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Entre la tradición de la ‘botigueta’ y la modernidad de los grandes almacenes
Desde la pequeña tienda de la esquina hasta el centro comercial más sofisticado. Desde el negocio de loza hasta la farmacia que vende remedios; desde la ferretería con cedazos y azadones hasta los grandes almacenes de moda. Durante 160 años, LAS PROVINCIAS ha dedicado una parte significativa de su contenido a la publicidad comercial, que ha sido vital tanto para el periódico como para sus lectores. Estos anuncios han ofrecido información esencial, desde ofertas de carbón hasta los últimos modelos de automóviles, reflejando cómo el comercio y la publicidad son pilares de la vida diaria.
Los críticos más agudos afirman que don José Campo Pérez Arpa siempre sostuvo que su padre estaba en el negocio de las salsas, una elegante forma de destacar que su familia vivía de un modesto ultramarinos. Esto sucedió en la Valencia del siglo XIX, en una época de tiendas iluminadas con luz de carburo y mostradores de caoba. Según la leyenda, narrada por Blasco Ibáñez, era común que los padres dejaran a sus hijos en estas tiendas a una temprana edad para que aprendieran el oficio, con la esperanza de que, mediante una especie de selección natural, algunos llegarían a ser buenos dependientes y hasta prósperos propietarios.
La Tienda del Lorito, ubicada en la calle del Trench, número 2, era famosa por ofrecer hasta siete variedades de bacalao a su selecta clientela. Era un ultramarinos tradicional, donde su propietario, don José Bellot, se esforzaba en ofrecer los mejores productos, desde embutidos y quesos hasta aceites, conservas y un delicado jamón de Wesfalia. Este tipo de comercio, que se anunciaba en el periódico en 1878, fue característico del entorno alrededor del Mercado.
Desde sus inicios, la cuarta página del diario ha estado consagrada a temas como la llegada de barcos, la venta de cocinas económicas, y tiendas de máquinas de coser y estufas. Valencia fue un emplazamiento donde los comercios tenían nombres memorables como La Tienda de las Ollas, El Cáliz, Las Barracas, la Huerta Valenciana y El Sol. Estos comercios usaban visibles reclamos en sus fachadas para atraer a una clientela que, en muchos casos, no sabía leer ni escribir, pero recibía orientación a través de llamativas imágenes.
En estas tiendas, el vino y el aceite se vendían a granel, servidos desde barriles con grifos que ofrecían vermús y otros licores. Las farmacias eran también proveedoras de remedios para diversas dolencias, además de ofrecer píldoras y tratamientos específicos.
El atractivo comercial de Valencia se extendió también a sus alrededores, atrayendo a clientes de poblaciones vecinas gracias a los avances en transporte como el ferrocarril, tranvía y autobús. El comercio de la ciudad fomentó estas conexiones, organizando eventos para atraer visitantes, potenciando tanto las fiestas de mayo como la Feria de Julio, así como las actividades veraniegas en las playas.
Con el tiempo, los comercios tradicionales fueron acompañados por grandes almacenes, algunos emblemáticos como Almacenes El Águila, la Isla de Cuba y El Siglo Valenciano. Estos establecimientos ofrecían una amplia gama de productos modernos, emulando a prestigiosos centros comerciales de ciudades como París.
La exposición “160 años de LAS PROVINCIAS” se realiza en el Centre del Carme Cultura Contemporània, destacando los cambios urbanísticos en Valencia, con entrada gratuita de martes a domingo, desde el 11 de diciembre hasta mediados de febrero. En la muestra se incluye la participación de artistas plásticos y la reflexión de escritores y periodistas sobre los hitos históricos que el periódico ha documentado a lo largo de su trayectoria.