En Valencia, la primavera trae consigo un evento significativo: las primeras comuniones. Durante los meses de mayo y junio, coincidiendo con las festividades de la Virgen de los Desamparados y el Corpus Christi, colegios religiosos, parroquias y familias suelen reservar una fecha, generalmente un domingo, para celebrar este rito lleno de emoción y simbolismo. Esta tradición milenaria marca el primer gran paso de los niños y niñas bautizados en la fe cristiana. Aunque la esencia se mantiene, algunas celebraciones han evolucionado hacia eventos lujosos, comparables a las Bodas de Camacho de la literatura, con el riesgo de desvirtuarse por el exceso de regalos y superficialidad. Sin embargo, para muchos, la significación del acto sigue siendo la misma: un compromiso consciente con la vida cristiana.
A pesar de las extravagancias modernas, que párrocos y colegios religiosos gestionan con éxito variable, la ceremonia de la Primera Comunión se remonta a los orígenes del cristianismo. La Iglesia ortodoxa siempre fue más flexible con los niños que la católica, que, en el IV Concilio de Letrán de 1215, determinó que un niño debería comulgar al alcanzar la “edad de discreción”, cuando pudiera discernir los conceptos de la Comunión.
Fue en 1910 cuando el papa Pío X, quien más tarde sería canonizado, revisó la edad para recibir la primera comunión a los siete u ocho años. Este cambio, recogido en el documento ‘Quam singulari’, argumentaba que incluso a esta temprana edad, tras la catequesis necesaria, un niño comprendía lo extraordinario de la Comunión, que esencialmente es ser parte de una comunidad de fieles junto a su familia y compañeros.
El impacto de esta reforma fue inmediato. En Valencia, el arzobispo Guisasola declaró la importancia del documento papal, destacando que abría el camino al Sagrario para los niños. Esto resultó en un aumento notable de comuniones infantiles, reflejado en los medios de la época, que comenzaron a reportar más frecuentemente estas ceremonias tanto en colegios como en parroquias, extendiéndose incluso a diciembre.
La sociedad de la época aceptó sin mayores contratiempos este cambio, considerándolo una reforma apropiada. Se entendía que aproximaba la fe a los niños en edad escolar y reservaba la Confirmación para la pubertad, un sacramento que reafirma los principios adquiridos desde el Bautismo. Además, permitió que las familias, ajustándose a sus medios, adoptaran vestimentas ceremoniales que aún hoy son comunes: trajes blancos para niñas y uniformes de marinero para niños.
En 2010, el cardenal valenciano Antonio Cañizares, prefecto para la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, abordó en un artículo en ‘L’Osservatore Romano’, el legado del decreto de Pío X. Reflexionó sobre la necesidad de evitar retrasos excesivos en las primeras comuniones y abogó por celebraciones menos centradas en el aspecto social y más en una formación catequética adecuada.