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Cuatro siglos de tradición: la Fiesta de los Niños de la calle de San Vicente celebra 400 años
El ajetreo de los tiempos modernos hace que pocas cosas perduren. Cada jornada vemos el cierre o desaparición de ideas, proyectos o aniversarios, por lo que encontrar una historia que se remonte 400 años atrás es casi milagroso. Con San Vicente Ferrer como protagonista, todo cobra sentido. Para contar esta historia, es necesario remontarse a la Valencia de 1410.
En aquella época, numerosos niños, víctimas de la peste y otras desgracias, deambulaban sin protección por la ciudad. Vivían principalmente de la caridad y de lo poco que podían recolectar. Fue entonces cuando San Vicente Ferrer decidió fundar el Colegio Imperial de Niños Huérfanos, la institución benéfica más antigua de Europa.
El primer orfanato se encontraba cerca de la actual plaza de San Agustín, junto a la iglesia y convento homónimos, cerca de uno de los accesos sur de las murallas de la ciudad, donde hoy se alza la llamada ‘finca de hierro’. Este lugar, también conocido como Hospital del Niño Perdido, se convirtió en refugio para los niños. Allí comenzaron a organizar procesiones vestidas de dominicos, en las que recogían limosnas y alimentos de los vecinos para su sustento.
La iniciativa se fortaleció con la implicación del barrio, ya que en Valencia el entusiasmo festivo es innato. Sin embargo, cuando el colegio se trasladó en 1624 a la Casa del Emperador, se instauró una fiesta para recordar la iniciativa, incluyendo una procesión el lunes después del primer domingo de junio.
La Fiesta de los Niños de la Calle de San Vicente comenzó su tradición con la certeza de que, gracias a San Vicente, perduraría. Cuatro siglos después, la celebración sigue viva gracias a miles de personas que, a lo largo de generaciones, han contribuido a que este recorrido temporal, desde 1625, sea posible.
Valencia ha cambiado tanto que ni San Vicente Ferrer la reconocería. Sin embargo, si viera a los niños recorriendo el moderno barrio, repleto de edificios y mercados, sabría que sigue siendo la ciudad que conoció.
El 400 aniversario de la fiesta se inició con una ofrenda floral extraordinaria a la Virgen de los Desamparados. Estos días, la distribución de miles de tartas de bizcocho con naranja adelanta dulcemente la celebración.
El 25 de mayo, las imágenes de San Vicente Ferrer se trasladarán a la parroquia de San Agustín. El sábado 31 será la fiesta infantil y, el domingo, el Arzobispo de Valencia, Don Enrique Benavent, presidirá la Misa Mayor en San Agustín. Por la tarde se celebrará el Bautizo en el Pouet y luego un desfile en coches de caballos para presentar al recién bautizado a la Virgen de los Desamparados. El lunes 2 de junio se llevará a cabo la tradicional procesión desde San Agustín hasta el altar de San Vicente. Al día siguiente se escenificará un milagro por la tarde y luego, tras un concierto nocturno, se bajará al santo a medianoche para finalizar la celebración.
La participación ha sido y sigue siendo el motor de esta festividad. “Este año tan especial hemos querido rememorar nuestros orígenes y nuestro camino a lo largo de los años”, declara Rafael Pinazo, presidente de la festividad. Agradece “a todos aquellos que, de una u otra manera, forman parte de la Fiesta, desde los más pequeños hasta los mayores, desde lo interno y lo externo, pero que la sienten propia, porque la Fiesta es de todos los que amamos a San Vicente y a nuestra Valencia”.
Estos días, con la entrega de tartas, que abuelos y padres encargan para sus nietos e hijos, al igual que lo hicieron sus antecesores, se escucha en el barrio una frase que resume el sentimiento compartido y que quien narra esta historia suscribe: “¡Yo también fui niña de la calle de San Vicente!”