Jugando con blancas: “Lo confieso: soy fallero (y no me arrepiento)”

perisllorcaJesús Peris Llorca
Presidente de la Asosicació de Estudis Fallers
Profesor de Literatura Española en la UV

Muchas veces, en esta ciudad nuestra, cuando alguien confiesa que es fallero, o que le gustan las fallas, que no quiere huir de ellas, o simplemente no marca afectadamente distancia con ellas, debe pasar inmediatamente a una actitud defensiva. “Me gustan las fallas, pero…” “Aunque soy fallero no creas que…” y cosas semejantes.

Pues sí, soy fallero, soy filólogo y me considero de izquierdas. Pero no pienso añadir conjunciones adversativas. Todo eso es verdad, y no veo ningún problema en ello. Es más, todo lo contrario.

Siempre he pensado, que el antifallerismo militante no es más que la versión guay del autoodio. Y más aún, una forma de clasismo. O de arribismo imaginario. Ser antifallero, o ser displicente con las fallas, es una manera muy sencilla de marcar distinción: no soy como esos horteras. Como dirían los clásicos, ser antifallero es una manera de “bufar en caldo gelat”. Luego pueden hablar del pueblo, de las clases trabajadoras, y qué se yo. Pero son palabras, conceptos abstractos. La gente real, los gustos de la gente real, las cosas que hace la gente real, les producen urticaria.

Siempre he pensado, que el antifallerismo militante no es más que la versión guay del autoodio

Y sí, lo sé: hay elementos en las fallas muy cuestionables. Estéticamente no siempre son precisamente brillantes. Y el franquismo marcó su impronta en ellas: jerarquías internas, tutela del poder municipal, pompa oligárquica, ritas en el balcón, carpas en la calle que cortan calles innecesariamente y roles genéricos un tanto desfasados. Lo sé. El franquismo marcó su fisonomía en momentos muy decisivos de su evolución. Que me gusten las fallas no quiere decir que no vea esas cosas, o que no sea crítico con ellas. Pero soy crítico desde dentro. Me niego a impugnarlas a la totalidad. Porque las fallas son muchas otras cosas más.

Por ejemplo: las fallas son una noche de marzo de 1982 y yo, con diez años, viendo la cremà de la falla de la Plaza del Ángel de la mano de mi padre. Son el piso de mi abuela en la calle Mare Vella donde pasábamos esos días. Es un tiempo mágico, cerrado sobre sí mismo, irrecuperable. Y, sin embargo, la luz de marzo y el sonido de las tracas me devuelve algunos ecos de aquellos días a los que no estoy dispuesto a renunciar. Las fallas son una parte importante de mi memoria sentimental. Me niego a cederla, a dejársela a otros para que la administren interesadamente, para que edifiquen populismos sobre ellas, que ocultan sus corrupciones. Y, si las abandonamos todos, serán eso solamente. Y me niego también a avergonzarme de ellas.

Las fallas son casi 400 asociaciones en cada barrio de la ciudad. En los barrios pijos, sí, exclusivas y elitistas. Pero en los barrios populares también. Son casales abiertos cada viernes, son “cacaus i tramusos”, sociabilidad cálida en una ciudad crecientemente irrespirable. Es una red asociativa y humana, es sociedad civil.

(Las Fallas) son casales abiertos cada viernes, son “cacaus i tramusos”, sociabilidad cálida en una ciudad crecientemente irrespirable.

Son innumerables iniciativas culturales, obras de teatro, exposiciones, llibrets. Las fallas fueron un espacio de resistencia para el valenciano escrito. Es verdad que fueron pasto de las interesadas divisiones ortográficas e identitarias en los años 80. Pero es verdad también que muchas comisiones falleras hoy lanzan cada años verdaderos volúmenes misceláneos, divertidos, eruditos, divulgativos, en un valenciano correcto y digno. Son cultura escrita valenciana y en valenciano que sale de la sociedad valenciana para ella misma.

Las fallas son una fiesta que devuelve las plazas y las calles a los peatones, a los niños que juegan a pelota y tiran petardos (porque tirar petardos no es necesariamente vandalizar). Son una utilización diferente del espacio público. Es verdad que se han abusado de las carpas con la complacencia municipal. Pero es verdad también que las fallas vuelven a convertir las calles en espacios usados por la gente, en lugares de reunión.

Quienes rechazan en bloque las fallas, no se han acercado a verlas con detalle. Y las confunden con la pompa oligárquica de la alcaldesa, la Junta Central Fallera, la fallera mayor y las masas como figurantes. Pero las fallas son cada falla. Y existe mucha más diversidad ideológica y estética de la que muchas personas piensan. Existen fallas que hacen sátira real y fallas que, de la mano de artistas como Anna Ruiz, o Giovanni Nardin, o Miguel Arráiz, o Víctor Valero, o muchos otros en realidad, son instalaciones artísticas efímeras que salen a la calle a buscar a su público.

Quienes rechazan en bloque las fallas, no se han acercado a verlas con detalle (…) Las fallas son y serán lo que los falleros hagan con ellas y de ellas.

Otras fallas son posibles, por lo tanto. Pero además una parte de esas fallas ya es aquí y ahora. Las fallas son y serán lo que los falleros hagan con ellas y de ellas. Por eso mismo, también los que las rechazan en bloque contribuyen a que sean exactamente como son. Ojalá podamos ver unas fallas que sean un reflejo de la diversidad que la sociedad que las hace. Pero eso depende de todos.

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3 Responses to "Jugando con blancas: “Lo confieso: soy fallero (y no me arrepiento)”"

  1. Juan Antonio Navarro Bonanad  22 de marzo de 2014 at 20:48

    Gracias por expresar lo que muchos de nosotros, falleros como tu, sentimos
    Tras los ataques furibundos de intelectuales de periódico, es reconfortante leer unas líneas que expresan unos sentimientos con los que me identifico totalmente
    Gracias una vez más, no nos conocemos, he sido presidente de la Falla Plaza Lope de Vega durante 22 años y comparto contigo absolutamente cada línea de tu artículo
    Vívan las Fallas y nunca no avergoncemos de decir que somos falleros

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  2. Antonio Ruiz  24 de marzo de 2014 at 21:03

    M’agraden la majoria de coses que reflectixes al teu article i em sembla que des de la teua posició hauries de lluitar més per totes eixes qüestions que només es fan de tant en tant i que no posen de relleu la llavor cultural que ha d’assumir la festa, al menys no tenen el ressò adient.
    D’altra banda he pogut constatar que els fallers no estan aveats a parlar en la nostra llengua, perquè no es fan esforços en eixe sentit, tanmateix el teu article tampoc ha sigut escrit en valencià.
    Personalment, el que crec es que sobren un munt de comissions que haurien de integrar-se en unes altres per fer monuments de qualitat, per la qual cosa no harien de ajudar-se als monuments de cap valor artistic.

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  3. Manuel Miralles  23 de marzo de 2016 at 18:36

    Unes reflexions no per ser de sentit comú, menys interessants, enhorabona per aflorar una realitat amagada per interessos polítics que s’han demostrat que van en contra de la ciutadania, que han intentat amb clar èxit fins fa poc, desmembrar l’associacionisme social de la ciutat de València i de tot el País, intentant buidar de contingut la resposta social a la barbàrie política i cultural, “folcloritzant” en el pitjor sentit del terme, les falles i qualsevol expressió cultural del “poble” valencià, reduint-ho a un sainet encarcarat i ple d’autoodi cap el propi tresor d’aquest poble, la creativitat, la generositat, la llengua, la dignitat i també la festa.

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