Una muerte, aun siendo anunciada, como todas las muertes, cuando te la anuncian es una tragedia para las personas que han compartido parte de su vida con el difunto.
Cuando me anuncian la muerte de José Luis acuden a mi mente muchos recuerdos, recuerdos de los momentos vividos desde nuestro primer encuentro en el mundo del Boxeo. Afición que compartíamos al margen de nuestros asuntos profesionales, fue una relación que duró muchos años, como compañero fue un hombre sensacional.
Lo que primero llegó a mi corazón fue un fragmento de los versos de la Elegía de Miguel Hernández
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Todos le recordaremos como fue, como siempre será en nuestro corazón, un hombre bueno, un deportista noble y voluntarioso, vivió su vida como un combate de Boxeo, luchando por una victoria que ofrecer a su familia y a sus amigos.
En la Federación Valenciana trabajó casi treinta años fue un batallador imprescindible en la defensa de los intereses del Boxeo, en los años noventa, cuando mandaba en la Federación Española Rubén Martínez y yo mantenía, con éste, una fuerte confrontación de ideas, defendía mis ponencias como nadie, se ganó el cariño de todos los compañeros del Boxeo español, con la nobleza de un gran deportista.

Sus compañeros de Valencia lo echarán de menos y será difícil que puedan llenar ese vacío que ha dejado su ausencia.
Siempre le recordaré por su buen hacer, por estar pendiente de los amigos, interesado por todos y por todo, y me acostumbré a interpretar sus silencios y a compartir sus confidencias, sus más intimas esperanzas y desvelos.
Se que estarás en el lugar de los justos y desde él nos contemplarás con generosidad y cariño, cariño del que todos somos deudores.
Por ello querido José Luis quiero despedirme de ti con la última estrofa del poema y diciéndote con todo mi fervor:
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Descansa en paz amigo.


