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El primer belén lo ideó y realizó San Francisco de Asís

Gruta del Pesebre en Greccio (Lazio, Italia).

Gruta del Pesebre en Greccio (Lazio, Italia).

REL Algunas de las características y objetivos espirituales del primer belén navideño, ideado por San Francisco, se han atenuado. ¿Qué tenía en mente el Pobrecillo de Asís cuando hizo su primera propuesta? La respuesta a esta pregunta se remota a las Fuentes Franciscanas y la expone Riccardo Barile en La Nuova Bussola Quotidiana:

El modelo por excelencia de pesebre cristiano es el primer belén montado por San Francisco de Asís en Greccio, en 1223. Hoy en día, debido al enrarecimiento de la cultura cristiana, cada vez son menos las personas conscientes de esta fundamental noticia histórica y, entre los pocos que sí la saben, son escasos los que conocen los relatos detallados en las Fuentes Franciscanas. Ahora bien, por ellas se sabe que no sólo Francisco montó por primera vez un nacimiento haciendo revivir las tradiciones antiguas y adaptándolas a la sensibilidad de los nuevos tiempos, sino que estaba especialmente preocupado por recrear un contexto concreto para que surgieran ricos frutos espirituales.

Por lo tanto, la lectura de las Fuentes Franciscanas, en particular de Tomás de Celano, puede proporcionarnos distintas y agradables sorpresas y ser, aún hoy, el modelo ideal para la preparación del belén y de los frutos que de éste se desprenden. Ciertamente, no se trata de repetir, necesariamente, los acontecimientos de entonces, sino de asimilar su espíritu.

Presentaremos el relato en tres fases distintas y sucesivas, que parecen bien diferenciadas por el texto.

Primera fase: el “ver” y las personas vivas
Dejemos hablar al texto: “Había en ese barrio un hombre llamado Giovanni, de buena fama y de vida aún mejor, muy apreciado por el beato Francisco porque, aunque era noble y muy respetado en su región, estimaba más la nobleza del espíritu que la de la carne. Unas dos semanas antes de la Fiesta de la Natividad, el beato Francisco, como hacía a menudo, lo llamó y le dijo: ‘Si quieres que celebremos en Greccio la Natividad de Jesús, ve por delante y prepara lo que te digo: me gustaría representar al Niño nacido en Belén, y de alguna manera ver, con los ojos del cuerpo, las incomodidades a las que tuvo que enfrentarse debido a la carencia de cosas necesarias para un recién nacido, cómo tuvo que estar en un pesebre, tumbado en el heno entre un buey y un asno’. En cuanto lo hubo escuchado, el fiel y piadoso amigo se fue, diligente, a preparar todo lo necesario en el lugar elegido, según el deseo expuesto por el Santo” (Tomás de Celano, Vida primera de San Francisco 1,30,84 en Fuentes Franciscanas 468).

Posteriormente, el belén se concretó en figuras. Así son nuestros belenes, aunque no todos, porque si bien son raros, aún hay belenes vivientes (de manera análoga a las dramatizaciones de la Pasión de Cristo en Semana Santa). Para San Francisco el belén se hacía, en cualquier caso, con personas y creyentes, como se lee en el documento –el creyente Giovanni– y como veremos en el texto siguiente, que habla de la gente que acudía. También hoy deberían ser los creyentes los que protagonizaran el belén, precisamente por su fe.

Está bien enriquecer el belén, pero siempre que no vaya en detrimento de lo que en castellano se denomina el misterio: el Niño Dios, la Virgen María y San José, con la Adoración de los Reyes Magos.

Está bien enriquecer el belén, pero siempre que no vaya en detrimento de lo que en castellano se denomina el misterio: el Niño Dios, la Virgen María y San José, con la Adoración de los Reyes Magos.

Pero esto no acaba aquí. San Francisco quería “ver” el hecho histórico, la escena evangélica, la condición humana y pobre del nacimiento del Redentor. Por lo tanto, dos eran las preocupaciones o inspiraciones: el anhelo visual, pero también la “corrección visual” inspirada en los Evangelios. La “corrección visual” siempre ha sido fundamentalmente conservada en la tradición, pero hoy empieza a venirse abajo en cuanto que el belén empieza a parecerse a… los carros del carnaval de Viareggio, donde hay de todo con tal de que sea actual: personajes políticos o de referencia cristiana actuales, personajes fantásticos, personajes ideológicos. De este modo reaparece la tendencia a vernos a nosotros en lugar de ver a Jesucristo y, en el fondo, es el mismo proceso que se da en los “abusos” en la liturgia, copiados con “abusos” similares en el nacimiento.

Pero el mensaje del pesebre de San Francisco va en otra dirección: ver. Y ver correctamente.

Segunda fase: no sólo representación histórica y emotiva, sino también celebración y conversión
En realidad, la representación era una celebración donde solía llevarse a cabo, incluso con particular intensidad, el ministerio de la predicación, que daba sentido al acontecimiento evitando que dicho sentido procediese solo de la emotividad fruto de la reconstrucción de Belén.

Dejemos hablar al relato: “¡Y llegó el día del gozo, el tiempo del júbilo! Para la ocasión había convocados muchos frailes procedentes de distintos lugares; llegaron hombres y mujeres, alegres, desde los caseríos de la región. Cada uno llevaba algo según su propia posibilidad, cirios y antorchas para iluminar esa noche, en la que resplandeció maravillosa en el cielo la Estrella que iluminó todos los días y los tiempos. Al final llegó Francisco: vio que todo estaba predispuesto según su deseo y estaba radiante de alegría. Se montó el pesebre, se puso encima el heno y se introdujeron el buey y el asno. En esa escena conmovedora brillaba la sencillez evangélica, se alababa la pobreza, se recomendaba la humildad. Greccio se había transformado en una nueva ciudad de Belén. (…) El Santo está allí, estático, ante el misterio, su espíritu vibrante de compunción y de gozo inefables. Después el sacerdote celebró solemnemente la Eucaristía en el belén”. Aquí, la versión de San Buenaventura precisa que San Francisco, a causa de las restricciones a la celebración fuera de los edificios de culto, “para que esto no fuera adscrito a deseo de novedad, pidió y obtuvo con anterioridad el permiso del Sumo Pontífice” (Leyenda mayor de San Francisco 10, 7 en Fuentes Franciscanas 1186).

Retomemos el relato de Tomás de Celano. Francisco saborea una consolación que no había sentido nunca antes y, mientras tanto, “se ha revestido con los paramentos diaconales, porque es diácono, y canta con voz sonora el santo Evangelio: esa voz fuerte y dulce, limpia y potente cautiva a todos y les hace desear el cielo. Después habla al pueblo y con palabras muy dulces vuelve a evocar al Rey recién nacido pobre y la pequeña ciudad de Belén. A menudo, cuando quería nombrar a Jesucristo, enfervorizado de amor celestial, lo llamaba el Niño de Belén. Ese nombre, Belén, lo pronunciaba llenando su boca de voz y, sobre todo, de tierno afecto, produciendo un sonido como el balido de una oveja. Y cada vez que decía Niño de Belén o Jesús, pasaba la lengua sobre sus labios, como paladeando y manteniendo toda la dulzura de esas palabras” (Vida primera de San Francisco, 1,30,85-86 en Fuentes Franciscanas 469-470).

No sólo esto. Un pasaje posterior lleva a la conversión de muchos presentes cuando, a un hombre virtuoso –tal vez el mismo Giovanni–, le parece que Francisco despierta al Niño de un sueño profundo y esto era imagen de lo que estaba sucediendo, “porque, por los méritos del Santo, el niño Jesús resucitaba en el corazón de muchos que lo habían olvidado, y el recuerdo de él permanecía grabado profundamente en su memoria. Cuando terminó esa vigilia solemne, cada uno volvió a su casa lleno de una alegría inefable” (Vida primera de San Francisco, 1,30,86 en Fuentes Franciscanas 470).

Por lo tanto, el belén se concreta en el sacramento de la Eucaristía y en la predicación de San Francisco, que así manifiesta pública e intensamente su amor y su fe en el Redentor. De este contagio beneficioso surgen conversiones, retornos a la vida cristiana. También hoy el nacimiento –en su montaje y en su presentación definitiva– requiere que quienes lo preparan tengan un vínculo con la Palabra y la Eucaristía y la conversión. Pero habla también de todo esto a quienes lo miran, porque quien no está dentro del hecho cristiano –porque no lo vive o porque no es cristiano–, no puede no preguntarse cómo es posible que algunos monten una escena como ésta, y quién es el protagonista.

Y como nada sucede por casualidad, la falta de fe o la poca fe de algunos explica la prohibición de colocar el nacimiento en lugares públicos: porque no se quiere manifestar la propia fe, demasiado débil o ya desaparecida; porque se quiere fomentar una sociedad sin Jesucristo apoyados en un “respeto” hacia otros a quienes el belén nunca molestaba, pero les planteaba preguntas, y a quienes pide fe, conversión, escucha de la Palabra, frecuencia en los Sacramentos. Justamente como el belén de San Francisco.

Tercera fase: de lo que pasa a lo que queda, del pesebre a una iglesia, de una sola noche a la normalidad sacramental
La “noche del pesebre” de San Francisco tenía que concluir como nuestros belenes, que en un determinado momento desmontamos. Pero la conclusión de Tomás de Celano nos guía a la evolución definitiva del belén de Francisco hacia la estabilidad de la vida cristiana:

“Hoy (1228), ese lugar ha sido consagrado al Señor y encima del pesebre se ha construido un altar y se ha dedicado una iglesia en honor de San Francisco, para que en el lugar donde un tiempo los animales comían el heno, ahora los hombres puedan comer, como alimento del alma y santificación del cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo Nuestro Señor, que con amor infinito se ha entregado a sí mismo por nosotros” (Vida primera de San Francisco, 1,30,87 en Fuentes Franciscanas471).

Ante la experiencia actual de iglesias vacías utilizadas para fines profanos –porque no hay fieles–, el belén de San Francisco se transformó incluso en una nueva iglesia para, así, prolongar el encuentro sacramental con Jesucristo. Es el mensaje final para nuestro pesebre, destinado a aumentar la fe de quien lo ha hecho y de quien lo mira, a quienes el misterio pide, si no exactamente la construcción de una nueva iglesia, sí por lo menos volver a frecuentar las que están casi vacías.

Que San Francisco vele sobre nuestros belenes, nos preserve de los abusos de colocar en él personajes y escenografías extrañas, convierta el corazón de ciertos directores y administradores para que permitan que el pesebre esté presente y plantee preguntas; que nos haga pasar del belén de figuras (o similares) al encuentro sacramental con Jesucristo. Entonces, verdaderamente será una ¡Feliz Navidad!

Traducción de Helena Faccia Serrano.

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