7 de julio de 2014
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Vivir las playas en los años 30. Posado junto a la orilla del recuerdo

Las playas de Valencia tuvieron su esplendor a principios del siglo XX, más allá de Joaquín Sorolla que las inmortalizó. El camino del Grao asomaba a la misma entrada del puerto. Una línea urbana considerable dejaba al descubierto el Grau, al centro; el Canyamelar, el Cabañal, el Cap de França y la Malvarrosa, al norte; Natzaret y Pinedo, al sur.

Playa de Nazaret. Años 30

Playa de Nazaret. Años 30. A. P. R. S.

Los visitantes podían disfrutar de limpios atardeceres, de vespertinos crepúsculos saturados de ambiente marinero. Las escenas familiares, aunque parecían repetidas, se renovaban convirtiéndose día tras día en modelos diferentes que podían servir a cualquier sueño, pintor o poeta. Grupos de gente se enfrascaban en amena conversación, el contacto social por excelencia. Mientras, los niños, de brillante piel, permanecían tendidos en la arena o entregados a sus juegos sumergidos entre las espumas de las olas, alegres, atrevidos, bajo el toldo vital de un cielo claro en la alegría del estío.

Las escenas familiares, aunque parecían repetidas, se renovaban convirtiéndose día tras día en modelos diferentes que podían servir a cualquier sueño, pintor o poeta.

Es verano, años 30 donde, como en otras épocas, se producía el espectáculo. La terrible guerra civil aún no asomaba -ni se pensaba-. Los visitantes acudían en tranvías renqueantes buscando el mar holgado. Los sombrajes de cañizo o de listones, pintarrajeados, interrumpían el sol  que se desplomaba con furor sobre los bañistas, el almuerzo y la siesta. El agua centelleaba cegando los azules impagables de ese cielo reflejado en las orillas del recuerdo.

Playa de la Malvarrosa. Años 30. A. P. R. S.

Tres imágenes se presentan como crónicas bañadas de salitre. Indumentaria a rayas en adultos y niños posando su felicidad. El tenderete con avance incluido, también rayado, tiene el color imaginado. Dieciséis  vidas miran la tarde cargada de amistad.

Los sombrajes de cañizo o de listones, pintarrajeados, interrumpían el sol  que se desplomaba con furor sobre los bañistas, el almuerzo y la siesta.

En primer término, sentadas, permanecen apoyadas sobre la arena tres vidas más. En el horizonte se aprecia el malecón de Caro, un fondo que agrupa la actividad delirante. Una niñera, de espaldas, lleva de la mano a una niña observando obra del instante junto a la orilla en un lugar llamado Nazaret.

Playa de la Malvarrosa. 1930

Playa de la Malvarrosa. 1930. A. P. R. S.

Cuatro niños buscan la eternidad con sus cubitos y palas metálicas, todavía ausentes del plástico, la tablet y el whatsapp. A lo lejos unos bañistas interrumpen la imagen e intuimos sus gritos salpicados de olas. No hay rayas en los bañadores, sí un pato que mece el abdomen de la niña.

Cuatro niños buscan la eternidad con sus cubitos y palas metálicas, todavía ausentes del plástico, la tablet y el whatsapp. A lo lejos unos bañistas interrumpen la imagen e intuimos sus gritos salpicados de olas.

Siempre el mar de fondo invariable como telón de nuestras vidas de agua. Playas eternas sobre un título dibujado con arena y salitre: “Recuerdo de Valencia”.

VLC Noticias | Redacción

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  1. Rafael Solaz nos traslada una vez más y como siempre, con ejemplar maestría, a épocas de nuestro pasado en las que usos y costumbres pueden resultar complejas de entender a quienes ahora y por vez primera accceden a su conocimiento con curiosidad por una parte y sorpresa/desconcierto por otra.
    En efecto, era así y así se nos cuenta literaria y gráficamente la vida en las playas valencianas de los años 30. Ni un sólo elemento informático y/o tecnológico que desviase o dispersara la atención co respecto al exclusivo disfrute en compañía de familiares, amigos, etc.
    Ojos extasiados ante la contemplación del azul preciado del cielo y precioso del mar, sensación inigualable del agua mientras se siente la caricia de las olas y del agradable tacto de la arena al caminar por ella.
    Todo ello observado desde la lejanía por el astro sol, guardián celoso durante interminables y gozosas horas del periodo estival.
    Y sólo restaba la noche, con la hermosa y brillante luna, para deleitar entonces, ahora y siempre con el singular y único encanto que sólo posee quien estuvo en el ayer, quien está en el hoy y quien pueda estar en el mañana, pero siempre “a la luna de Valencia”.

  2. Hemos oído miles de veces que Valencia vivía de espaldas al mar, y com si com sa, más bien de frente. En especial durante el verano, que por la benignidad que gozamos ocupa una buena parte del año. Sandalias de goma, fiambrera de patatas y capazo con tollas eran más que suficiente para que a través del tranvía la familia entera se desplazara frente a la brisa para disfrutar donde rompen las olas a saltos o en zambullida. Litoral con hierbajos de huertas y tellinas, tanto en Termas Victoria, como en Las Arenas o Mar Azul; tardes de siesta con dos horas para hacer la digestión y con más baños hasta las últimas horas del atardecer, conformaban jornadas como de fiesta para las familias valencianas. Rafael Solaz, se sube a la escalera del socorrista y nos relata con todo lujo de detalles lo que sólo sus ojos saben ver. ¡Bandera verde!

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