El militar fue sacado del Hospital Militar de Carabanchel en agosto de 1936, asesinado y decapitado. Su actuación al frente de las fuerzas gubernamentales durante la revolución de Asturias de 1934 lo había convertido en objetivo del odio de sectores revolucionarios.
En las primeras semanas de la Guerra Civil, Madrid fue escenario de episodios de violencia política que desbordaron en numerosas ocasiones la capacidad de control de las autoridades republicanas. Uno de los más estremecedores tuvo como víctima al general Eduardo López Ochoa, cuyo nombre estaba inevitablemente ligado a la revolución de Asturias de octubre de 1934.
López Ochoa se encontraba ingresado en el Hospital Militar de Carabanchel cuando un grupo de milicianos consiguió sacarlo del centro. El militar fue posteriormente asesinado y su cadáver decapitado.
La violencia no terminó ahí. Su cabeza fue ensartada y exhibida públicamente por las calles de Madrid, uno de los episodios más macabros de los primeros meses de la contienda.
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¿Quién era Eduardo López Ochoa?
Nacido en Barcelona en 1877, López Ochoa había desarrollado una larga carrera militar antes de convertirse en uno de los nombres más conocidos del Ejército durante la Segunda República.
Su destino quedó marcado especialmente por los acontecimientos de octubre de 1934.
En Asturias se produjo entonces una insurrección revolucionaria protagonizada fundamentalmente por organizaciones obreras, con una importante participación socialista, a la que se sumaron comunistas y otros sectores del movimiento obrero.
El Gobierno republicano recurrió al Ejército para recuperar el control de la región.
López Ochoa fue enviado al frente de las fuerzas gubernamentales que avanzaron sobre Asturias, mientras otras unidades, incluidas tropas de la Legión y Regulares, participaron también en las operaciones.
Los combates y la posterior represión dejaron un elevado número de muertos, heridos y detenidos.
Una actuación más compleja de lo que posteriormente se contó
La figura de López Ochoa quedó identificada entre amplios sectores de la izquierda con la represión de Asturias, hasta el punto de recibir calificativos como el de «carnicero de Asturias».
Sin embargo, su actuación durante aquellos acontecimientos presenta importantes matices.
Diversos estudios históricos recogen que López Ochoa intentó contener los abusos cometidos por algunas de las tropas que participaron en la campaña.
El general llegó a enfrentarse con Juan Yagüe por la actuación de determinadas unidades y ordenó ejecutar sumariamente a varios integrantes de las tropas coloniales acusados de cometer atrocidades contra prisioneros.
Eso no evitó que, una vez terminada la insurrección, su nombre quedara asociado políticamente a la derrota del movimiento revolucionario.
De Asturias a los tribunales
La cuestión no terminó en 1934.
Tras la victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936 se impulsaron actuaciones judiciales relacionadas con la represión asturiana y López Ochoa quedó sometido a investigación por actuaciones atribuidas a fuerzas bajo su responsabilidad.
La tensión política española creció rápidamente durante los meses siguientes.
Cuando se produjo la sublevación militar de julio de 1936 y comenzó la Guerra Civil, López Ochoa se encontraba en Madrid.
Su presencia en el Hospital Militar de Carabanchel acabó convirtiéndose en un asunto conocido públicamente.
En las primeras semanas de agosto, publicaciones comunistas cuestionaron que militares considerados desafectos continuaran en hospitales madrileños sin haber sido juzgados. Entre los nombres señalados aparecía precisamente el de López Ochoa.
Los milicianos llegan al Hospital Militar de Carabanchel
La situación terminó por estallar a mediados de agosto.
Según distintas reconstrucciones históricas, una multitud se concentró en las inmediaciones del hospital y milicianos de la CNT-FAI consiguieron llegar hasta López Ochoa.
El general fue sacado del centro hospitalario.
Las versiones difieren en algunos detalles concretos de aquellos minutos, algo frecuente en los relatos producidos durante las primeras semanas de la Guerra Civil, pero coinciden en el desenlace fundamental.
López Ochoa fue llevado fuera del hospital y asesinado.
Decapitado y exhibido por Madrid
Después de matarlo, sus atacantes decapitaron el cadáver.
La cabeza fue ensartada y exhibida públicamente por las calles de Madrid.
Existen testimonios que describen a milicianos recorriendo la zona de Carabanchel con ella y relacionando explícitamente el asesinato con la actuación del general durante la revolución asturiana.
El cuerpo de López Ochoa quedó separado de su cabeza.
Tenía 59 años.
Su muerte constituye uno de los ejemplos más extremos de la violencia política que se desencadenó en la retaguardia republicana durante los primeros meses de la Guerra Civil.
Un asesinato marcado por la venganza de 1934
Resulta imposible entender la muerte de López Ochoa sin regresar dos años atrás.
Para determinados sectores revolucionarios, el general representaba la derrota de la insurrección asturiana y la represión que siguió a los combates.
La paradoja histórica es que el mismo militar señalado como responsable de aquella represión había tratado también de impedir algunas de las atrocidades cometidas por las tropas gubernamentales bajo su mando.
Nada de ello le protegió en el Madrid de agosto de 1936.
La descomposición del orden público, la proliferación de milicias armadas y el clima de represalias que acompañó al comienzo de la Guerra Civil terminaron convirtiendo a Eduardo López Ochoa en una víctima de la violencia que se extendía por la retaguardia.
Su asesinato, y especialmente la exhibición pública de su cabeza, permanece como uno de los episodios más brutales de aquellos primeros meses de la contienda.