Entre 1663 y 1673, alrededor de 800 mujeres viajaron desde Francia hasta América dentro de un programa financiado por la Corona para corregir el enorme desequilibrio entre hombres y mujeres y asegurar el futuro de la colonia
No eran princesas. Ni siquiera pertenecían, salvo excepciones, a familias acomodadas. Sin embargo, pasaron a la historia con un nombre que todavía puede provocar confusión: Filles du Roy, literalmente, las «Hijas del Rey».
Durante diez años, entre 1663 y 1673, alrededor de 800 jóvenes francesas cruzaron el Atlántico rumbo a Nueva Francia, principalmente al territorio del actual Quebec. El viaje y su establecimiento fueron financiados por la administración real de Luis XIV con un objetivo muy concreto: conseguir que aquellas mujeres se casaran, formaran familias y contribuyeran al crecimiento de una colonia que tenía un serio problema demográfico.
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Una colonia llena de hombres y con muy pocas mujeres
A comienzos de la década de 1660, Nueva Francia estaba muy lejos de convertirse en una colonia demográficamente autosuficiente.
Soldados, comerciantes, exploradores y trabajadores habían creado una población en la que los hombres eran ampliamente mayoritarios. Un dato del censo de 1666 permite hacerse una idea: se contabilizaban 719 hombres solteros de entre 16 y 40 años frente a solo 45 mujeres solteras de edades similares.
Para la Corona francesa aquello suponía un problema estratégico.

Sin matrimonios y sin niños nacidos en la colonia, el territorio dependería permanentemente de nuevos inmigrantes procedentes de Francia. Y mientras tanto, las colonias inglesas de Norteamérica crecían a mayor velocidad.
Luis XIV decidió intervenir.
El rey paga el viaje
La administración real organizó entonces la llegada de mujeres francesas en edad de contraer matrimonio.
La Corona se hacía cargo de los gastos de la travesía y del establecimiento de las jóvenes, además de proporcionarles ropa y otros elementos necesarios para comenzar una nueva vida. Algunas recibieron asimismo una dote real de al menos 50 libras para facilitar su matrimonio.
De ahí surgió su peculiar denominación.
Eran las Filles du Roy porque estaban bajo el patrocinio económico del rey, no porque tuvieran ningún parentesco con Luis XIV.
De hecho, Parks Canada señala que la expresión servía para distinguir a estas mujeres cuya emigración estaba promovida por la administración real de aquellas que decidían marcharse a América por iniciativa propia.
¿Quiénes eran realmente?
La imagen romántica de cientos de jóvenes de buena familia enviadas a América no se corresponde con la realidad.
La mayoría procedía de entornos modestos y muchas eran huérfanas. Una parte importante fue seleccionada entre instituciones asistenciales francesas.
El Répertoire du patrimoine culturel du Québec calcula que aproximadamente un tercio procedía de las huérfanas de la Salpêtrière de París, mientras otras fueron reclutadas en orfanatos, conventos e instituciones caritativas del noroeste de Francia.
Eso convertía la propuesta de emigrar en una oportunidad extraordinaria, aunque arriesgada.
Una joven sin patrimonio ni una familia capaz de proporcionarle una dote podía tener pocas perspectivas en la Francia del siglo XVII. América ofrecía la posibilidad de empezar de nuevo, aunque significara atravesar el Atlántico y establecerse en un territorio situado a miles de kilómetros de casa.
No eran necesariamente niñas
Otro de los equívocos procede de la propia palabra filles, que puede llevar a imaginar que se trataba fundamentalmente de niñas.
No era así.
Las fuentes oficiales canadienses sitúan la edad media alrededor de los 24 años. Eran fundamentalmente mujeres jóvenes en edad de formar una familia.
Por tanto, denominarlas simplemente «niñas enviadas por el rey» ofrece una imagen bastante distorsionada de aquel movimiento migratorio.
Una selección pensada para sobrevivir en América
El traslado no consistía únicamente en encontrar mujeres dispuestas a embarcar.
Las autoridades buscaban personas capaces de adaptarse a las durísimas condiciones de Nueva Francia.
El Museo Canadiense de Historia explica que los reclutadores de la Corona acudían a determinados grupos e instituciones para seleccionar candidatas y que posteriormente las autoridades coloniales intervenían en el proceso de aprobación.
Las mujeres recibían además un pequeño ajuar para comenzar su nueva vida.
Entre los objetos documentados aparecen prendas de vestir, medias, zapatos, guantes, peine, tijeras, agujas, alfileres, hilo y otros utensilios cotidianos.
Llegar, conocer pretendientes y elegir marido
Una vez desembarcaban en Nueva Francia comenzaba la segunda parte del programa: encontrar esposo.
Y ocurría con extraordinaria rapidez.
Según Parks Canada, el 80% de las Filles du Roy estaba casado apenas seis meses después de llegar al puerto de Quebec.
Los matrimonios permitieron formar centenares de nuevos hogares y aumentar rápidamente el número de niños nacidos en territorio americano.
Más de la mitad de aquellas mujeres terminó estableciéndose en los alrededores de Quebec, mientras las restantes se distribuyeron fundamentalmente entre Montreal y Trois-Rivières.
El experimento funcionó
Desde el punto de vista demográfico, la política de Luis XIV obtuvo el resultado buscado.
Parks Canada señala que diez años después de la llegada de estas mujeres la población francesa del valle del San Lorenzo casi se había triplicado. La colonia comenzaba por fin a depender de su propio crecimiento natural en lugar de necesitar constantemente nuevos colonos llegados de Europa.
Su importancia terminó siendo enorme.
Las aproximadamente 800 Filles du Roy representaron cerca de la mitad de las mujeres que se establecieron en Canadá durante el régimen francés.
Millones de descendientes
El resultado más sorprendente puede encontrarse tres siglos y medio después.
Aquellas mujeres tuvieron numerosos hijos y sus descendientes se multiplicaron durante generaciones. Parks Canada considera que su descendencia actual en Norteamérica probablemente se cuenta por millones.
Por eso las Filles du Roy ocupan hoy un lugar especialmente importante en la genealogía francocanadiense y, sobre todo, de Quebec.
Lo que comenzó en 1663 como una solución de Luis XIV a un problema bastante sencillo —demasiados hombres y demasiado pocas mujeres en su colonia americana— terminó convirtiendo a unas 800 mujeres anónimas, muchas de ellas pobres y huérfanas, en algunas de las grandes antepasadas de la población francófona de Canadá.