30 de enero de 2014
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¡P’a morfinómanas, las nuestras!

miguel-angel-almodovarMiguel Ángel Almodóvar
Sociólogo, investigador y divulgador

Hace unos días, el 26 de enero, en el museo Hammer de Los Ángeles, California, USA, se ha inaugurado una exposición, Tea and Morphine: Women in Paris, 1880 to 1914, que incluye una colección de obras, la gran mayoría pertenecientes a la afamada colección de grabados franceses de Elisabeth Dean, con las que se pretende ilustrar la representación de la mujer en el cambio de siglo francés, cuando el “eterno femenino” empezaba a perder su dramática eternidad asistiendo a universidades y escuelas, participando en tertulias intelectuales, y dando los primeros pasos en el camino de abandono de la dependencia y el sacrificio para valerse por sí mismas como seres humanos adultos.

En la muestra, un centenar de obras, grabados e ilustraciones de 43 reconocidos autores, se acredita y refleja el progresivo cambio de percepción de la figura femenina, basculando entre la idealización del té, y los aspectos más sombríos referenciados en la morfina.

Eran aquellos momentos de prosperidad, de progreso científico-técnico y de esperanzas de futuro, pero a la vez de siniestra decadencia periférica y de una incipiente angustia vital que eclosionaría muy pronto con el inicio de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial.

Así, en la muestra hay imágenes angelicales, como Beatrice, del grabador francoitaliano Alfredo Müller y fechada en 1899, didácticas, con mujeres incorporadas a la vida urbana o leyendo atentamente una obra filosófica, y, en el extremo, dramas de hondo calado, como en las obras La morfina, del francés George Moreau de Tours, de 1891; La morfinómana, del suizo Eugene Grasset firmada por el autor en 1897; o Adictas a la morfina, del grabador Paul Albert Besnard, fechada en el mismo año. Y hasta aquí todo en orden y en perfecto estado de revista, pero justo en ese mismo punto cabe preguntarse por qué el fenómeno se circunscribe a París y se deja a un lado Barcelona, donde justamente en los mismos años se desarrolló una transformación sociológica casi idéntica, con su correlato artístico incluido y en unas proporciones y expresividad que no Nos atrevemos a calificar de mayor proporción por no caer en el retruécano de aquel burgués catalán del textil que en la obra teatral Nuestra Natacha de Alejandro Casona y para que la protagonista se hiciera una idea de cómo era París, le resume: “¿Cómo le diría yo?… como un Barcelona, pero en pequeño”. Porque puestos a sacer pecho, en el Gran Café Restaurante Continental, abierto en 1884; en el Café del Circo Español, que lo hizo un año después; o en la terraza del Café Pelayo, inaugurada en 1886, se despachaba tanta o más morfina que en los cafés parisienses, que las damas de postín y descarrió de la alta burguesía barcelonesa se relacionaban en reuniones donde juntas se inyectaban la sustancia con unas lujosas jeringuillas Pravaz, con frecuencia adornadas con metales preciosos, brillantes y lapislázuli, y que a mayor y casi definitivo abundamiento si los visitantes de la exposición Tea and Morphine: Women in Paris, 1880 to 1914 se quedan ojipláticos ante las mencionadas obras expuestas, tendrían que esperar a ver los lienzos de Santiago Rusiñol, él mismo morfinómano entre 1889 y 1899, Antes de la morfina y Morfinómana. Sin ir más lejos.

En unos días, que se postulan con fuerza a siglos, en los que personajes y personajeros acuden a programas de máxima audiencia televisiva para presumir ufanos de haberle puesto los cuernos a su pareja hasta en el chip del carné de identidad, haber estafado vilmente a unos miles de ancianas o ser del mismo pueblo que el asesino en serie de la motosierra, Nos concedemos licencia para decir orgullosos que p’a morfinómanas las nuestras y que a quien Dios se la dé san Pedro se la bendiga.

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