William Davies: “El uso malicioso de las redes volverá a practicarse en las elecciones británicas”

5431524William Davies analiza en Estados Nerviosos (Sexto Piso) el desprestigio de la ciencia, el conocimiento y los hechos en unas sociedades contemporáneas en las que se impone el poder de las emociones.

El auge de las redes sociales ha sido aprovechado por la industria del entretenimiento, pero también por la política, como se ha visto, explica el autor, en el caso del Brexit. William Davies es profesor de sociología y economía política en Goldsmiths, Universidad de Londres.

  • Pregunta. ¿Qué es un estado nervioso? ¿Una característica política o una forma individual de estar en el mundo?

El título del libro se refiere al estado político en el que nos encontramos. Es nervioso en la medida en que el statu quo, los fundamentos básicos de nuestra democracia, parecen estar temblando de varias maneras con el surgimiento de movimientos populistas, diferentes tipos de reacciones y movilizaciones nacionalistas, acontecimientos como el Brexit, etc. Todo eso está creando serias turbulencias en los supuestos básicos de las democracias liberales.

Pero al mismo tiempo se trata de un estado de ánimo personal, y también de una cultura de estar en una especie de reactividad constante, que tiene mucho que ver con el papel de la tecnología en nuestra sociedad, en nuestra cultura y en nuestra esfera pública de hoy. Creo que, tanto psicológica como tecnológicamente, estamos cada vez más alerta y sensibles a los cambios.

Crece la capacidad de sentir y responder

  • En tu libro revisas críticamente el ideal de la Ilustración basado en ciencia, hechos y progreso. Pero eso mismo que hoy se pone en duda, como recuerdas en tu texto, lleva siendo criticado desde hace décadas. ¿Qué ha ocurrido para que ahora parezca que estamos en un momento diferente?

Es verdad que las críticas filosóficas a René Descartes y al resto de racionalistas del siglo XVII de los que hablo en el libro no son del todo nuevas. El romanticismo siempre se opuso al racionalismo y a las matemáticas en la vida pública.

Lo que creo que ha cambiado en los últimos veinte años han sido un par de cosas. Una es la forma en que la tecnología digital se ha difundido, en primer lugar, a través de nuestra economía, y en particular en nuestro sistema financiero. Y, en segundo lugar, a través de nuestra sociedad, civil y política, con la difusión de Internet y los medios de comunicación social.

Nuestra capacidad de sentir el presente y de reaccionar ante las cosas, y de responder a las presiones de las cosas, está aumentando muy rápidamente. La velocidad y la cultura de la reactividad en la que vivimos hacen que actuemos cada vez más de acuerdo con nuestras sensaciones y no con formas más lentas de deliberación y de razón.

El otro fenómeno que creo que explica este momento es el auge de las neurociencias a finales del siglo XX. Desde los años noventa, las personas se entienden a sí mismas como animales neuronales. Ya sabes: mis sentimientos, mis pensamientos, mi comportamiento… Pensamos en nosotros mismos como seres neuronales, y creo que ese ha sido realmente el final de la idea racionalista de que el pensamiento puede ser de alguna manera una especie de fenómeno sin cuerpo.

Emociones útiles para los políticos

  • ¿Qué emociones son más útiles políticamente hablando?

Bueno, creo que los oradores políticos más hábiles siempre han sido capaces de conectar con la gente a través de nuestros sentimientos; conseguir que nos sintamos emocionados, enojados, ese tipo de emociones.

En este momento, en la era de los medios sociales y la tecnología digital, nos enfrentamos a este escenario que a menudo se llama economía de la atención, en el que existe una cantidad aparentemente infinita de contenidos a los que podríamos estar prestando atención. La pregunta que entonces se plantea a las organizaciones y a los partidos y movimientos políticos es cómo lograr que la gente preste la mayor atención posible, y que luego reaccione y se comprometa.

Es algo en lo que obviamente están pensando los que trabajan en la industria del entretenimiento, pero creo que también es algo muy potente en nuestra política, porque los políticos tienen que ser capaces de reducir el ruido y conseguir captar la atención. Sabemos por los estudios científicos que la manera de captar la atención de las personas es indignarlas, asustarlas, incluso provocarles sentimientos de adoración.

La forma en que las personas se relacionan con una figura en particular o con un contenido informativo específico implica centrarse en una amplia gama de sus emociones, a menudo fisiológicas.

La otra cuestión que, por supuesto, pueden hacer partidos y líderes políticos es dirigirse a personas específicas y a emociones concretas con más y mayores detalles, y con mayor precisión que nunca. En el sistema en que vivimos, nos atacan constantemente, nos provocan para conseguir ciertos tipos de reacciones: sea con algo que nos gusta, que nos desagrada, o que nos gustaría eliminar.

Vivimos en una economía de reacción en la que se intenta incitar a la gente a comportarse y a responder de una manera o de otra. La misma lógica y las mismas tecnologías entran en funcionamiento en nuestra democracia, y ese creo que es el cambio significativo. No digo que los políticos no lo hayan intentado en el pasado, es que ahora tienen una capacidad extraordinaria para conseguirlo.

“Capitalismo de vigilancia”

  • ¿Es un fallo del sistema o una consecuencia lógica?

En última instancia, lo que permite este fenómeno es un modelo de negocio desarrollado en Silicon Valley y que Shoshana Zuboff ha llamado “capitalismo de vigilancia“. La idea es que estamos rodeados de todo tipo de dispositivos muy poderosos. Nuestros teléfonos, por ejemplo. El aumento del número de teléfonos inteligentes en pocos años, entre 2007 y 2012, ha sido extraordinario. Pasamos de tener unos cientos a contar millones de smartphones.

Esto ha significado que cada individuo está enviando datos todo el tiempo sobre dónde está, qué está haciendo, cómo se siente… Hasta no hace mucho, pocos sabían que estaban enviando muchos de estos datos. Ese es el modelo de negocio de Google, de Facebook… de casi todas las aplicaciones y plataformas que utilizamos.

Por supuesto, todas esas herramientas han estado esperando a que los políticos las usen, ya sea legítima o ilegítimamente. Quiero decir, Barack Obama utilizó análisis de datos en 2008 y la gente dijo: “¡Guau, que bueno es Barack Obama porque tiene un equipo de datos súper capaz a su lado!”. Sin embargo, cuando Trump tuvo a su propio equipo de datos en 2017, ahí la respuesta fue más negativa…

  • ¿Somos cautivos de esta tecnología?

Una de las cosas que me interesan es esta era de los sentimientos que vivimos. Hablo de sentimientos en el sentido de emociones, pero también como una especie de sensación física. Lo que hacen estos aparatos es sentirnos constantemente. Sienten lo que estamos haciendo; están constantemente revisando nuestros estados de ánimo, nuestros movimientos dentro de la ciudad, nuestros deseos expresados en la Amazonía, en nuestros pensamientos, tal y como los expresamos en Google.

Campaña poderosa en el Brexit

Lo que ocurre es que no está claro que estos dispositivos sensoriales estén generando una imagen objetiva y estable del mundo. Lo que están haciendo es una especie de ejercicio de comprobación y detección constante: básicamente, sienten lo que está cambiando. Desde el punto de vista político, estas tecnologías no te dicen lo que hay que hacer para obtener la mejor y más precisa imagen de la sociedad.

Pero sí son tremendamente buenos a la hora de percibir en qué sentido podría estar ocurriendo un cambio en particular, en determinar si un área específica de la sociedad podría estar volviéndose muy vulnerable a un mensaje político en concreto. Siempre se trata de un momento y de un lugar en particular.

Esta tecnología fue muy poderosa en la campaña del referéndum de Brexit. Los mensajes particulares se transmitieron en el último minuto a las personas adecuadas en el momento justo, y es esta capacidad de gestionar el cambio y los micromovimientos dentro de las grandes poblaciones lo que les otorga tanto poder.

Uno de los ejemplos más claros que se me ocurren para explicar este cambio en la forma en que relatamos el mundo es la desaparición de los mapas físicos. Antes solíamos llevar estos mapas que nos proporcionaban una imagen de Madrid, por ejemplo, visto desde el cielo. Los mapas eran como una especie de diagrama matemático objetivo que nos llevaba a un lugar difícil de ver. Ya sabes, dónde estoy ahora mismo en este mapa.

Ahora, sin embargo, tenemos Google Maps, que no te da una imagen de Madrid, te dice si el lugar que buscas está a la izquierda o a la derecha, para después aconsejarte qué hacer ahora, dónde ir ahora, dónde ir después. Siempre se trata de manejar las tendencias emergentes.

Fallos en la estrategia contra el Brexit

  • Ya que acabas de citar el Brexit, ¿cómo crees que se podría evitar el Brexit si hoy se hiciese otro referéndum?

Esta es una muy buena pregunta. En primer lugar, alguien tiene que pensar en lo que salió mal en el último referéndum para la campaña proeuropea. Está claro que algunos de sus portavoces eran muy malos, políticos hasta desagradables, como David Cameron. Hicieron esta cosa absurda de traer a un montón de personajes de la élite económica y “expertos” que venían con el mensaje de que el Brexit era malo.

Por ejemplo, Christine Lagarde del FMI. Quizá creían que la gente iba a identificar a Lagarde como alguien que estaba de mi lado… Pero es que muy pocas personas consideran que este tipo de figuras son, de alguna manera, democráticas, o que tienen un mandato democrático.

Desde hace tiempo pienso que uno de los pocos elementos que sobreviven de la nación británica, en el que casi todo el mundo cree, es el Servicio Nacional de Salud [National Health Service]. Y en realidad, el Servicio Nacional de Salud se verá perjudicado por el Brexit.

La estimación actual del acuerdo de Boris Johnson es que el Brexit significará casi cincuenta mil millones de libras al año menos en dinero para el Gobierno. Eso es una gran cantidad de dinero que este acuerdo podría costarle a la sociedad. Yo creo que la persona correcta –la persona que nunca lograron encontrar– era aquella capaz de articular ese argumento económico, pero no en el lenguaje de la economía, sino en el lenguaje de lo que eso significa en términos de comunidad, en términos de seguridad social y así sucesivamente…

Sinceramente, no creo que haya un argumento mejor para permanecer en la Unión Europea que la defensa del Sistema Nacional de Salud. Porque evidentemente muchos empresarios se van a quejar, la industria automovilística estará muy preocupada y así sucesivamente, pero creo que en última instancia el atractivo emocional del Brexit es que ofrece una especie de nación segura, cerrada, una nación de los viejos tiempos. Y eso puede representar, precisamente, el Servicio Nacional de Salud. Creo que ese es realmente el camino a seguir.

Usar las emociones

  • O sea, ¿tú no usarías emociones?

Creo que eso es usar las emociones. Pero tampoco podemos olvidarnos de que el principal problema del Brexit es que Gran Bretaña es una economía que se ha globalizado a través de la Unión Europea. No sólo tiene más relaciones comerciales con Europa que con cualquier otra zona del mundo, sino que también ha pasado de ser una especie de economía basada en el Estado-nación en los años sesenta a convertirse en una economía en la que las fronteras no existen.

Es decir, cuando se trata de financiar el comercio, las cadenas de suministro, etc., la idea de que, de repente, todo eso se puede reubicar es completamente falsa. Esa es la cuestión. ¿Qué ocurre? Que a la gente no le gusta oír hablar de esa complejidad. Lo que quieren es simplicidad. Y Boris Johnson ofrece la simplicidad porque dice: “mira, déjame hacerlo a mí, que soy un tipo súper directo y lo voy a conseguir”. Es como Donald Trump y el muro con México, en plan: “es algo que puedo hacer si digo que lo haré”. No puede hacerlo, pero no deja de ser un mensaje muy poderoso.

Por eso creo que, emocionalmente, debe encontrarse algo que el Brexit amenaza y debemos proteger. Creo que el Brexit amenaza algo que a la gente le importaba mucho, y es la infraestructura social básica de la comunidad. Va a ser absolutamente desastroso. Entre los ‘brexiters’ hay una especie de conservadores religiosos a los que les gustaría que se destruyera el Estado de Bienestar para volver a vivir cerca de nuestros padres ancianos, cuidar de ellos personalmente, y que ellos cuiden de nosotros… Bien, si eso es lo que ofrecen, que lo digan. Pero no lo hacen. Dicen que todo va a ser genial.

Uso malicioso de las redes sociales

  • ¿Recurrirías a las mismas redes sociales que han sido utilizadas a favor del Brexit?

Una de las cosas que es muy difícil de tratar es el uso malicioso de los medios de comunicación social, y hubo mucho de esto en la campaña del referéndum de Brexit. Y hay mucha gente que piensa que todo esto fue ilegal y que, por eso, el resultado no es válido. La verdad es que esto es muy difícil de abordar. Pero va a volver. Va a volver a pasar en las próximas elecciones generales en el Reino Unido.

  • ¿Prescindirías totalmente de los expertos?

No propongo que hagamos una política que no recurra a los hechos o a los expertos. Lo que no quiero son expertos tipo los de 2016, tecnócratas del FMI y ese tipo de gente extremadamente distante e indiferente que parecía no tener nada que ver con Gran Bretaña.

Creo que la gente no se fía de los expertos porque tiene la sensación de que están demasiado cerca del poder y porque creen que actúan de una forma casi colonial, como se ha visto que ha hecho el Banco Central Europeo con los países del Sur de Europa.

El modelo de tecnocracia está completamente en cuestión y, lógicamente, recibe ataques desde varios ángulos. Por eso una defensa de Europa no puede pasar por ahí, con ese tipo de portavoces. En el referéndum del Brexit, el problema no fue el contenido el mensaje. Fue la gente que lo transmitió y la forma en que lo hizo. Creo que se entendió mal la idea de contar los hechos. Necesitas hechos, pero tienes que contarlos de forma que construyan un relato, una historia.

 

 

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