionado con emergencias, comunicaciones gubernamentales o líneas reservadas.
En la mayoría de los casos era simplemente una variante de color.
Los fabricantes ofrecían diferentes acabados para adaptarse a los gustos de los usuarios.
En los hogares de los años setenta y ochenta, cuando la decoración comenzó a incorporar colores más intensos, los aparatos rojos resultaban especialmente atractivos.
Con el paso del tiempo, ese diseño los convirtió en objetos de colección.
Actualmente, los teléfonos de disco pueden encontrarse en museos, colecciones particulares, tiendas de antigüedades y viviendas decoradas con estética retro.
Algunos siguen funcionando mediante adaptadores compatibles con determinadas instalaciones modernas.
Otros se conservan únicamente como piezas decorativas.
¿Por qué estos teléfonos duraban tantos años?
Una de las características más recordadas del Heraldo era su resistencia.
Estaba diseñado para realizar una función concreta: permitir conversaciones telefónicas.
No necesitaba pantalla táctil, actualizaciones de software ni batería recargable.
Sus mecanismos eran electromecánicos.
En muchos casos podían repararse sustituyendo piezas o ajustando determinados componentes.
Además, numerosos teléfonos domésticos se instalaban como parte del servicio de la compañía telefónica.
El usuario pagaba por la línea y, según la modalidad contratada, por la utilización del propio aparato.
Por eso no era extraño encontrar el mismo teléfono durante diez, quince o incluso veinte años en una vivienda.
También había hogares en los que el viejo disco continuó utilizándose mientras otros vecinos ya habían instalado teléfonos con teclado.
La modernización no llegó a todas las casas al mismo tiempo.
La llegada de los teléfonos con teclas
A finales de los años setenta y durante los ochenta comenzaron a popularizarse modelos con teclados numéricos.
Entre ellos destacaron el Teide y el Benjamín.
Los nuevos aparatos permitían introducir los números con mayor rapidez.
Algunas versiones incorporaban funciones adicionales y un diseño más compacto.
La marcación mediante disco comenzó a retroceder.
Sin embargo, durante bastante tiempo convivieron ambos sistemas.
En muchas viviendas continuaba utilizándose el teléfono antiguo mientras en otras se instalaban equipos nuevos.
Posteriormente llegaron los teléfonos inalámbricos, los contestadores automáticos y los sistemas de identificación de llamadas.
La revolución definitiva se produciría con la expansión de la telefonía móvil.
Poco a poco, el teléfono dejó de estar vinculado a una vivienda.
Cada persona comenzó a llevar su propio número.
Y las llamadas se convirtieron en una de las muchas funciones de un dispositivo portátil.
De esperar una llamada a llevar el mundo en el bolsillo
La evolución de las comunicaciones ha sido extraordinaria.
Con un teléfono actual podemos hablar con alguien que se encuentra en otro continente, enviar fotografías, mantener videollamadas, consultar noticias o acceder a información en cuestión de segundos.
No tenemos que buscar una cabina ni permanecer junto a una pared.
Tampoco necesitamos recordar decenas de números telefónicos.
Los contactos quedan almacenados automáticamente.
Si una persona no contesta, podemos enviarle un mensaje.
Y si queremos compartir algo, basta con pulsar un botón.
La comodidad es indiscutible.
Pero la antigua telefonía tenía una característica que muchas personas recuerdan con especial cariño.
Una llamada era un acontecimiento.
Cuando sonaba el teléfono, alguien podía gritar desde otra habitación:
—¡Es para ti!
Y la persona aludida acudía rápidamente para descubrir quién quería hablar con ella.
El Heraldo, una pieza de la historia tecnológica española
El Museo de Telecomunicación de la Universitat Politècnica de València conserva un teléfono Heraldo mural fabricado por CITESA.
El aparato forma parte de una colección dedicada a mostrar la evolución de las comunicaciones.
También existen ejemplares en otros museos tecnológicos españoles.
Su conservación permite estudiar una época en la que la telefonía dependía de mecanismos analógicos, centrales electromecánicas y redes de cobre.
En 2024, la Fundación Telefónica participó en la recuperación de una antigua central Rotary de los años veinte conservada en la Universidad Politécnica de Madrid.
Después de un complejo trabajo de restauración, el equipo volvió a establecer una llamada telefónica.
La experiencia permitió recuperar el funcionamiento de una tecnología que había transformado las comunicaciones durante el siglo XX.
Y demostró hasta qué punto los dispositivos que hoy consideramos antiguos fueron auténticas innovaciones en su momento.
Un sonido que todavía despierta recuerdos
El teléfono de disco se ha convertido en algo más que un aparato tecnológico.
Es un objeto asociado a una forma de vivir.
Recuerda las conversaciones con familiares que residían lejos, las llamadas de los primeros novios, las felicitaciones de cumpleaños y las noticias que llegaban inesperadamente.
También recuerda los momentos en que toda la familia esperaba junto al aparato para recibir una llamada importante.
Hubo una época en la que la comunicación exigía detenerse, escuchar y permanecer en un mismo lugar.
El auricular podía pesar bastante más que los dispositivos actuales.
El cable se enredaba.
El disco tardaba en regresar.
Y si alguien estaba hablando, había que esperar a que terminara.
Hoy tenemos medios infinitamente más rápidos.
Pero basta escuchar el antiguo timbre metálico de un Heraldo para que muchas personas vuelvan, por unos segundos, a la casa de sus padres o de sus abuelos.
Aquel teléfono rojo no tenía aplicaciones, cámara ni conexión a internet. Pero durante años fue la ventana que conectó miles de hogares españoles con el resto del mundo.
Y aunque ahora podamos comunicarnos de mil maneras diferentes, hay algo que sigue despertando nostalgia: el sonido de aquel disco girando, el timbre que resonaba por toda la casa y una voz al otro lado que comenzaba diciendo simplemente: «¿Diga?».




