Familias paquistaníes desplazadas reciben una calurosa bienvenida en Afganistán




b_400_275_16777215_0___images_stories_2014_Julio_pakistan_familiaCAMPO DE GULAN, Afganistán, 28 de julio de 2014 (ACNUR/UNHCR) – Caminó durante tres días y tres noches. Sus nueras tenían ampollas y callos en los pies por la larga caminata y ahora están aliviadas porque están recibiendo tratamiento en la clínica del campo de refugiados. Gul se levanta el salwar –unos pantalones anchos- para enseñar la cicatriz que tiene en el tobillo y dice: “al menos estoy viva. Mis hijos y nietos están vivos y estamos todos a salvo”.

 Esta matriarca de 45 años es una de las miles de personas desplazadas forzosas que han tenido que huir de sus hogares en Pakistán desde mediados de junio por las continuas operaciones militares en Waziristán del Norte. Unas 13.000 familias han huido a las provincias vecinas de Khost y Paktika, en Afganistán, y las cifras siguen aumentando cada día.

Para 3.000 de estas familias desplazadas, el campo de Gulan, en Khost, es ahora su casa. A partir del viernes de esta semana será gestionado por ACNUR en coordinación con las autoridades locales. Muchas otras familias, en cambio, han sido acogidas por parientes y amigos en comunidades locales.

A medida que los desplazados paquistaníes van llegando, ACNUR les registra y les da materiales básicos de ayuda humanitaria como lámparas solares, cubos, lonas de plástico, utensilios de cocina y tiendas. El Programa Mundial de Alimentos se encarga de los repartos de comida.

“La tienda nos da sombra y privacidad” dice Gul, agradecida porque al menos ella y las otras seis mujeres de la familia tienen un techo. Los hombres duermen fuera, al raso, en medio de este paisaje duro y árido que no les ofrece ninguna sombra bajo la que cobijarse de un sol abrasador.

El pasado jueves y viernes, ACNUR distribuyó tiendas y materiales básicos a otras 650 familiaspara ayudarles a celebrar en un relativo confort la fiesta musulmana del Eid, que pone fin al Ramadán.
Faizullah, de 40 años, y su mujer Lalpura, de 35, junto a sus nueve hijos, estaban felices de recibir la ayuda de la Agencia de la ONU para los Refugiados después de pasar tres días caminando para llegar al campo.

“Fue muy difícil caminar con los niños” cuenta Lalpura. “No teníamos nada que comer. Los aldeanos que encontramos a nuestro paso nos daban algo de comida para los niños”, el más pequeño de ellos tiene seis años.

No pudieron traer nada consigo después de que su casa fuera derribada por un bulldozer. “Incluso la ropa que llevo ahora puesta me la han dado otros” dice Faizullah. Ahora, añade, “la tienda es nuestra casa. Y he usado las lonas de plástico a modo de muro de separación para nuestra familia. Este es nuestro espacio privado” dice.

Faizullah supo qué hacer cuando encontró una mina sin explotar no lejos de su tienda gracias a una campaña de sensibilización sobre minas. El campo, que fue levantado por personas desplazadas antes de que se solicitara a ACNUR llevar su gestión y está ubicado en un antiguo campo de minas. Se había procedido al desminado en tres ocasiones, pero aún así se encontraron 10 minas antitanque al excavar las letrinas, por lo que se está llevando a cabo una nueva limpieza de minas como prioridad principal.

“Nos han dicho que no toquemos nada metálico o de granito” explica Faizullah. “Si vemos algo parecido, sabemos que tenemos que informar a los oficiales. Vienen y lo quitan”.

Aquí, en el campo, los paquistaníes desplazados dicen que la generosidad de las autoridades afganas y de la gente de Khost supone un contraste con los combates de los que han huido.“Cuando llegamos al puesto de control afgano en la frontera, nos ofrecieron té y agua” dice Rahmatullah, un hombre de 35 años padre de siete hijos. “A mi mujer le dieron un taburete en el que sentarse. Fueron muy amables, nunca podré olvidarlo”.

Como muchos en el campo, él no tiene planes de regresar pronto a casa. “En pashto decimos: “Si una madre no tiene leche, ¿cómo puede alimentar a su hijo?”. Afganistán es un país pobre y aún así nos han ayudado” dice Rahmatullah. “Todos los que venimos de Waziristán estamos agradecidos por ello”.

Por Nayana Bose en el campo de Gulan, Afganistán

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