
















Padres, madres y docentes se plantaron en la Avenida Llevant el 15 de mayo para exigir avances reales en las obras del colegio, tras meses de desplazamientos forzosos, autobuses insuficientes y absoluto silencio institucional.
Índice de contenidos
Una tarde de protesta con sabor a hartazgo
El 15 de mayo, mientras algunos pensaban en la próxima festividad o en el calor incipiente que ya amenaza con apoderarse del mayo valenciano, en Beniparrell las familias del CEIP Blasco Ibáñez decidieron que ya era suficiente. A las 18:00 h, la Avenida Llevant dejó de ser una vía de paso para convertirse en el escenario de una protesta tan simbólica como desesperada. Padres, madres, profesorado y menores, con pancartas en mano y voz al unísono, cortaron la calle principal del municipio para lanzar un mensaje contundente: “Queremos volver a nuestra escuela. Y lo queremos ya.”
La concentración, organizada por el AMPA del centro y con el apoyo explícito del Ayuntamiento de Beniparrell, pretendía visibilizar un problema que lleva arrastrándose desde hace más de un año: la parálisis casi total en las obras de rehabilitación del colegio tras los destrozos provocados por la DANA.
Un colegio cerrado, dos pueblos implicados
Por si alguien no lo recuerda (o simplemente lo ignoró porque “eso pasa en los pueblos”), el CEIP Blasco Ibáñez sufrió importantes daños tras la riada. Y desde entonces, sus casi 150 alumnos han sido desplazados a dos centros en Silla: el CEIP Verge dels Desemparats (37 niños de Infantil) y el CEIP El Patí (96 de Primaria). Un desarraigo diario que no solo complica la logística familiar, sino que vulnera el derecho fundamental a la educación en condiciones dignas.
Elisabeth García, presidenta del AMPA y voz incansable en esta batalla, lo dijo claro durante la protesta:
“Que hagan lo que sea, pero los alumnos no van a estudiar el curso que viene fuera de Beniparrell”.
Autobuses insuficientes, conciliación imposible
Uno de los grandes dramas (porque sí, lo es) lo protagoniza el sistema de transporte escolar. Solo hay dos autobuses cuando se necesitan tres, lo que significa que los niños de 4º, 5º y 6º deben esperar a que vuelva el autobús tras dejar a los más pequeños. Resultado: llegan casi una hora más tarde al colegio. Una hora que se traduce en menos clase, más estrés, turnos descoordinados para comedor y recreo, y un ritmo escolar completamente alterado.
Y si esto no fuese suficientemente complicado, la situación está afectando también al tejido laboral de las familias. Algunos progenitores, con hijos en diferentes turnos, deben acompañar al primero a las 8:30 h, esperar hasta que salga el segundo autobús a las 9:30 h y, entre una cosa y otra, llegan al trabajo a las 10:00 h… si es que todavía lo tienen. Porque sí, hay padres y madres que han tenido que dejar sus empleos para poder gestionar este despropósito logístico.
“Estuvimos dos horas esperando el bus sin saber dónde estaban nuestros hijos”
No es solo una cuestión de horarios, sino también de confianza y seguridad. En uno de los episodios más alarmantes, algunas familias relataron haber esperado casi dos horas sin saber dónde estaban sus hijos. Una experiencia que, más allá del evidente estrés emocional, pone en evidencia la falta de una comunicación efectiva entre los responsables del transporte escolar, los centros educativos y las familias.
Y si hablamos de comunicación, aquí viene el plato fuerte de esta historia…
Secretismo institucional: ni informes ni certezas
Según denuncian desde el AMPA, a día de hoy (sí, en pleno mayo de 2025), nadie tiene claro si se han realizado las catas necesarias en el interior del edificio. Se prometió que después de fallas se harían esos análisis técnicos, especialmente porque el forjado está dañado. Pero nadie –ni técnicos municipales, ni dirección del centro, ni AMPA– ha visto un informe, una foto, una nota, ni siquiera un WhatsApp borroso.
Al parecer, técnicos de Conselleria habrían visitado el colegio recientemente… sin avisar a nadie. Un gesto que, lejos de tranquilizar, ha encendido aún más los ánimos. Como bien resumía Elisabeth García:
“No entendemos el secretismo. Que no lo sepamos las familias es grave, pero que tampoco lo sepa el ayuntamiento… eso ya es surrealista”.
Saqueo, grafitis y el colegio como escenario de abandono
Y cuando parecía que ya no se podía sumar más leña al fuego, llegó el saqueo. En diciembre, el colegio fue víctima de un robo y actos vandálicos: desaparecieron pantallas de ordenador, mobiliario y, para colmo, pintadas y grafitis se adueñaron del edificio.
Así que no se trata solo de reconstruir lo que el agua se llevó, sino de rehabilitar un espacio que ha sido desmantelado por la dejadez. Reponer equipos, pintar, limpiar, revisar las instalaciones eléctricas… todo eso lleva tiempo, recursos y, sobre todo, voluntad política.
Spoiler: lo único que hay en marcha son “actuaciones en el muro perimetral” desde el 24 de febrero, según informó Conselleria. Y sí, eso está muy bien, pero como diría cualquier madre valenciana: “molt de mur, però i els xiquets?”
¿Y ahora qué? Más protestas, más visibilidad
Lo dijeron alto y claro: la comunidad educativa no va a parar. Habrá más concentraciones, más cortes de calle y más visibilidad, porque el silencio de las instituciones no puede seguir siendo la respuesta. La próxima protesta está prevista para el lunes siguiente, y si no hay novedades, ya se habla de movilizaciones más contundentes.
Desde el AMPA y el ayuntamiento lo tienen claro: el alumnado debe empezar el próximo curso en Beniparrell. Y aunque el reloj corre en contra, la presión social podría ser el único catalizador capaz de mover las lentas (lentísimas) ruedas de la burocracia.