4 de julio de 2014
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Los significantes vacíos, ETA y el bucle del odio

jose-antonio-palaoJosé Antonio Palao Errando
Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la  Universitat Jaume I de Castelló

Ya nadie cree en verdades eternas, afortunadamente. Al menos, no en lo que afecta a la política y a las cosas públicas. Todas las verdades y los objetos que el positivismo y el marxismo ortodoxo, que han compartido el mismo fondo ontológico durante siglo y medio sin problemas, dieron por incuestionables se han desvanecido en el aire. Supongo que la inmensa mayoría de los que puedan leer esta columna no han de ser especialistas en “ciencia” política, ni en semiótica, ni en filosofía del lenguaje o psicoanálisis. Si hubieran de serlo, menudo negocio estaríamos haciendo los que trabajamos en VLCNoticias. Pero al menos, si son seguidores de la actualidad, habrán visto que una serie de nuevos términos han aparecido en nuestro vocabulario y en nuestro entorno simbólico. No son palabras nuevas, sino “significantes” nuevos; palabras que ya existían pero que han sido reactualizadas. Probablemente, las dos más llamativas en los últimos tiempos han sido hegemonía y populismo.

No son palabras nuevas, sino “significantes” nuevos; palabras que ya existían pero que han sido reactualizadas. Probablemente, las dos más llamativas en los últimos tiempos han sido hegemonía y populismo.

Pues bien, detrás de todos estos movimientos está el nombre del triste y recientemente desaparecido politólogo -argentino, pero que desarrolló casi toda su actividad académica e intelectual en la británica Universidad de Essex- Ernesto Laclau. Su pensamiento es esencial porque ha pasado de ser analítico (de estudiar la política) a, como a él le gustaría decir, ser performativo: sus postulados se han convertido en acción. Laclau parte de una conexión que transita desde el marxismo hacia la lingüística, el psicoanálisis y la filosofía del lenguaje contemporáneas para acabar postulando que “la sociedad no existe”, es decir, no es un objeto de estudio estable y predefinido como querrían la economía y la sociología positivistas, de las que se nutre el neoliberalismo con sus estadísticas, sus encuestas y sus leyes del mercado. Pero tampoco está determinada por las leyes eternas de la relación entre las fuerzas productivas y la lucha de clases, como quedaba esperando el marxismo ortodoxo.

Eso produce un campo nuevo para la estrategia y la acción política. Dado que la sociedad no es un todo orgánico, sólo es posible que una parte de ella se convierta en hegemónica a través de las luchas democráticas y, pese a su parcialidad, acabe representando al todo. No otra cosa está detrás de las luchas populares actuales en América Latina. Y no otra filosofía está detrás de Podemos: si nada está inscrito en las leyes eternas de la economía, llámese mercado o llámese lucha de clases, la voluntad política es determinante, luego “sí se puede”. De aquí, de paso, la otra palabra que se ha puesto de moda en el lenguaje político de los últimos tiempos, populismo. Lo que he hace Laclau en sus dos principales libros Hegemonía y estrategia socialista y La razón populista  es articular un razonamiento de una lógica radical. Si no hay verdades eternas, no hay significados eternos, extremo en el coincide, haciendo las especificaciones pertinentes, con todas las corrientes lingüísticas y filosóficas contemporáneas. Si una parte de la sociedad ha de convertirse en representante de la totalidad, en pueblo, ello se consigue a través de las batallas simbólicas y retóricas en un espacio de enfrentamiento democrático en el que las demandas sociales insatisfechas se articulan por un proceso de equivalencia que construye un nuevo antagonismo: lo que era una subordinación vista como natural, a través de estos desplazamientos de sentido, acaba viéndose como una opresión contra la que luchar. Prácticamente todas las conquistas sociales democráticas contemporáneas han procedido de esta manera, a través de los desplazamientos de sentido: las de las mujeres, las de los trabajadores, las de los indígenas americanos, las de los afroamericanos de los Estados Unidos, las de los gays, etc.

Y no otra filosofía está detrás de Podemos: si nada está inscrito en las leyes eternas de la economía, llámese mercado o llámese lucha de clases, la voluntad política es determinante, luego “sí se puede”.

El núcleo ideológico de Podemos, constituido por aplicados lectores de Laclau y su máximo predecesor en la esfera del marxismo, Antonio Gramsci, ha realizado un magnífico ejercicio de este tipo de desplazamiento de sentido. Si el sistema liberal parlamentario se daba como natural (al menos, como representación legítima de la sociedad), el 15M empezó problematizando el asunto con su “no nos representan”; de ahí se pasó a llamar al sistema bipartidismo, y a los dos partidos que repartían alternativamente el poder, casta. No interesaba la vieja oposición izquierda-derecha, por reputarla como demasiado cercana a la órbita simbólica del bipartidismo y empezó a desprestigiarse esta oposición y sustituirla por casta frente a gente, sustantivo éste último al que se le suele añadir, para hacer más patente la diferencia con la casta, el adjetivo decente. Como vemos, para la teoría hegemónica de Laclau son muy importantes lo que él llamó significantes vacíos, esas palabras unidades simbólicas que no son inventadas ni nacidas de la nada, sino que son unidades de significación perfectamente articuladas, que en la lucha hegemónica se vacían de su antiguo significado para pasar, de representar a algo singular o diferencial, a ser un emblema que aglutine en su equivalencia las reivindicaciones de grupos en principio heterogéneos y les permita ensamblar su unión en la lucha contra la opresión, es decir, articular un nuevo antagonismo.

Pero bueno, en Laclau, la construcción hegemónica dista de ser considerada una especie de técnica a disposición del consumidor, si no equivaldría a una mercadotecnia, o a una fórmula publicitaria. Vamos que construir una hegemonía es un proceso complejo que no debe confundirse con algo así como la viralización, el posicionamiento de marca o la consecución de que una consigna se convierta en tendencia  (en trending topic). De ahí, que el podemos sea siempre relativo. Podemos es una gran consigna contra las leyes del mercado o la troika, siempre que no pase a significar “lo podemos todo (cualquier cosa)” como algunos neoadeptos de la formación de Pablo Iglesias parecen creer. El proceso antagónico es un proceso de interacción (o mejor de accción-reacción) sin un resultado exactamente prefijado y el mismo Laclau, si bien hablaba de lucha social, se distancia de la dialéctica clásica (hegeliana o marxista) que siempre resultaba en una utópica (en el mal sentido de la palabra, que uno bueno para mí sigue teniendo) reconciliación final de toda la sociedad consigo misma.

Podemos es una gran consigna contra las leyes del mercado o la troika, siempre que no pase a significar “lo podemos todo (cualquier cosa)” como algunos neoadeptos de la formación de Pablo Iglesias parecen creer.

Por tanto, el proceso hegemónico no es una técnica sino una adecuada descripción estructural de la dinámica política, sobre todo en las democracias liberales. De que ello es así, da buena muestra el trabajo retórico-político de las fuerzas conservadoras que ha acabado cristalizando en la ideología neoliberal. Términos como mercado, han terminado siendo auténticos significantes vacíos que se han alejado de su sentido anterior para acabar significando algo así como las leyes eternas de la economía. Y muchos otros términos como patria, democracia, constitución, España, y un sinfín, de los que podríamos rastrear derivas análogas.

Pero hay un término muy  triste que ejemplifica perfectamente estas operaciones retóricas de la derecha. Éste no es otro que ETA. ¿Qué es ETA? Sabemos lo que fue: una banda terrorista que asoló todos los territorios del Estado Español durante décadas con sus ataques indiscriminados a la población. No otra cosa es el terrorismo: una violencia injustificable porque, independientemente de su origen y sus posibles causas políticas, se ejerce masivamente y ello homogeneíza a todas sus víctimas en la categoría de inocentes. Ahora bien, los sistemas simbólicos y mediáticos son aparatos enunciativos en movimiento. Los significados son una ilusión de estabilidad, porque no corresponden a ninguna categoría ontológica, no tienen fijeza alguna sino un valor producto de su correlación con otras unidades en un sistema, como hemos visto. Y eso va cambiando. Primero, fijar ese sentido ya fue un trabajo simbólico arduo y aplicado. Que ETA pasara a ser denominada siempre junto al epíteto “banda terrorista” y no “brazo armado” o “grupo guerrillero” (o, en un bluff estratégico de la propia derecha, “movimiento vasco de liberación”) fue un proceso lento pero inexorable de trabajo retórico y mediático.

Que ETA pasara a ser denominada siempre junto al epíteto “banda terrorista” y no “brazo armado” o “grupo guerrillero” fue un proceso lento pero inexorable de trabajo retórico y mediático.

Esa banda, como sabemos, ha cesado su actividad sangrienta, pero gracias a algunos, sigue muy presente en el espacio simbólico que constituye el sistema mediático español. Ahora, claro, el sistema simbólico es otro: cuando vemos el nombre de ETA asociado a una noticia ya no pensamos en violencia sino en algo bien distinto. Hoy, ver el significante, las tres letritas ETA, viene a significar que se va a intentar descalificar políticamente a alguien que de ninguna forma ha podido ser acusado de corrupción. La cavernícola prensa de extrema derecha española va a conseguirlo. Cada vez que veamos que alguien es acusado de tener relaciones con ETA el lector español sensato va a acabar prediciendo el contenido del texto que sigue: intentan cargarse a alguien pero no han conseguido pillarle ningún pufo así que se aferran al último recurso. Al final, como no lleven cuidado, la opinión pública española, que durante otro tiempo asoció ETA con brutalidad, irracionalidad antidemocrática, violencia y sadismo va a acabar asociándolo, por antítesis, con decencia, bonhomía y honestidad. Si te acusan de ser de ETA o de colaborar con ella es que no eres un corrupto, porque si hubieran encontrado cualquier mínima posibilidad de involucrarte en un caso de corrupción, que es el instrumento de descalificación privilegiado en el sistema político-mediático del bipartidismo, se hubieran cebado directamente en ello. Así pasó con personas tan distintas como Zapatero, Ada Colau y, ahora mismo, Pablo Iglesias.

Esta deriva del sentido, que ha supuesto las más innumerables chanzas en las redes sociales y en la misma prensa cada vez que la derecha asimila a alguien a ETA (chistes sobre la colETA, de Pablo Iglesias, si como bocadillos de pancETA, etc.) la originó el propio PP cuando, tras perder las elecciones de 2004, decidió sacralizar el consenso  constitucional (obviamente algo sacralizado e inviolable es un dogma no un consenso) y dejar de respetar el consenso político que consistía en no utilizar el terrorismo como arma de confrontación electoral. Y a veces le funciona, porque si como hemos comenzado diciendo, ya nadie cree en verdades eternas, sin embargo, casi todo el mundo cree en mentiras eternas. Y las teorías de la conspiración son un recurso derechista de toda la vida (recuérdese a McCarthy o el contubernio judeo-masónico de Franco).

…las teorías de la conspiración son un recurso derechista de toda la vida (recuérdese a McCarthy o el contubernio judeo-masónico de Franco)…

Ahora bien, dicho todo esto, a mí hay otro aspecto que me preocupa y es la reacción, a mi entender desproporcionada, de Pablo Iglesias y su entorno a esta provocación entre hilarante y casi elogiosa: insisto, no se acusa a nadie de pertenecer o coincidir en intereses con ETA si no es porque no se le ha podido acusar de corrupción, que es el arma política por excelencia en los sistemas liberales bipartidistas desde hace más de dos décadas. Se han dedicado a desmentirlo no sólo a través de todas las redes sociales, sino, pese a que se presenten exclusivamente como víctimas del sistema mediático, de los muchos medios de difusión que tienen a su disposición: radio, televisión (Cuatro u La Sexta, aunque no sólo) y prensa.

Todo ello me lleva a pensar en otro componente esencial en estos juegos de lenguaje de los que hablaba Laclau. Muchos de los politólogos que lo siguen parecen convencidos de que estos juegos de lenguaje sólo hacen referencia a la estructura lingüística, con una cierta derivación antropológica y social en todo caso. Pero llevo toda mi vida insistiendo en que el sistema mediático y los discursos audiovisuales, y más en este polifónico e (esta palabra sí que me la acabo de inventar) hiperenunciativo mundo digital, tienen leyes de refracción propias que no conviene soslayar. De hecho, cuando uno insinúa o intenta poner sobre el tapete de los análisis políticos que Pablo Iglesias se diera a conocer como figura televisiva, parece que eso no tiene importancia alguna y siempre he recibido la callada como respuesta. El lenguaje no es un instrumento, es el hábitat hostil, la otredad absoluta en la que el sujeto busca su representación. Lo dijo Heidegger, lo dijo McLuhan, lo asentó definitivamente Jacques Lacan. Eso vale para las lenguas, pero también para las emisiones televisivas. No se trata de ir a los medios a pedirles un espacio en su agenda desde que defender opiniones distintas a las dominantes. Se trata de que esa agenda y esos medios tienen una pregnancia y un poder estructural (no sólo económico o empresarial) y semiótico con el que hay que contar continuamente.

…a mí hay otro aspecto que me preocupa y es la reacción, a mi entender desproporcionada, de Pablo Iglesias y su entorno a esta provocación entre hilarante y casi elogiosa…

¿Un medio es simplemente un arma, un elemento neutro, y sólo define su valor la mano que la utiliza? Un misil nuclear, bomba de racimo o el gas mostaza son inmorales los use quien los use. No se trata del moralismo banal de que el fin no justifica los medios, sino de no dejar pasar inadvertido que los medios moldean (modelizan, determinan) los fines. McLuhan lo enunció a su lapidaria manera, que no compartimos al cien por cien como diagnóstico, pero que es muy reveladora como síntoma: el medio es el mensaje.  Evidentemente, el ensamblaje, el acercamiento entre la teoría política de corte laclauiano o gramsciano y la comunicología y el resto de ciencias que se ocupan de los discursos sociales efectivos, como la semiótica o los cultural studies, está aún por hacer, aunque algunos pasos se estén ya dando en ese sentido.

Pero a mí no deja de preocuparme que, utilizando la afectividad y las lógicas de constitución de un sujeto popular hegemónico (lo que se llama normalmente populismo), pese a que han conseguido en muchos casos progresos sociales evidentes, y pese a que consiguen luchar mejor que en otras épocas contra los aviesos ataques del imperialismo y del FMI, los movimientos populares latinoamericanos precisamente encallen en su aspecto mediático. El chavismo, el peronismo kirchnerista, Correa, Morales, Ortega se enfrentan a opiniones públicas brutalmente divididas y enaltecidas por los grupos mediáticos que me da la impresión que pueden acabar en una especie de sacralización del antagonismo, pretendiéndolo eterno, tan perniciosa como son en España los intentos de sacralización fraudulenta del consenso del 78. El antagonismo es un instrumento de lucha popular, es irrevocable como forma de articulación de la lucha política, si no creemos en que va a haber una utópica sociedad apolítica y perfectamente reconciliada consigo misma. Pero eso no significa que cada antagonismo, como formación cultural y política concreta, no deba ir declinando en el propio devenir político e histórico.

Y los media no son inocentes en este sentido. Si el bipartidismo constituyó el debate amañado como forma espectacular de la representación, su paralelo mediático lo constituyen el circo mediático de los talk show y la crónica rosa que consisten en un auténtico bucle del odio intransitivo. El odio, como el amor, pueden ser armas políticas perfectamente válidas: odiar al opresor es necesario. Pero cuando se esclerotizan en un bucle espectacular, que además es un negocio, y no tienen más fin que perpetuarse, son siempre un arma conservadora, porque no hacen más que reforzar el pensamiento hegemónico y status quo establecido. Y fíjense que hablo de bucle, no de espiral: al sistema le interesa que permanezcamos odiándonos, pero inconsecuentemente, establemente, inactivamente, sumisa y homeostáticamente.

Si el bipartidismo constituyó el debate amañado como forma espectacular de la representación, su paralelo mediático lo constituyen el circo mediático de los talk show y la crónica rosa que consisten en un auténtico bucle del odio intransitivo.

Insisto: me preocupa no tanto que un cierto agente mediático de ideología nada dudosa haya relacionado a Pablo Iglesias con ETA como la reacción multi e hipermediática de Podemos. Porque la impresión es que su preocupación no era la gente sino la audiencia, el electorado, la opinión pública. Y yo no quiero que me cuelen el gol que Obama (ahora tan amante del soccer) le coló al pueblo americano. Yo quiero poder cambiar la realidad de la opresión capitalista no que gane las elecciones un señor con coleta o un afroamericano. Nada en contra de esto último si sirve a lo primero, pero ninguna simpatía si ello significa entrar en ese bucle del enfrentamiento y del odio que no sirven más que para perpetuarse como show business.

El problema es que cuando se entra en ese bucle es prácticamente imposible salir de él, porque es un circo cerrado. Lo más que puede pasar, como contingencia particular intrascendente, es que te caigas, no lo que lo atravieses. Ante los ataques mediáticos, no se trata de no responder, sino de no contestar, de no alimentar el vicioso bucle insistiendo en un discurso que con nuestra réplica perpetuamos. No se trata de no hacer caso de la cháchara fascista. Se trata de no entrar al trapo. Los juegos de lenguaje no se agotan en sí mismos tienen efectos reales. No todo se acaba en el juego de las significaciones, hay cosas con las que es mejor no jugar.  Es el drama en general del ser hablante: no podemos predecir los resultados de nuestros actos, pero estamos obligados a calcularlos porque vamos a ser responsables de ellos.

¿Qué puede significar hoy ser revolucionario? No un estúpido salir fuera de un capitalismo que en la fuerza centrípeta de su bucle carece de exterior. Pero, tal vez, sí puede consistir en no sentirse obligado a tapar sus grietas continuando con nuestras réplicas la cháchara vacía de la que se alimenta el sistema. Hay una sobredeterminación compleja de los sentimientos éticos en los tiempos que nos ha tocado vivir. Los psicoanalistas, por ejemplo, podrían enseñarnos mucho al respecto si no se dejan arrastrar por lo imaginario del bucle, si no cejan en su deseo de mirar más allá del círculo, hacia su extimidad (ellos me entienden).

2 Comments Deja una respuesta

  1. Desconozco en qué ha consistido exactamente la respuesta a la acusación de ser la ETA. Pero si la respuesta ha sido tan intensa, puede deberse a una diversidad de factores. Uno es la existencia real de algún vínculo con el movimiento en pro de los presos -sometidos a condiciones excepcionales, en una especie de venganza encubierta por no poderles aplicar la cadena perpetua o la pena de muerte-, una actividad justificable, pero tal vez dañina en términos de imagen, no, probablemente, para el electorado de izquierdas de Podemos, pero sí para esa otra parte de sus votantes nutrida de personas apolíticas cuya vida va cada vez a peor, y, sobre todo, pensada, creo yo, para impedir que esa clase e electores aumente, y, también, para meter presión al PSOE en caso de hipotéticos acuerdos o pactos en las autonómicas, las municipales y las generales. Comoquiera que sea, tienes razón: por A o por B, ellos han sentido la necesidad de deshacerse de ese significante, el peor sambenito que se puede colgar a alguien en España, porque es el de memoria más reciente y dolorosa.

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