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Junts declara la guerra legislativa al Gobierno de Sánchez mientras flirtea con la ultraderecha catalanista
En un jueves que pasará a los anales del parlamentarismo por lo que tiene de teatrillo barroco y estrategia de supervivencia, Junts per Catalunya decidió —con solemnidad y todo— anunciar el bloqueo total de la legislatura. Sí, lo dijeron con cara seria, como si estuvieran anunciando el cierre definitivo de Canal 9. La portavoz Miriam Nogueras se puso delante de los micrófonos y soltó la bomba: votarán en contra de todas las leyes del Gobierno, con contadas excepciones, como la ley de movilidad sostenible (porque claro, no se puede ir en patinete por Bruselas sin una regulación adecuada).
Mientras tanto, Pedro Sánchez parece estar en una dimensión paralela, reuniéndose con el sultán de Omán como si lo de Junts fuera un pequeño accidente doméstico, tipo “se ha roto la lavadora” y no el equivalente político a que te revienten la caldera.
Pero empecemos desde el principio. O al menos, intentémoslo.
Una legislatura herida de muerte (pero nadie quiere certificarla)
El bloqueo anunciado por Junts no es un simple enfado de niños malcriados del Parlament. Es una ruptura total con el Gobierno que les concedió todo: amnistía, investigaciones sobre el 17A y hasta el intento de colar el catalán en las instituciones europeas. ¿Y cómo lo agradecen? Cortándole el paso a cualquier ley que se intente aprobar en el Congreso.
¿Las consecuencias? Previsibles: sin presupuestos, sin pactos, sin capacidad real de gobernar más allá del BOE administrativo. ¿Gobernar así? Bueno, resistir es gobernar… o eso decía el manual de autoayuda política de Pedro Sánchez.
Claro que el problema no es solo para el PSOE. También afecta al resto de formaciones progresistas que sostenían la legislatura. Un acuerdo de equilibrios imposibles que ahora se tambalea como si fuera la falla más mal plantada del mes de marzo.
El giro de Junts: de la burguesía a la barricada
La gran pregunta es: ¿por qué ahora? ¿Por qué Junts se autoinmola en plena legislatura si tenían poder y foco mediático?
La respuesta, como casi siempre, es electoral. La amenaza creciente de Aliança Catalana, ese nuevo juguete político de la ultraderecha independentista, ha encendido todas las alarmas en Waterloo. Porque sí, Carles Puigdemont no vive en Girona ni en Barcelona. Vive en un limbo belga con nombre de estación de tren y sabor a exilio autoprovocado.
Y desde allí dirige los movimientos de Junts como si estuviera jugando una partida de ajedrez… solo que sin fichas blancas, porque lo suyo ahora es todo o nada.
El auge de Aliança Catalana ha empujado a Junts a endurecer su discurso. Han empezado a hablar de inmigración como si estuvieran leyendo panfletos de Vox con acento del Bages. Y se han distanciado del Gobierno para parecer “auténticos”. Porque, ya se sabe, cuando la copia compite con el original fascista, el votante suele quedarse con el de toda la vida.
El PP, encantado de ver cómo el adversario se autodestruye
Desde el banco de la derecha, Alberto Núñez Feijóo no ocultaba su satisfacción. “Parece que esto va en serio”, dijo relamiéndose, como quien ve que su enemigo se resbala solo sin necesidad de empujarle.
Después de la espantada de Carlos Mazón —el presidente de la Generalitat Valenciana que dimitió a tiempo para no tener que dar explicaciones sobre el caos sanitario en la Comunidad—, Feijóo necesitaba una buena noticia. Y Junts se la ha servido en bandeja.
Ahora, el PP espera que Sánchez no aguante mucho más y que la debilidad parlamentaria lo lleve a una situación insostenible. Aunque eso, por ahora, parece un deseo más que una predicción fundamentada.
¿Y Pedro Sánchez? A lo suyo, que no es poco
En medio de este seísmo institucional, Pedro Sánchez mantiene su pose de presidente imperturbable. Su equipo asegura que la legislatura sigue viva, que “el Gobierno va a seguir haciendo cosas” (literalmente eso dijeron). Y no, no especificaron cuáles.
Mientras en el Congreso se cuece la parálisis más absoluta, él se reúne con mandatarios internacionales y sonríe para las fotos como si no tuviera al socio más imprevisible del mundo lanzándole cuchillos desde el extranjero.
Todo esto recuerda un poco a ese tipo que sigue cenando en un restaurante mientras arde la cocina. “Tranquilos, que no llega hasta aquí el fuego”, parece pensar Sánchez.
¿El principio del fin… o solo otro órdago de Junts?
Hay una teoría circulando por los pasillos del Congreso: que lo de Junts no es más que otro farol, otro numerito táctico para ganar tiempo y votos. Que cuando llegue el momento clave, recularán y aprobarán alguna ley. Pero cada vez son menos los que creen en eso.
Por ahora, Junts dice que no habrá presupuestos, lo que deja al Gobierno en modo “administrar lo que hay” hasta que alguien tire del cable.
La pregunta es: ¿tirará alguien? Porque incluso con la legislatura bloqueada, el miedo a que llegue el tándem Feijóo–Abascal a Moncloa hace que muchos en la izquierda prefieran seguir con este zombi político antes que arriesgarse a una repetición electoral.
El empresariado catalán, desconcertado: ¿dónde quedó el nacionalismo sensato?
Entre tanto postureo de Waterloo, hay un sector que empieza a mostrar signos de preocupación: el empresariado catalán, ese que durante décadas apoyó a Convergencia porque era un partido de orden, conservador pero previsible, más amigo del IBEX que de la CUP.
Ahora miran a Junts con la misma desconfianza con la que un CEO mira una auditoría de Hacienda. Ven que han dejado de representar sus intereses económicos y han abrazado una especie de populismo independentista muy alejado del legado de Jordi Pujol (sí, con todos sus escándalos, pero que al menos sabía contar votos y balances).
Para ellos, Junts ha dejado de ser útil. Pero tampoco tienen una alternativa clara. Y eso los pone nerviosos.
¿Una moción de censura? Ni por asomo
Aunque algunos sueñen con una moción de censura que acabe con el gobierno de Sánchez, de momento Puigdemont no está por la labor. Quizá más adelante, cuando vea que no remonta en las encuestas. O si le interesa para provocar una repetición electoral que le permita reconfigurar alianzas.
Pero ahora mismo, lo que quiere es ruido, visibilidad, y parecer el más duro del patio. Aunque eso signifique dinamitar los pocos puentes que quedaban con el PSOE.
Mientras tanto, la legislatura sigue… viva. O eso nos dicen. Aunque cada vez se parece más a ese pez que salta fuera del agua esperando que alguien lo devuelva al estanque.
¿Y ahora qué?
Pues eso: resistir. Gestionar la nada. Publicar decretos sin apoyos. Convocar ruedas de prensa para anunciar reformas que no se podrán aplicar. Y, si hay suerte, lograr que una o dos leyes pasen de milagro por el Congreso, si algún grupo se abstiene por aburrimiento o por error.
Lo cierto es que la política española vuelve a entrar en modo parálisis crónica, ese que tanto conocemos y que tanto se estira en los cafés políticos de Madrid y en los titulares de la prensa.
¿Habrá elecciones anticipadas? ¿Junts se arrepentirá? ¿Pedro Sánchez resistirá? ¿Y qué hará Yolanda Díaz además de reconfigurar Sumar cada tres meses?
La partida está abierta. Pero el tablero, por ahora, parece patas arriba.