El apagón altera la vida diaria en Valencia
El reloj del panel publicitario entre la calle de la Paz y la plaza del Parterre se detuvo a las 12:33. Desde ese momento y durante casi doce horas, Valencia vivió un episodio digno de ciencia ficción. Lo que comenzó como incertidumbre pronto se convirtió en caos, una situación especialmente complicada por ser un lunes festivo, con la ciudad llena de turistas y valencianos disfrutando del final de las vacaciones de Semana Santa.
La confusión fue generalizada, con problemas de cobertura que impidieron enviar mensajes, caos vial por la falta de semáforos y comerciantes incapaces de registrar pedidos debido a la falta de computadoras. La reacción política no se hizo esperar: inicialmente, se solicitó el nivel 2 de Emergencia y se convocó al Centro de Coordinación Operativa Integrado (Cecopi). Pero la situación escaló y la Generalitat solicitó el nivel 3, trasladando la gestión al Estado. El Ayuntamiento de Valencia suspendió las clases, aunque los colegios permanecieron abiertos, mientras que las universidades de Alicante y la Politécnica también cancelaron sus actividades.
La ruta entre el puerto y el centro se convirtió en una prueba para los conductores. La falta de electricidad dejaba a la mayoría de la ciudad sin señales de tráfico, convirtiéndola en un continuo “ceda el paso”. Los peatones enfrentaron dificultades igualmente, agradecendo a cada conductor que les permitía cruzar. Con el tiempo, la situación vial mejoró gracias al despliegue de la Policía Local, que también atendió a más de doscientos rescates, principalmente de personas atrapadas en ascensores.
Con las estaciones de metro cerradas, caminar era la única opción viable. Mientras los turistas disfrutaban al aire libre, los residentes se dirigían al viejo cauce del río Turia. En las playas, la alarma crecía ante los mensajes sobre el apagón. En los restaurantes, la falta de electricidad limitaba el servicio a bebidas frías, aunque algunos locales usaron generadores para continuar trabajando.
El comercio no fue inmune al apagón; muchas tiendas abrieron sus puertas, pero dentro, los empleados estaban desorientados. Los sistemas de pago electrónicos funcionaban intermitentemente y las transacciones se realizaban en efectivo, complicando las operaciones diarias. La tensión aumentó conforme se acercaba la hora de almorzar y las preocupaciones sobre el mantenimiento adecuado de los productos frescos se intensificaron.
El apagón también complicó la movilidad. En la estación Joaquín Sorolla, los viajeros lidiaban con la incertidumbre. Algunos hoteles se preparaban para recibir de nuevo a sus huéspedes, mientras la estación se mantenía abierta para aquellos sin otra opción para pasar la noche. La electricidad comenzó a restablecerse de manera progresiva hacia las 18:00 horas, afectando aproximadamente al 20-25% de la ciudad, pero muchos hogares seguían sin luz al anochecer, enfrentándose a una noche oscura.