Valencia ya está en Fallas. Desde lo alto de las Torres de Serranos, Carmen Prades y Marta Mercader encendieron oficialmente la cuenta atrás de los días grandes con un mensaje claro: la fiesta es una forma de vivir y de entender la ciudad.
La Crida 2026 volvió a reunir a miles de personas frente al antiguo cauce del Turia en una noche que combinó solemnidad, emoción y un potente despliegue escénico.
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Las llaves que simbolizan una ciudad abierta
El momento central llegó cuando la alcaldesa entregó las llaves de la ciudad a las Falleras Mayores. Con ese gesto simbólico, Valencia se declaró abierta a todos aquellos que quieran compartir su fiesta.
Lejos de limitarse a fórmulas repetidas, el discurso giró en torno a la idea de pertenencia: la ciudad como hogar común, como espacio que acoge sin preguntar de dónde vienes, siempre que respetes la tradición.
La metáfora de las puertas abiertas marcó el tono de la noche: la Valencia medieval que un día cerraba sus murallas hoy las abre para invitar al mundo.


































Una ciudad que se reconoce en su fiesta
El mensaje no fue solo institucional. Fue emocional.
Se habló de coraje, de resiliencia y de orgullo colectivo. De una ciudad que sabe levantarse y que encuentra en las Fallas su mayor expresión cultural. La fiesta apareció como un vínculo entre generaciones, un lenguaje compartido que une a abuelos, padres, hijos y nietos en el casal.
No hubo grandes estridencias. Hubo convicción.
La voz infantil que mira al futuro
Marta Mercader aportó frescura y claridad. Su intervención puso el foco en la esperanza y en el deseo de que la pólvora sea siempre celebración y que la música marque el ritmo de la convivencia.
Reivindicó el casal como refugio emocional y recordó que la fiesta no es solo espectáculo, sino comunidad.
Su discurso confirmó la evolución respecto a actos anteriores: seguridad, serenidad y emoción bien medida.
Artistas, música y pólvora: el alma de la fiesta
La Crida también fue un homenaje a quienes construyen la fiesta desde dentro:
- Los artistas falleros que convierten la ciudad en galería al aire libre.
- Las bandas que llenan cada rincón de pasodobles.
- Los indumentaristas que mantienen viva la tradición textil.
- Las comisiones que sostienen el tejido social durante todo el año.
Valencia se definió como un museo vivo, una caja de resonancia cultural que late con más fuerza en marzo.
Espectáculo, himnos y fuego final
Tras los parlamentos, sonó el Himno Regional y el Himno de España. El cielo se iluminó con un castillo disparado desde el entorno del Puente de Serranos, cerrando una noche visualmente potente y pensada también para la retransmisión televisiva.
Hubo debate entre los más puristas por la versión musical elegida, pero el acto se desarrolló con normalidad y sin incidentes.
El inicio real de los días grandes
La Crida no es un simple trámite institucional. Es el momento en que Valencia se reconoce públicamente como capital mundial de la pólvora y el arte efímero.
A partir de esta noche, la ciudad cambia de ritmo.
Las comisiones ultiman detalles.
Los talleres trabajan a contrarreloj.
Las calles comienzan a transformarse.
Y desde las murallas que un día defendieron la ciudad, Valencia volvió a anunciar que la fiesta ya está en marcha.