23 de agosto de 2026
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¿Se acaba el topless? Las jóvenes se tapan más el pecho mientras el bikini tanga conquista las playas

El topless, durante décadas una imagen habitual del verano español, parece perder terreno entre las generaciones más jóvenes. La presión por tener un cuerpo perfecto, el miedo a acabar fotografiada en las redes sociales y una mayor preocupación por la imagen pública aparecen entre las posibles explicaciones. La paradoja llega este mismo verano: mientras se cubre más el pecho, el bikini tanga gana presencia en las playas.

Durante décadas fue una imagen completamente habitual en las playas españolas. Mujeres de prácticamente todas las edades tomando el sol sin la parte superior del bikini, sin que la escena despertara demasiada atención.

Algo parece estar cambiando.

El topless pierde presencia entre las generaciones más jóvenes y el fenómeno ha abierto un debate sobre las razones por las que muchas mujeres que han crecido en una sociedad aparentemente más abierta respecto al cuerpo prefieren ahora cubrirse.

¿Estamos ante el principio del fin del topless?

La respuesta no es sencilla. No existen estadísticas oficiales suficientemente amplias que permitan certificar su desaparición, pero diferentes encuestas y testimonios recogidos durante los últimos años apuntan en la misma dirección: las mujeres jóvenes parecen practicarlo menos que las generaciones anteriores.

Del topless de los 80 y 90 a la generación del móvil

Radio Nacional de España ha abordado esta semana el fenómeno con Soledad Murillo, socióloga y experta en políticas de Igualdad.

Murillo relaciona la menor presencia del topless con un cambio profundo en la relación que mantenemos con nuestro propio cuerpo.

Los jóvenes viven, según explica, sometidos a una exposición de su imagen prácticamente permanente.

Instagram, TikTok y el resto de redes sociales han convertido el aspecto físico en una especie de escaparate continuo.

A ello se añade la presión de los nuevos cánones de belleza.

Gimnasio, dietas, depilación, bronceado, operaciones estéticas y fotografías cuidadosamente seleccionadas forman parte de una cultura en la que el cuerpo se observa, compara y evalúa constantemente.

La socióloga resume esta situación mediante una idea especialmente gráfica: antes de mostrar el cuerpo, muchas personas sienten que tienen que aprobar previamente su propio examen.

El miedo a aparecer en Internet

Pero hay algo que diferencia radicalmente una playa de 1985 de una de 2026.

Todo el mundo lleva una cámara encima.

Un teléfono móvil situado a pocos metros puede fotografiar o grabar a cualquier persona sin que esta llegue siquiera a darse cuenta.

Y esas imágenes pueden terminar posteriormente en redes sociales, grupos de mensajería o páginas de Internet.

Ese riesgo prácticamente no existía cuando el topless comenzó a normalizarse masivamente en las playas españolas durante las últimas décadas del siglo XX.

Actualmente una mujer puede aceptar mostrarse en topless ante las personas que se encuentran físicamente en una playa y, al mismo tiempo, rechazar completamente que una fotografía de ese momento quede almacenada o circule indefinidamente por Internet.

Esa diferencia entre estar desnuda y quedar registrada digitalmente introduce un elemento completamente nuevo.

El 37% de las españolas dice practicarlo a menudo

Cuantificar el fenómeno resulta complicado.

No existe actualmente una estadística oficial periódica que mida cuántas mujeres hacen topless cada verano en España.

Una encuesta realizada por YouGov en 2025 señalaba que alrededor del 37% de las españolas afirmaba practicarlo a menudo.

Como referencia, un estudio de Ifop de 2017 había situado a España alrededor del 49%.

Las cifras no pueden compararse directamente como si pertenecieran a una misma serie estadística, porque proceden de estudios diferentes y con metodologías distintas.

Sin embargo, otros sondeos realizados en los últimos años también apuntan hacia una diferencia generacional: las mujeres de alrededor de 40 años o más mantienen con mayor frecuencia una práctica que parece atraer menos a las más jóvenes.

¿Una generación más puritana?

La explicación aparentemente más sencilla sería pensar que los jóvenes se han vuelto más conservadores respecto a la desnudez.

Soledad Murillo rechaza que esa sea necesariamente la explicación.

No se trataría tanto de pudor como de control sobre la imagen que se proyecta hacia los demás.

Y la playa representa precisamente uno de los lugares donde resulta más complicado controlar esa imagen.

No existen filtros.

No se puede repetir una fotografía veinte veces hasta encontrar la adecuada.

No hay posibilidad de seleccionar únicamente el ángulo favorable.

El cuerpo queda expuesto tal y como es.

Esta circunstancia adquiere especial relevancia para generaciones acostumbradas desde adolescentes a construir cuidadosamente su identidad digital.

La presión del cuerpo perfecto

Otro elemento aparece repetidamente entre las mujeres consultadas sobre esta cuestión: la inseguridad corporal.

El ideal físico femenino continúa teniendo un enorme peso.

Aunque las campañas publicitarias incorporen cada vez mayor diversidad corporal, las redes sociales ofrecen simultáneamente millones de imágenes de cuerpos sometidos a entrenamiento, dietas, retoques digitales y cirugía estética.

El resultado puede parecer contradictorio.

Una sociedad que habla más que nunca de aceptación corporal convive con una extraordinaria presión por alcanzar determinados estándares físicos.

Para algunas mujeres, quitarse la parte superior del bikini supone aumentar todavía más esa sensación de estar siendo evaluadas.

La paradoja del verano de 2026: menos pecho y más glúteos

Y aquí aparece uno de los aspectos más curiosos de esta transformación.

Mientras diferentes observadores detectan una menor presencia del topless, el bikini tanga está viviendo uno de sus momentos de mayor popularidad.

Los datos comerciales recopilados por la plataforma especializada Edited muestran que los bikinis de este tipo se han consolidado como una de las tendencias de la temporada primavera-verano de 2026.

En España, las novedades comercializadas han experimentado un crecimiento interanual de aproximadamente el 18%.

El fenómeno es todavía mayor en otros países europeos: un 33% en Francia y Alemania y hasta un 37% en Reino Unido.

Es decir, algunas mujeres jóvenes parecen estar cubriendo más una parte del cuerpo mientras descubren mucho más otra.

Esto dificulta explicar la caída del topless exclusivamente mediante un supuesto regreso del pudor.

De la liberación a la elección

El topless tuvo además un significado particular para generaciones anteriores.

En la España de la Transición y las décadas posteriores, la normalización de la desnudez estuvo asociada también a la ruptura con décadas de restricciones morales y censura.

Mostrar el cuerpo podía convertirse en una manifestación de libertad individual.

Soledad Murillo continúa reivindicando precisamente el topless como un indicador de libertad.

Para una joven nacida en el siglo XXI, sin embargo, quitarse la parte superior del bikini ya no necesariamente posee aquella carga simbólica.

Puede simplemente elegir no hacerlo.

La transformación, por tanto, quizá no consista únicamente en que desaparezca el topless.

Puede estar cambiando la propia manera de entender la exposición del cuerpo.

¿Desaparecerá el topless de las playas españolas?

Probablemente no.

España continúa siendo uno de los países europeos donde la desnudez en las playas está más normalizada y millones de mujeres continúan practicando topless.

Pero la fotografía generacional resulta llamativa.

Quienes vivieron la expansión de esta práctica durante los años 80, 90 y primeros 2000 parecen conservarla con mayor naturalidad, mientras una parte de las generaciones nacidas en plena era digital se muestra más cautelosa.

No necesariamente porque tengan más miedo a enseñar el cuerpo.

Quizá porque saben que enseñarlo durante dos horas en una playa ya no significa que esa imagen vaya a permanecer solamente durante esas dos horas.

En una época en la que prácticamente cualquier persona lleva una cámara en el bolsillo, la libertad de mostrar el cuerpo comienza a convivir con otra reivindicación igualmente importante: la libertad de decidir quién puede conservar su imagen y dónde puede terminar publicada.

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