Dicen de la Riada. 57 años después del 57

javier-furioJavier Furió
Director de VLC Noticias

Sobre una investigación de José Cuñat

Hoy, un entrañable recuerdo ha caído como por casualidad de una estantería y se ha abierto de par en par, frente a mi rostro, como queriendo que lo mirara. Algo que en estos tiempos de incuria y atrevimiento -como diría en su día Tierno Galván y recordaba hace poco mi admirado amigo José Antonio Garzón-, le reconcilian a uno con una condición del ser humano que antes o después siempre aparece: la fraternidad, la solidaridad.

El pasado mes de octubre se cumplieron 57 años desde la tristemente famosa Riada de 1957. 57 años del 57. Una riada que fue demoledora al caer en dos oleadas, la primera, en la madrugada del día 14 de octubre, pilló a los valencianos durmiendo, que no pudieron reaccionar. La segunda, que llegó a primeras horas de la tarde del mismo día, fue la que terminó por arrasar una ciudad que todavía no había podido tomar verdadera conciencia de la tragedia que se acababa de cebar con sus vidas, dejó en Valencia y buena parte de la provincia un rastro de dolor y desolación. Se registraron 81 muertos, miles de millones en daños y cuatro mil personas sin vivienda. Valencia, sin embargo, recibiría después otro tipo de riada: la de la solidaridad de todos los españoles.

Destacado fue el impulso que, desde la vecina región de Murcia, se vació en acciones de ayuda y cariño para con los valencianos, en un gesto de solidaridad sin precedentes que todavía hoy se recuerda en nuestra ciudad. Memorable fue la idea del entonces arzobispo de Valencia, Monseñor Marcelino Olaechea, que promovió un sinfín de tómbolas en un barracón ubicado en la hoy plaza de la Reina, y cuyos beneficios se destinaban a paliar el lamentable estado en que quedaron las vidas de multitud de damnificados.

Pero la mítica suscitada a partir de la trágica riada que asoló la ciudad el 14 de octubre de 1957, trascendió de la misma tragedia hasta el terreno festivo. Y es que, con Valencia casi completamente destruida, emergió como el más serio de los debates una cuestión que bien podría no haberse entendido en el resto de España, pero que para el pueblo valenciano, a orillas del mismo Turia que acababa de sumirlos en la más absoluta misera, era una cuestión vital: suspender o no las fallas de 1958, para las que restaban seis meses. Valencia quería agradecer a los españoles su solidaridad. Y lo quería hacer a través de sus fiestas mayores: las Fallas.

El entonces alcalde de la ciudad, Marqués del Turia, en entrevista para el diario España, al ser preguntado sobre la posibilidad de celebrar las Fallas en el año 58, respondió: “Existen en esto opiniones contradictorias, ante el temor de que no se interprete bien la necesidad y deseos del pueblo valenciano. Por interés turístico es muy posible que haya fallas en un plan recatado en cuanto a las propias fallas y probablemente montadas un gran número de ellas bajo el patrocinio de los pueblos de la provincia que, amando a su capital, quieren verla risueña y recuperada. De esta forma no podrá interpretarse erróneamente el verdadero sentido de nuestras fiestas tradicionales en el año próximo”.

Muchos grupos y figuras de ‘ninots indultats del foc’, se perdieron como consecuencia de la riada. El museo municipal de etnografía de la Alameda tuvo que cerrar sus puertas al público hasta su definitiva rehabilitación. Quedaba la duda de si se podrían acabar los monumentos falleros, que para octubre ya debían haber estado bastante adelantados y ahora estaban completamente perdidos, para la semana fallera en marzo de 1958.

El Arzobispo Olaechea optó por abanderar la suspensión, bajo la excusa de que la semana fallera coincidía con la Cuaresma -antítesis, con sus ayunos y demás preceptos, de la fiesta del exceso, del chocolate y los churros, de la pólvora, las verbenas y la chanza- proponiendo además el trasladar el festejo al 1 de mayo, lo que le grangeó fuertes roces con las autoridades que le llevaron incluso a amenazar con la suspensión del acto de la Ofrenda de Flores, acto religioso metido con calzador por el Régimen del general Franco y sin el cual, la fiesta quedaba totalmente ‘laica’ y más a ojos de al Iglesia.

Pero no le hicieron demasiado caso y la voz del pueblo, siempre soberano, acabó por imponerse. En el mundo de las Fallas especialmente, pero en la calle en general, se hizo célebre la frase “Marcelino el tombolero, ya no quiere ser fallero”. Todo el mundo estaba dispuesto a que aquellas fueran las fallas de la gratitud, con o sin Ofrenda, y así fue. Nada ni nadie iba a convencer de lo contrario a unos valencianos que fueron coherentes con el sentido más tradicional y hasta arcano de la propia fiesta: dejar atrás el pasado, lo viejo, lo malo, y quemarlo en la fiesta del equinocio de primavera -auténtico origen ancestral de las denominadas fiestas josefinas- para afrontar el presente y el futuro con renovadas energías y alegría.

Y había un motivo tan poderoso o más que la necesidad de rehacerse del desastre: agradecer a toda España la ayuda prestada, invitando a una representación femenina de cada región ataviada con su traje típico para que, en la Ofrenda a la Virgen -costumbre ésta entonces de reciente arraigo, por clara influencia o imposición del Régimen del general Franco- y una cabalgata de exaltación nacional, representando en la misma las diferentes provincias de España, y en homenaje a toda la nación. De aquello hoy se sigue invitando a una nutrida representación de las casas regionales tanto a la cabalgata del Foc como a la Ofrenda de Flores a la Virgen.

Boceto de la Falla Plaza del Caudillo 1958, por Juan Huerta

Boceto de la Falla Plaza del Caudillo 1958, por Juan Huerta

El artesano Juan Huerta sería el encargado de construir el monumento fallero de la Plaza del Caudillo -hoy plaza del Ayuntamiento- bajo el lema ‘Ajuda a Valencia’, rindiendo en el mismo un claro homenaje al ejército español y a todas las provincias de España por su ayuda tras la catástrofe.

Se plantaron en la ciudad un total de 126 fallas grandes y 38 infantiles. El codiciado primer premio de la Sección Especial, lo obtuvo la falla Convento Jerusalen-Matemático Marzal, cuyo artista fue el célebre Regino Mas, maestro que marcó una época en la construcción de fallas, e igualmente el Ninot Indultat fue de la misma falla: ‘Dos beatas van a misa en Moto’.

Pero la muestra de agradecimiento más notoria y celebrada la protagonizó una comisión fallera, la de la plaza del Ángel, en pleno Barrio del Carmen, entre las calles del Àngel Custodi y la de la Creu, que quiso premiar la labor benéfica desarrollada por la emisora ‘Radio Juventud’ de Murcia, llevándose literalmente su falla a la ciudad de Murcia. Y así lo hicieron: el monumento creado por el mismo artista que la plaza del Caudillo, Juan Huerta, fue plantada en la ciudad de Murcia, y allí ardió el 19 de marzo.

Boceto de la Falla de la Plaza del Ángel que Juan Huerta plantó en Murcia capital en 1958.

Boceto de la Falla de la Plaza del Ángel que Juan Huerta plantó en Murcia capital en 1958.

La falla de la Plaza del Ángel ’58 llevaba por lema ‘Valencia i Múrcia’ y tenía por figuras centrales un pimiento vestido de huertano y una naranja vestida de valenciana -símbolo del vínculo creado entre las regiones murciana y valenciana-, sobre un reloj que marcaba la hora exacta en que Radio Juventud iniciaba la subasta pro-damnificados de Valencia en su programación. En la base se encontraban, entre otros ninots, los que representaban al locutor Adolfo Martínez de dicha emisora y la cantante Carmen Sevilla, que subastó sus zapatillas para aportar su granito de arena.

Nadie podría jamás borrar el daño causado por la Riada, y evidentemente, aquellas Fallas del ’58 no fueron la salvación de aquel agradecido pueblo valenciano. Pero sí lo fue de su espíritu, de su esencia, recuperada para afrontar el futuro. Luego llegarían el famoso Plan Sur, que desviaría el cauce del río Turia a las afueras de la ciudad y así evitar que otra crecida del río pudiera provocar una tragedia semejante, y en ello la ciudad renunciaría a la mitad de su esencia al perder su río Turia.

Pero lo que nadie olvidará nunca es que Valencia mostró la cara que en toda España debería recordarse alguna vez que otra: la del agradecimiento. La de la fraternidad. La de la lealtad que en su día colocara las dos ‘L’ a ambos lados del escudo de la ciudad misma. Una historia de las que a uno le hacen sentirse orgulloso de haber nacido -y seguramente morir en el futuro- en esta ciudad.

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