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Feria Fallas 2013: una teoría de la felicidad (o de la indignación)

Plaza de toros de València, 17 de marzo de 2013. Décima de la Feria de Fallas. Toros de Núñez del Cuvillo (en sustitución de los rechazados de Zalduendo), un saldo de corrida mal presentada, pero noble y con posibilidades todos. Finito de Córdoba (ovación y silencio tras aviso), El Cordobés (oreja y oreja) y El Fandi (oreja y dos orejas). Más de tres cuartos de plaza (algo más de 9.000 espectadores).

El Cordobés y el Fandi, a hombros. Foto: Torosvalencia.com

El Cordobés y el Fandi, a hombros. Foto: Torosvalencia.com

La tarde fue para filosofar y trazar una teoría de la felicidad, más allá del toreo en esencia. Desde que sonaron clarines y timbales o incluso antes. Con el tararí inicial un “oooh” de admiración y emoción recorrió el tendido. Sobrecogedor si conseguías abstraerte en el mismo momento que sucedió. La frase de Jean Cau –“ir a los toros es, a eso de las cinco, creer en los reyes magos e ir a su encuentro”– cobraba todo el sentido. La plaza estaba prácticamente llena y pese a todo acabó pasando lo podía pasar.

La tarde, como cualquier teoría de la felicidad, no fue apta para todos los públicos. Lo mismo daba para una teoría de la felicidad, que para una de cómo rasgarse las vestiduras. Todo era cuestión de decantarse. Y estaba claro: el un tercio o menos (porque todos no vinieron) de los primeros días presente hoy, se pillaron el mosqueo del siglo y la indignación del milenio, que ríete tú de los del 15M: “Ya no vuelvo más, que el honor y la honra de la Plaza de Toros de València la han mancillado y a Dios pongo por testigo de lo que haga con mis venas, que ya veremos si me las corto o me las dejo largas” y esas cosas decían quienes no veían de recibo que El Cordobés y El Fandi abrieran la Puerta Grande de València. Y visto lo visto, se puede entender.

Pero todo esto va más allá del toreo en esencia y más cuando la víspera tres figurones –o eso dicen– habían andado sin romper con una corrida de Garcigrande pensada y seleccionada a modo. Finito de Córdoba y El Codobés, más uno de Granada, El Fandi, sin tanto: un saldo de Núñez del Cuvillo que vino a sustituir lo de Zalduendo; se entretuvieron en entretener al personal.

Está claro que Juan Serrano, Finito, jugaba en inferioridad de condiciones. Una razón muy obvia es que el público en su mayoría era cordobesista y fandiñista. Pero la que pesó más es la que demostró la dificultad que entraña el toreo cuando se hace en pureza y acorde a unos cánones. Siempre cuesta más llegar por ahí. Mientras El Cordobés tiene ese don y salero natural para caer en gracia y ser gracioso y El Fandi no escatima en banderills y facultades, a Finito no le queda otro camino que el de llegar por la línea del toreo. Echando la pata adelante, buscando la colocación y llevándose la embestida hasta más allá de la cadera, sintiendo aquello.

Los aficionados paladeron la faena al primer toro del Fino, al que a lo mejor en otras circunstacias de público o plaza le corta una oreja o al menos se da una celebrada vuelta al ruedo. Breve y bueno. Sobre todo, diferente. Así fue la faena de Finito al primero, un Cuvillo basto y amplio, blando también. Un inicio por alto, despacio y con gusto. Y a los medios. Con tiempo y afianzando al toro. De repente, la cintura que se cimbrea, la embestida que se alarga, el temple que surge, el torero que se despatarra y se hunde en sí mismo, un cambio de mano que arrebata. Y así: Finito torea, inventa, crea. Dos series en redondo que derrocharon torería y al natural de uno en uno, suerte cargada. Los ayudados, la habilidad con la espada y la ovación a la torería.

El toreo según es lo intentó en el cuarto Juan Serrano. Pero el toreo no es fácil ni todas las embestidas resisten su exigencia. Algo bruto éste, pese al temple y tiempos que le administró en la brega Álvaro Oliver, no se entregó. Con otras armas, otro carácter, a lo mejor le hubiera dado fiesta de otra manera. Pero ya no sería Finito de Córdoba. Ésa es era diferencia con sus compañero de cartel.

El Cordobés y El Fandi lucieron sus armas. Fácil y con una sonrisa de oreja a oreja El Cordobés, dominador de sus terrenos, los del toro y los del público. Bajo los tendidos de sol en una tarde que gris, unas pocas gotas y felicidad. Eso es El Cordobés. Ni trampa ni cartón. ¿Toreo profundo? No, para qué. La primera faena de Manolo Díaz se fundamento en la zurda, sin imposiciones ni mando severo: tú por aquí, yo por allá. Así le daría de una tacada ocho o nueve naturales. De aquella manera, pero se lo dio. Se desplantó, sonrió. Hizo la rana y de repente le tenía cortada la oreja a un burranco imprestable por anovillado, de nombre Caprichoso, que fue y vino sin maldad y poca o ninguna clase, pero que tuvo un claro pitón izquierdo. Cortó una oreja. La felicidad se palpaba

Tenía que salir por la Puerta Grande El Cordobés para dar por buena la tarde. Y el quinto tuvo más teclas que tocar. El Cordobés sin obligar, fue haciéndose con el toro, dándole distancia. Esperándolo y en la media distancia, muleta retrasada, bruscos muñecazos, mucho a pies juntos con tal de exigir lo menos, y cuando vio que aquello ya estaba, de un tirón lo llevó al sol, guiñó un ojo arriba, lo pasó por alto, echó las rodillas al suelo y lo mató de infame sablazo. Y pese a todo la oreja solicitada cayó concedida por el palco. La felicidad era eso: torear o sonreír como se es. La indignación también.

El Fandi por su parte puso hasta ocho pares de banderillas. Son sus armas. Eso y la variedad capotera. La moviola, la demostración de facultades. “Mucho Fandi, mucho fandi” gritaba el pueblo en el sexto. Las lopecinas, las navarras, las chicuelinas y los saludos con larga de rodillas. Eso es los que venían buscando los que por poco llenan el coso de la Xàtiva. Por eso luego el excelente tranco del tercero de la tarde se fue sin torear conforme. Pero no debió importar. Y una oreja fue para El Fandi.

El sexto de la tarde se dejó sin más. El Fandi estuvo efectista, tiró de circulares de abrazos al costillas, de vueltas y revueltas tanto en la cara como en el culo del toro. Aquello era una tiovivo. Una serie en redondo, suerte descargadísma, el desplante y el espadazo. Todo sin dar tregua. Pim-pam-pum, El Fandi de repente levantaba las dos orejas y se iba junto a El Cordobés por la Puerta Grande de València. Pura felicidad. O indignación.

Porque el toreo y la seriedad de una plaza como València está claro que son otra cosa. O deben ser. Pero esto existe. Y los que había exclamado un sobrecogedor “oooh” al inicio ahora simplemente decías “pues hemos pasado una tarde muy bien”. Y lo decían pese a la lluvia y el frío. Con la que está cayendo, ese era su objetivo. Ver al Cordobés, que más que una tauromaquia lo sacá cada tarde es eso, una teoría de la felicidad (o de la indignación). La fórmula 50 años después sigue funcionando.

VLC Ciudad / Andrés Verdeguer Taléns

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