15 de junio de 2026
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Steven Spielberg y los marcianos: 50 años preparando a la humanidad para mirar al cielo

La obsesión extraterrestre de Spielberg: de la fascinación infantil a la revelación final

Steven Spielberg no ha hecho simplemente películas de extraterrestres. Durante casi medio siglo ha construido una de las mitologías audiovisuales más poderosas del cine moderno: la idea de que no estamos solos, de que algo nos observa desde fuera y de que, cuando llegue el contacto, la humanidad tendrá que decidir si responde con miedo, con violencia o con asombro.

Desde Encuentros en la tercera fase hasta E.T., desde La guerra de los mundos hasta Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, y ahora con El día de la revelación, Spielberg ha vuelto una y otra vez al mismo punto de partida: una luz en el cielo, una presencia imposible, una criatura que no pertenece a nuestro mundo y una pregunta que atraviesa generaciones enteras.

¿Estamos solos?

Pero lo verdaderamente interesante no es solo que Spielberg haya repetido el tema alienígena. Lo inquietante es cómo lo ha repetido. Sus extraterrestres cambian de forma, de tono y de intención, pero casi siempre conservan algo reconocible: cuerpos delgados, cabezas grandes, ojos enormes, una inteligencia silenciosa y una presencia que parece venir de un lugar más antiguo que la propia humanidad.

No son simples monstruos. No son solo invasores. Son mensajeros, espejos, advertencias y, a veces, figuras casi religiosas.

Por eso, cuando El día de la revelación vuelve a colocar a Spielberg frente al fenómeno OVNI, la pregunta es inevitable: ¿es solo otra película de ciencia ficción o estamos ante la culminación de una obsesión que lleva preparándose desde 1977?

Encuentros en la tercera fase: cuando los extraterrestres no venían a destruirnos

En 1977, Spielberg estrenó Encuentros en la tercera fase y cambió para siempre la forma en que el cine miraba a los OVNIs.

Hasta entonces, buena parte del cine de invasiones había presentado al extraterrestre como una amenaza. Venían del espacio para conquistar, destruir, experimentar o sustituirnos. Spielberg hizo algo diferente: convirtió el contacto en una experiencia de asombro.

Los alienígenas de Encuentros en la tercera fase no llegan como ejército. Llegan como misterio. Antes de verlos, la película nos muestra luces, sonidos, señales, obsesiones, dibujos, sueños y personas que sienten que algo les llama desde lo desconocido.

El extraterrestre no aparece primero como cuerpo. Aparece como mensaje.

Esa es una de las claves de Spielberg: para él, lo alienígena no es únicamente una criatura. Es una experiencia emocional. Es una llamada interior. Es la sensación de que el mundo cotidiano se rompe y deja pasar algo inmenso.

Cuando finalmente aparecen los seres, tienen rasgos que después se convertirían en iconografía OVNI pura: cuerpos pequeños, cabezas grandes, ojos negros, piel clara, movimientos suaves. No son exactamente los “grises” modernos tal como los imaginamos hoy, pero están muy cerca de ese arquetipo.

Lo importante es que no provocan terror absoluto. Provocan una mezcla de miedo, respeto y maravilla. En Spielberg, el primer gran contacto no es una guerra. Es una ceremonia.

La nave madre desciende casi como una catedral luminosa. La música sustituye al lenguaje. La humanidad no dispara: escucha. Y ahí está una de las ideas centrales de toda su obra extraterrestre: quizá el primer paso ante lo desconocido no sea atacar, sino aprender a interpretar.

E.T.: el marciano como niño perdido

Cinco años después, Spielberg hizo algo todavía más radical. En E.T. el extraterrestre, el visitante ya no era una presencia lejana en una nave gigantesca. Era una criatura vulnerable, abandonada, enferma, asustada y profundamente emocional.

E.T. no es un invasor. Es un niño perdido.

Su diseño no se parece exactamente al clásico “gris”. Tiene el cuello largo, la piel marrón y arrugada, ojos enormes y oscuros, manos delicadas, cuerpo torpe y una fragilidad casi anciana. Sin embargo, comparte con los otros extraterrestres de Spielberg un elemento esencial: la mirada.

Los ojos de E.T. no son ojos de monstruo. Son ojos de conciencia.

Spielberg entendió algo fundamental: para que el público aceptara a un ser de otro mundo, tenía que mirarlo a los ojos y encontrar en él una emoción reconocible. Por eso E.T. no necesita grandes discursos. Apenas habla. Pero cuando señala al cielo y quiere volver a casa, todo el mundo entiende lo que siente.

Aquí el extraterrestre ya no es una amenaza exterior. Es una criatura que obliga al ser humano a mostrar compasión.

Y esa es otra constante en Spielberg: los alienígenas sirven para medirnos moralmente. No importa solo quiénes son ellos. Importa quiénes somos nosotros cuando ellos aparecen.

En E.T., los adultos del gobierno llegan con trajes, tubos, plásticos y protocolos. Los niños, en cambio, responden con amistad. Spielberg contrapone así dos formas de mirar lo desconocido: la institucional, basada en el control; y la infantil, basada en el vínculo.

La pregunta ya no es solo si existen los extraterrestres. La pregunta es si merecemos encontrarlos.

La guerra de los mundos: cuando el cielo deja de ser una promesa

En 2005, Spielberg regresó al tema alienígena desde el lado opuesto. La guerra de los mundos no tiene la ternura de E.T. ni el misticismo de Encuentros en la tercera fase. Aquí el contacto es brutal, físico, apocalíptico.

Los extraterrestres no vienen a comunicarse. Vienen a ocupar.

La película, estrenada pocos años después del 11-S, está atravesada por una sensación de trauma colectivo. La amenaza aparece de pronto, desde debajo de la tierra, con máquinas gigantescas que arrasan ciudades, convierten a las personas en polvo y transforman el paisaje en una pesadilla roja.

Los alienígenas de La guerra de los mundos se ven poco, y eso es deliberado. Spielberg no necesita mostrarlos constantemente porque el verdadero rostro del terror son los trípodes. Esas máquinas enormes, con sus patas imposibles y su sonido aterrador, funcionan como una presencia divina invertida: no bajan del cielo para salvar, sino para exterminar.

Cuando los seres aparecen, son biológicos, inquietantes, con cuerpos de estructura reconocible pero extraña. Ya no hay dulzura. Ya no hay música como lenguaje universal. Ya no hay niño que entienda al visitante.

Aquí el mensaje es otro: si hay vida ahí fuera, no tiene por qué venir a iluminarnos.

Spielberg rompe así con su propia tradición. Después de haber imaginado el contacto como revelación y como amistad, lo convierte en invasión. Pero incluso en esta película sigue habiendo una idea profundamente spielbergiana: la humanidad no vence por fuerza militar ni por superioridad moral. Sobrevive por algo más humilde, casi accidental, ligado a la propia biología de la Tierra.

La salvación no viene de los gobiernos. No viene de los ejércitos. Viene del mundo natural.

Es como si Spielberg dijera: ante una inteligencia superior, nuestra mayor defensa quizá no sea la tecnología, sino el propio planeta que habitamos.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal: los dioses eran interdimensionales

En 2008, Spielberg llevó el tema a un territorio extraño: Indiana Jones.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal fue polémica precisamente porque introdujo seres interdimensionales en una saga que hasta entonces había jugado con reliquias bíblicas, piedras sagradas y mitología histórica.

Pero, vista dentro de la obsesión alienígena de Spielberg, la película encaja mejor de lo que parece.

Aquí los “marcianos” no son llamados exactamente extraterrestres. La película insiste en la idea de seres interdimensionales, entidades procedentes de otro plano de realidad. Pero visualmente, el parentesco con el imaginario OVNI es evidente: cráneos alargados, cuerpos delgados, ojos oscuros, una inteligencia superior y una conexión con civilizaciones antiguas.

La idea central es muy poderosa: lo que las culturas antiguas interpretaron como dioses quizá fueran visitantes de otra dimensión.

Eso conecta directamente con una de las grandes teorías populares del fenómeno OVNI: la hipótesis de los antiguos astronautas. Según esa visión, muchas leyendas, templos, símbolos y mitos podrían ser recuerdos deformados de contactos con inteligencias no humanas.

Spielberg no desarrolla esta idea como documental, sino como aventura pulp. Pero la semilla está ahí. El ser interdimensional de La calavera de cristal no aparece como un simple monstruo. Es una entidad asociada al conocimiento absoluto, al castigo por querer saber demasiado y a una tecnología que parece indistinguible de la magia.

La escena final, con las calaveras reuniéndose y la entidad manifestándose, funciona casi como una revelación prohibida. No estamos ante un alienígena simpático ni ante un invasor. Estamos ante una inteligencia que supera el marco humano.

En ese sentido, Indiana Jones aporta una pieza clave a la evolución extraterrestre de Spielberg: la idea de que el contacto no sería solo científico, sino arqueológico, religioso y filosófico.

No vendrían simplemente del espacio. Podrían haber estado aquí desde el principio.

El día de la revelación: ¿la culminación de medio siglo de señales?

Con El día de la revelación, Spielberg vuelve al centro de su gran obsesión: el momento en que la humanidad descubre, de manera pública e irreversible, que no está sola.

El propio título ya es una declaración de intenciones. No habla solo de contacto. Habla de revelación. Y esa palabra tiene una carga enorme. Revelar no es únicamente informar. Es levantar un velo. Es mostrar algo que ya estaba ahí, oculto, esperando el momento adecuado.

La película parece recoger muchas de las preguntas que Spielberg dejó sembradas durante décadas.

¿Qué ocurriría si el secreto terminara?

¿Qué pasaría si los gobiernos ya no pudieran ocultarlo?

¿Cómo reaccionaría la sociedad si la existencia extraterrestre dejara de ser rumor, conspiración o expediente clasificado?

Y, sobre todo: ¿tendríamos miedo?

Aquí entran en juego esas frases que están circulando alrededor de la película y que funcionan casi como mantras emocionales:

“Wow”.

“No tengáis miedo”.

“No pasa nada”.

“No pasa nada, todo está bien”.

“Escuchen…”.

Son frases sencillas, casi infantiles, pero precisamente por eso funcionan. No parecen el discurso solemne de un científico ni la rueda de prensa de un presidente. Parecen palabras dichas en el borde del abismo, cuando alguien intenta calmar a una multitud que está a punto de ver algo imposible.

“No tengáis miedo” es, quizá, la frase más spielbergiana de todas.

Porque toda su filmografía extraterrestre ha oscilado entre dos polos: el miedo y el asombro. Miedo a lo desconocido. Asombro ante lo desconocido. Spielberg sabe que ambas emociones nacen del mismo lugar. Vemos algo que no podemos comprender y el cuerpo no sabe si huir, rezar, llorar o acercarse.

“Wow” representa el asombro puro. Es la reacción humana más básica ante lo imposible. No es una explicación. No es una teoría. Es una rendición emocional.

“No pasa nada, todo está bien” funciona casi como una frase maternal. No elimina el peligro, pero intenta contener el pánico. Es una frase de transición: la humanidad todavía no entiende lo que está viendo, pero alguien le pide que no reaccione desde el terror.

Y “Escuchen…” es todavía más importante. Porque Spielberg siempre ha dado valor a la escucha. En Encuentros en la tercera fase, el contacto empieza con sonidos. En E.T., la comunicación va más allá de las palabras. En El día de la revelación, ese “escuchen” puede interpretarse como una orden narrativa: dejad de gritar, dejad de correr, dejad de negar, porque algo quiere comunicarse.

¿Por qué se parecen tanto los extraterrestres de Spielberg?

Una de las grandes preguntas es por qué muchos de los alienígenas de Spielberg parecen variaciones de una misma imagen.

No todos son iguales. E.T. es claramente distinto. Los invasores de La guerra de los mundos pertenecen a otra línea visual. El ser de Indiana Jones tiene un componente esquelético e interdimensional. Pero hay un patrón que se repite una y otra vez: cabezas grandes, cuerpos delgados, ojos enormes, fragilidad física y superioridad mental.

Ese patrón no nace solo de Spielberg. Forma parte de la iconografía OVNI moderna, especialmente del arquetipo del “gris”: seres de baja estatura o cuerpo fino, piel grisácea, ojos negros almendrados, cráneo desarrollado y expresión enigmática.

Lo interesante es que Spielberg no utiliza ese diseño solo porque sea popular. Lo convierte en lenguaje emocional.

La cabeza grande sugiere inteligencia.

Los ojos enormes sugieren conciencia.

El cuerpo delgado sugiere fragilidad.

La boca pequeña sugiere silencio.

La ausencia de rasgos agresivos sugiere ambigüedad.

No parecen criaturas hechas para luchar. Parecen criaturas hechas para mirar, observar, pensar o comunicarse de otra manera.

Incluso cuando dan miedo, no suelen dar miedo por brutalidad física, sino por lo que representan: una inteligencia que nos supera.

El extraterrestre de Spielberg rara vez es un monstruo clásico. Es una pregunta con cuerpo.

¿Nos están preparando?

Esta es la gran cuestión que siempre aparece cuando se habla de Spielberg y los OVNIs.

¿Nos está preparando Hollywood para una revelación real?

La respuesta prudente es que no hay pruebas de que Spielberg esté participando en una preparación oficial de la humanidad. No se puede afirmar seriamente que sus películas formen parte de un plan gubernamental para acostumbrarnos a los extraterrestres.

Pero hay otra respuesta más interesante: quizá el cine sí nos prepara, aunque no exista un plan.

Nos prepara culturalmente.

Nos da imágenes para imaginar lo inimaginable. Nos ofrece escenas, sonidos, rostros y emociones para procesar algo que, de ocurrir realmente, sería demasiado grande para comprender de golpe.

Antes de ver una nave real, millones de personas ya han visto naves en el cine.

Antes de escuchar una posible confirmación oficial, millones de personas ya han ensayado mentalmente esa escena frente a una pantalla.

Antes de que alguien diga “no estamos solos”, Spielberg lleva casi cincuenta años haciendo que el público se pregunte cómo se sentiría al escucharlo.

En ese sentido, sí: Spielberg nos ha preparado. No necesariamente como parte de una conspiración, sino como narrador. Ha educado nuestra imaginación.

Ha enseñado a varias generaciones que el contacto puede ser hermoso, aterrador, íntimo, político, religioso, científico o traumático. Ha convertido el fenómeno extraterrestre en una experiencia emocional compartida.

Y eso tiene una importancia enorme.

Porque si algún día la revelación llegara de verdad, no partiríamos de cero. Llegaríamos con una memoria visual construida por el cine.

Spielberg, los gobiernos y el secreto

Otra constante del cine extraterrestre de Spielberg es la tensión entre la gente corriente y las instituciones.

En Encuentros en la tercera fase, el gobierno sabe más de lo que dice.

En E.T., los agentes científicos aparecen como una fuerza que quiere capturar y estudiar.

En La guerra de los mundos, las instituciones son incapaces de proteger a la población.

En Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, el conocimiento está ligado a secretos, archivos, experimentos y poder militar.

En El día de la revelación, el propio concepto parece apuntar al choque entre ocultación y verdad pública.

Spielberg no suele presentar al gobierno como un villano simple, pero sí como una estructura que controla la información. Y eso conecta con el debate real sobre los UAP, los archivos desclasificados, los testimonios militares y la creciente presión pública para saber qué se ha investigado realmente.

El cine de Spielberg funciona tan bien porque toca una sospecha muy extendida: si alguna vez hubo contacto, ¿nos lo contarían?

Y si nos lo contaran, ¿lo creeríamos?

La revelación no sería solo un problema científico. Sería un problema de confianza.

La revelación definitiva: ¿final de una etapa o comienzo de otra?

El día de la revelación puede verse como una culminación simbólica.

Primero, Spielberg imaginó el contacto como llamada: Encuentros en la tercera fase.

Después, como amistad: E.T.

Luego, como terror: La guerra de los mundos.

Más tarde, como secreto antiguo e interdimensional: Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal.

Ahora, lo plantea como revelación pública.

Es una evolución casi perfecta.

La pregunta ya no es si alguien ha visto luces en el cielo. La pregunta ya no es si un niño puede hacerse amigo de un extraterrestre. La pregunta ya no es si sobreviviríamos a una invasión. La pregunta ahora es qué ocurre cuando la verdad se vuelve imposible de ocultar.

Por eso El día de la revelación parece funcionar como la película que cierra el círculo.

No porque sea necesariamente la última palabra de Spielberg sobre los extraterrestres, sino porque reúne todas sus obsesiones: el asombro, el miedo, la infancia, el secreto, el gobierno, la comunicación, la mirada al cielo y la posibilidad de que la humanidad tenga que madurar de golpe.

La frase “no pasa nada, todo está bien” es especialmente inquietante porque, en realidad, si se confirmara la existencia de una inteligencia no humana, sí pasaría algo. Pasaría todo.

Cambiaría la ciencia.

Cambiaría la religión.

Cambiaría la política.

Cambiaría nuestra idea de la historia.

Cambiaría nuestra posición en el universo.

Pero Spielberg sabe que, justo en ese instante, lo primero que necesitaríamos no sería una explicación técnica. Necesitaríamos una frase sencilla para no rompernos por dentro.

“No tengáis miedo”.

Los marcianos de Spielberg no hablan de ellos: hablan de nosotros

Al final, la gran obsesión de Spielberg por los extraterrestres no trata solo de marcianos. Trata de la humanidad.

Cada una de sus películas alienígenas nos devuelve una imagen distinta de nosotros mismos.

En Encuentros en la tercera fase somos criaturas que buscan sentido.

En E.T. somos niños capaces de amar lo diferente.

En La guerra de los mundos somos una especie vulnerable, aterrorizada y frágil.

En Indiana Jones somos exploradores tentados por un conocimiento que quizá no podamos soportar.

En El día de la revelación somos una civilización al borde de una verdad que podría cambiarlo todo.

Spielberg ha pasado casi cincuenta años haciendo la misma pregunta con distintas formas:

¿Qué haríamos si el cielo respondiera?

Y quizá por eso sus extraterrestres se parecen tanto. No porque sean siempre los mismos, sino porque cumplen la misma función: obligarnos a mirar hacia arriba y, después, hacia dentro.

La verdadera revelación no sería descubrir que existen ellos.

La verdadera revelación sería descubrir quiénes somos nosotros cuando por fin aparezcan.

Porque puede que el primer contacto no empiece con una explosión, ni con una invasión, ni con un discurso oficial.

Puede que empiece con una mirada.

Con una criatura imposible frente a nosotros.

Con alguien susurrando:

“No tengáis miedo”.

Y con toda la humanidad, por primera vez en la historia, escuchando.

Esta página es muy interesante porque muestra una entrevista realizada a Steven Spielberg durante la promoción de Close Encounters of the Third Kind (Encuentros en la tercera fase) en 1977, y contiene varias declaraciones que encajan perfectamente con la tesis de tu artículo sobre su obsesión de medio siglo por los extraterrestres.

Hay varias frases especialmente reveladoras.

1. Spielberg ya creía en la posibilidad de los OVNIs en 1977

Cuando le preguntan si cree en los encuentros cercanos, responde:

“Creo en la posibilidad, en los 30 años de evidencias. No estoy convencido al cien por cien, y no he tenido ninguna experiencia directa, pero mi actitud siempre ha sido ‘pruébamelo’. Pero estoy más convencido ahora que hace tres años.”

Esto es fundamental porque demuestra que Spielberg no abordaba el tema únicamente como ciencia ficción. Estaba siguiendo el fenómeno OVNI real y reconocía que cada vez le resultaba más convincente.

2. Su intención era hacer que la gente pensara en los OVNIs

A la pregunta de si quería que el público se interesara por el fenómeno, responde:

“Sí; era consciente de que esta era una respuesta al misterio OVNI, de que los OVNIs son entidades extraterrestres y no simples proyecciones de la imaginación colectiva.”

Esta frase es potentísima.

En 1977 Spielberg ya estaba diciendo que, para él, la hipótesis extraterrestre era la explicación más probable.

3. Se documentó como un investigador

Cuenta que pasó meses estudiando el fenómeno:

  • Leyó revistas especializadas.
  • Revisó archivos de prensa.
  • Investigó testimonios históricos.
  • Habló con pilotos.
  • Habló con controladores aéreos.
  • Habló con militares.
  • Habló con personal relacionado con el Pentágono.

Esto desmonta la idea de que Encuentros en la tercera fase surgiera simplemente de la imaginación de un guionista.

Spielberg realizó una investigación considerable sobre el fenómeno OVNI.

4. El detalle más llamativo: los extraterrestres se parecían a los relatos reales

La parte más interesante para tu artículo es cuando le preguntan por qué los extraterrestres de la película se parecen tanto a los dibujos realizados por testigos.

Su respuesta:

“Mientras recopilaba descripciones de todo el mundo me di cuenta de que todos contaban prácticamente lo mismo.”

Y añade:

“Los vehículos, las esferas en el cielo y los extraterrestres se parecían a los que aparecen en la película.”

Esto es fascinante.

Porque casi cincuenta años antes de El día de la revelación, Spielberg ya estaba explicando que había diseñado sus extraterrestres basándose en testimonios reales de observadores de OVNIs.

Cómo encaja esto con tu artículo

Esta entrevista permite reforzar una idea muy potente:

Spielberg no inventó sus extraterrestres desde cero.

Según sus propias palabras:

  • Investigó el fenómeno durante años.
  • Consultó testigos reales.
  • Habló con militares y pilotos.
  • Estudió informes.
  • Utilizó esas descripciones para diseñar a los visitantes de Encuentros en la tercera fase.

Por eso resulta tan llamativo que el extraterrestre de El día de la revelación en 2026 siga recordando tanto al arquetipo clásico del “gris”.

La pregunta que podrías plantear en el artículo es:

¿Ha pasado Spielberg cincuenta años contando la misma historia?

Desde 1977 hasta 2026 encontramos el mismo patrón:

  • Cabezas grandes.
  • Ojos negros almendrados.
  • Cuerpos delgados.
  • Inteligencia superior.
  • Ausencia de agresividad física evidente.
  • Comunicación basada más en la emoción que en las palabras.

Y lo más sorprendente es que Spielberg afirmó ya en 1977 que ese diseño no surgía de su imaginación, sino de los testimonios que había recopilado durante su investigación.

Eso convierte El día de la revelación no solo en una nueva película de extraterrestres, sino en el posible capítulo final de una conversación que Spielberg comenzó hace casi medio siglo con Encuentros en la tercera fase.

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