23 de agosto de 2026
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La estremecedora pintura románica que muestra a un niño santo siendo partido con una sierra

El Frontal de altar de Durro, conservado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, representa con una extraordinaria crudeza los martirios de San Quirico y su madre, Santa Julita. La obra, realizada a mediados del siglo XII, constituye una de las muestras más llamativas de la pintura románica catalana.

A primera vista resulta difícil apartar los ojos de la escena. Dos hombres vestidos de rojo manejan una enorme sierra mientras, entre ellos, un joven permanece de pie con los brazos levantados. Los dientes atraviesan su cuerpo y el artista no intenta suavizar lo que está sucediendo.

La imagen tiene alrededor de 850 años.

Forma parte del Frontal de altar de Durro, una excepcional pintura románica procedente de la ermita de Sant Quirc de Durro, en la Vall de Boí, y actualmente conservada en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), en Barcelona.

Un martirio representado sin disimulos

El personaje central de esta escena es San Quirico —Sant Quirze o Sant Quirc en catalán—, protagonista junto a su madre, Santa Julita, de una antigua tradición cristiana sobre el martirio de ambos.

Según la tradición hagiográfica, Quirico era todavía un niño cuando murió durante las persecuciones contra los cristianos en tiempos del Imperio romano.

El artista medieval convirtió aquella historia en una sucesión de imágenes extraordinariamente explícitas.

En esta escena, dos verdugos situados simétricamente a ambos lados accionan una enorme sierra que atraviesa verticalmente el cuerpo del santo.

Quirico permanece prácticamente inmóvil.

Sus brazos están levantados y sus manos abiertas, mientras los verdugos inclinan sus cuerpos para accionar el instrumento.

No hay perspectiva, paisaje ni elementos que distraigan al espectador.

Solo están la víctima, sus verdugos y el instrumento del martirio.

Una imagen que debía entenderse inmediatamente

Para comprender una pintura como esta hay que trasladarse a una sociedad muy diferente de la actual.

Las imágenes religiosas constituían un poderoso vehículo para transmitir historias, personajes y enseñanzas cristianas.

El artista no necesitaba reproducir anatómicamente una ejecución.

Necesitaba que quien contemplara la tabla comprendiera qué estaba sucediendo.

Por eso la composición es directa.

Los personajes aparecen delimitados mediante líneas marcadas, los colores son intensos y las figuras se distribuyen de manera prácticamente simétrica.

Incluso la enorme sierra domina visualmente la escena.

Sus dientes rojizos incrementan la sensación de violencia y pueden interpretarse como un recurso destinado a hacer todavía más evidente el tormento representado.

No era la única escena violenta del frontal

La imagen adquiere todavía más sentido cuando se contempla el frontal completo.

En el centro de la tabla aparecen Santa Julita y San Quirico, ocupando un espacio privilegiado dentro de una mandorla.

Alrededor se distribuyen diferentes episodios relacionados con sus martirios.

La violencia no es accidental.

Los tormentos ocupan buena parte de la narración visual porque el objetivo último no era glorificar a los verdugos, sino exactamente lo contrario: mostrar que los santos permanecían fieles a su fe incluso ante los sufrimientos más extremos.

El martirio se transformaba así, dentro de la mentalidad cristiana medieval, en una victoria espiritual.

Una joya del románico catalán

El MNAC fecha el Frontal de altar de Durro a mediados del siglo XII y atribuye su realización a un artista anónimo de Cataluña.

Está realizado al temple sobre tabla con acabados de oro y mide aproximadamente 98 por 129 centímetros.

Procede de la ermita de Sant Quirc de Durro, situada en la Vall de Boí, Alta Ribagorça, una de las grandes concentraciones de arquitectura románica de Europa.

La pieza original se conserva actualmente en Barcelona, mientras que en la ermita puede contemplarse una reproducción.

Ocho siglos después sigue impresionando

El desconocido artista que pintó esta tabla hace aproximadamente ocho siglos no necesitó perspectiva, anatomía realista ni expresiones dramáticas para representar una escena difícil de olvidar.

Le bastaron tres personajes, una gigantesca sierra y unos cuantos colores.

El resultado continúa siendo inquietante para el espectador contemporáneo.

Y precisamente ahí reside buena parte de la fuerza del Frontal de Durro: detrás de unas figuras aparentemente sencillas se conserva intacta una de las imágenes más estremecedoras del románico catalán.

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