En España, la normativa sobre temperatura en el trabajo se divide según el tipo de entorno:
🏢 Trabajos en lugares cerrados
Según el Real Decreto 486/1997 (Disposición Anexo III):
- Trabajos sedentarios (oficinas, tareas administrativas): temperatura entre 17 °C y 27 °C C
- Trabajos ligeros (actividad manual ligera): entre 14 °C y 25 °C
Además, se deben mantener una humedad relativa entre el 30 % y el 70 %
También hay recomendaciones por estación:
- Verano: ideal entre 23 °C y 26 °C.
- Invierno: entre 20 °C y 24 °C
☀️ Trabajos al aire libre
No hay umbrales específicos de temperatura absoluta. Pero con el Real Decreto-ley 4/2023 y el RD 486/1997, se obliga a:
- Evaluación de riesgos frente a condiciones climáticas extremas (olas de calor, exposición prolongada al sol, etc.)
- En avisos oficiales de nivel naranja o rojo (AEMET), las empresas deben adaptar o suspender la jornada: cambiar horarios, hacer pausas, reducir exposición, etc. Si persiste el peligro, se puede reducir o modificar la jornada
- El/la trabajador/a puede interrumpir la actividad si hay riesgo grave e inminente
- En caso de incumplimiento, la Inspección de Trabajo puede sancionar hasta casi un millón de euros
✅ Resumen claro
| Entorno | Temperatura requerida |
|---|---|
| Cerrado – sedentario | 17 °C a 27 °C |
| Cerrado – ligero | 14 °C a 25 °C |
| Aire libre | No hay límite fijo; obligación de proteger frente a calor extremo (evaluación, pausas, cambios, suspensión) si hay avisos AEMET |
¿Qué puedes hacer?
Si el empleador no actúa, puedes documentar la situación, contactar con tu delegado de prevención o con la Inspección de Trabajo.“Calor, sudor y descuentos: Crónica de una combustión espontánea en el pasillo de los yogures”
Si trabajas en interior, exige que se cumpla el rango correspondiente.
Si trabajas afuera, el empresario debe proteger tu salud ante avisos de calor (nivel naranja/rojo). Tienes derecho a pausas, horarios adaptados, agua, sombra o incluso teletrabajo o suspensión sin pérdida retributiva
Introducción: el verano y tú, una historia de amor (tóxica)
España, julio. Treinta y ocho grados a la sombra. La piel se te pega al uniforme, el aire acondicionado es una leyenda urbana y tú estás ahí, sudando como un pollo al horno mientras repones tomates cherry en el supermercado. Porque, claro, ¿quién no quiere cerezas frescas cuando el aire huele a betún derretido?
Trabajar en verano no es solo una experiencia laboral, es una experiencia espiritual. Si sobrevives a una jornada de ocho horas sin evaporarte, deberías recibir una medalla, o al menos un ventilador de esos que echan agua, pero sin agua. Porque eso también se estropeó.
El aire acondicionado: ese lujo soviético
Dicen que la temperatura legal en interiores debe estar entre 17 y 27 °C. Dicen. Porque en tu supermercado, el aire acondicionado lleva en huelga desde las elecciones del 2019. A veces suena, como si quisiera funcionar. Pero es un espejismo. Al final, tú eres quien ventila el local cada vez que pasas corriendo por los pasillos con el carrito lleno de sandías.
Hay secciones donde el calor es tan denso que podrías cortar una loncha de él con la misma cuchilla con la que abres cajas. Especial mención al pasillo de los congelados, ese oasis polar que visitas cada dos horas “porque hay que revisar el stock”. Tú y tu dignidad derretida.
Clientes en modo verano extremo
Ah, los clientes. Benditos sean. Llegan acalorados, de mal humor, y quieren saber por qué el yogur de mango sin lactosa está un céntimo más caro que ayer. Te interrogan con el rigor de un fiscal anticorrupción, mientras tú intentas no morir deshidratado.
Algunos incluso vienen en bañador, con la misma frescura con la que tú sueñas desde tu última ducha hace 14 horas. Ellos se quejan del calor mientras tú —camiseta de poliéster incluida— llevas un microclima subtropical entre las axilas.
“Sal a tomar el aire”, dijeron. “Es solo verano”, dijeron.
Tus superiores, siempre atentos, te sugieren que te tomes cinco minutos para beber agua. Claro, agua tibia de la garrafa comunitaria. Porque el dispensador se rompió y “no hay presupuesto”. Qué romántico. Un trago caliente bajo un sol de justicia. Te falta una capa para ser un caballero templario.
Y luego están los turnos partidos. Ese invento del diablo. Sales a las dos de la tarde, con la ilusión de un condenado a cadena perpetua que ve la luz. Vuelves a las cinco, derretido como un helado de turrón y con las zapatillas adheridas al asfalto. España es un horno y tú eres el pan.
Final feliz… si no te da un golpe de calor
Pero no te quejes, que tienes trabajo. Eso te dice tu tía, mientras se abanica en la playa de Gandía con un mojito en la mano. Tú, en cambio, tienes la sección de panadería, que alcanza los 42 °C y aún así “no está lo bastante crujiente”.
Al final del día, sueñas con aire acondicionado, con un jefe que no diga “esto es lo que hay” y con un verano donde trabajar no sea sinónimo de derretirse en silencio.
Hasta entonces, respira hondo, sonríe al cliente y vuelve a colocar los yogures. Que aún te quedan seis horas y la nevera… sigue cerrada.