El dilema

Marisa Bou (*) es militante socialista y miembro de la Plataforma Esperanza Socialista. Manolo Mata

El pasado debe ocupar su lugar: nuestro recuerdo. Debemos recordar. Recordar lo bueno, por lo que tiene de gratificante. Recordar lo malo, para no repetirlo. Pero una cosa es recordar y otra muy distinta traer el pasado al presente, para hacernos retroceder en lo que tanto nos costó avanzar. Eso no es, en absoluto, recomendable ni deseable, aunque parece que es lo que pretenden ahora nuestros gobernantes.

Las personas que no hemos olvidado las carencias que tuvimos en nuestra juventud, y que hemos hecho cuanto estuvo a nuestro alcance para que nuestros hijos e hijas no tuvieran que sufrirlas, asistimos con creciente alarma a los retrocesos sociales que se están produciendo, pues el ritmo de las pérdidas de derechos amenaza con convertirse en una total sangría, una vuelta atrás que será muy difícil detener.

Y ampararse en esta tremenda crisis económica que padecemos para justificar los recortes en el estado del bienestar, es una nueva vuelta de tuerca a la injusticia social que, desgraciadamente, no hemos conseguido erradicar.

Es posible que estos cambios  -que no han hecho nada más que empezar-  sean consecuencia de la mencionada crisis. Pero lo que me parece inaudito es que tengan que pagar “los de siempre” mientras que los que la han causado, con sus actuaciones predadoras encaminadas a su intolerable enriquecimiento, se dedican a engrosar las listas (esas que publica la revista Forbes) de las mayores fortunas del mundo.

De los directivos de las entidades de crédito que nos han arrastrado a este desastre, algunos siguen en sus puestos cobrando sueldos de escándalo y otros se han jubilado con cantidades que una mente común no es capaz de abarcar ni comprender.

Mientras que la mayoría de la clase trabajadora pierde cada vez más poder adquisitivo, llevando las diferencias entre pobreza y riqueza  hasta extremos insoportables. Y, si tenemos en cuenta que el crecimiento económico de un país se relaciona directamente con el nivel de consumo: ¿cómo vamos a consumir, si no es solicitando créditos a esas mismas entidades que nos han traído hasta aquí? La solución al dilema tiene que ser difícil, pero seguro que no consiste en empobrecer más aún a la gente que debería tirar del carro, o sea, los ciudadanos de a pie.

Sólo la socialdemocracia, la de verdad, la que propugna la igualdad para vivir fraternalmente en libertad, nos ofrece una esperanza. No me parece mínimamente democrático tener que “salvar” a la banca de sus dificultades, mientras la banca se dedica a desahuciar a la pobre gente que no puede pagar unas hipotecas que les estrangulan, porque se firmaron en momentos mucho más propicios que los que vivimos.

No me parece en absoluto democrático que, mientras los que más tienen se dedican a evadir impuestos y a colocar sus “ahorros” en paraísos fiscales, la ciudadanía  de a pie tenga que sufrir inspecciones de la Hacienda Pública por haber cometido un error de cálculo en la renta, tras un año de ingresar en las arcas del Estado unas cantidades que, por lo general, nos resultan extremadamente gravosas, pero que pagamos con gusto porque estamos convencidos de que es nuestro deber ciudadano contribuir a los gastos de la comunidad.

Durante un tiempo éste un discurso pudo parecer superado. Casi llegaron a convencernos de que el dinamismo económico así lo exigía, pero justamente ahora estamos viendo que nunca se debió abandonar, que no hay que bajar la guardia nunca. Necesitamos volver a un discurso socialdemócrata fuerte, sin concesiones, porque ahora sabemos que era el único que pone coto a los desmanes de los poderosos. Recuperemos las consignas que nos permitieron abandonar aquellos tiempos sombríos que, ahora, parecen amenazarnos de nuevo. Recuperemos la esperanza socialista.

VLC Ciudad/Redacciçon

 

 

 

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