Cuatro taxistas, Víctor, Blas, Álex y Toni, se encuentran en la cola del aeropuerto de Manises, comenzando un nuevo día de trabajo. El contraste con el caos del lunes es notable, un día en el que una interrupción eléctrica de 15Gb afectó a toda España, generando escenas insólitas. Uno de estos conductores recuerda cómo el día anterior la fila de personas que querían llegar a Valencia se extendía más allá de la rotonda del aeropuerto, a más de 200 metros de la entrada.
Un taxista que decidió permanecer en el anonimato relata cómo abandonó su jornada laboral a las 4 de la tarde debido al peligro que representaba la situación y la necesidad de prepararse para el retorno del suministro eléctrico. Algunos chóferes se vieron atrapados sin combustible, lo que les impidió buscar clientes en la ciudad.
Álex comenta que la gasolinera de la mutua en Vara de Quart, equipada con un generador, le permitió repostar sin problemas. No obstante, una vez que se difundió la noticia de que esta estación estaba operativa, las colas se hicieron interminables. Sus compañeros, que habían comenzado el día con el tanque lleno, no pudieron evitar las risas al escuchar la anécdota.
A partir del mediodía, el caos se apoderó de la situación. “La gente fue bastante cívica, haciendo cola de manera ordenada”, señala uno de los taxistas. Los semáforos fuera de servicio obligaron a los peatones y conductores a coordinarse de forma manual. Además, la incertidumbre tecnológica complicó los pagos, ya que en algunas zonas de Valencia no se podían realizar cobros electrónicos. Los taxistas se vieron obligados a estimar los precios de las carreras y cobrar en efectivo, ajustando los cambios manualmente.
Algunos pasajeros desesperados ofrecieron pagar mediante Bizum, una opción que requería confianza en la palabra del cliente, ya que no había garantía de que el pago se realizara posteriormente. A pesar de las dificultades, algunos taxistas percibieron propinas inesperadas que compensaron las carreras perdidas.
Este martes, los taxistas han sido más flexibles con las normativas, especialmente en lo referente al transporte de menores. “Hice la vista gorda… ¡y al final no me dieron propina!”, bromea uno de los conductores, lo que genera otro estallido de risas entre sus compañeros.
Son poco más de las 7 de la mañana en el aeropuerto de Manises. La cola de taxis está en calma una vez más. Un conductor limpia el parabrisas de su vehículo mientras otro sugiere tomar un café, dirigiéndose así hacia el interior de la terminal.