28 de agosto de 2026
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Sumeria: la civilización que cambió para siempre la historia de la humanidad

Hace más de 5.000 años, en las tierras situadas entre los ríos Tigris y Éufrates, surgieron algunas de las primeras grandes ciudades conocidas. Los sumerios desarrollaron sistemas de escritura, administración y matemáticas cuya influencia todavía puede rastrearse en nuestra vida cotidiana.

Mucho antes de Roma. Antes de Grecia. Incluso antes de que se levantaran las grandes pirámides de Egipto, en el sur de Mesopotamia estaba produciéndose una transformación que cambiaría definitivamente la historia humana.

Allí floreció Sumeria.

No fue literalmente la primera sociedad organizada de la humanidad. Existieron asentamientos, culturas agrícolas y sociedades complejas miles de años antes. Pero en Sumer encontramos una combinación extraordinaria de grandes ciudades, instituciones políticas, templos monumentales, especialización laboral y uno de los primeros sistemas de escritura conocidos.

Uruk, una de las primeras grandes ciudades del mundo

Uno de los lugares fundamentales para comprender aquella revolución fue Uruk, situada en el actual Irak.

Hacia el 3200 a. C., Uruk era probablemente el mayor asentamiento del sur de Mesopotamia y quizá del mundo. Sus edificios monumentales estaban construidos fundamentalmente con ladrillos de barro y la ciudad contaba con una sociedad altamente organizada.

El Metropolitan Museum of Art llega a describir Uruk como «la primera ciudad de la historia mundial», aunque la aparición de las primeras ciudades fue un proceso complejo que continúa siendo investigado.

Miles de personas podían concentrarse ahora en un mismo núcleo urbano.

Había agricultores, comerciantes, artesanos, sacerdotes, trabajadores y administradores.

Y semejante sociedad planteó un problema que acabaría provocando una de las mayores revoluciones intelectuales de nuestra especie.

¿Cómo controlar todo aquello?

Cuando el ser humano comenzó a escribir

Había que saber cuánto grano entraba en los almacenes.

Cuántas raciones recibían los trabajadores.

Qué productos se entregaban.

Quién debía qué.

La solución terminó materializándose sobre pequeñas tablillas de arcilla.

Las primeras formas de escritura documentadas en el sur de Mesopotamia aparecen aproximadamente hacia 3300 a. C. Inicialmente eran pictogramas y signos numéricos utilizados principalmente para registrar información económica.

Con el tiempo aquellos signos fueron transformándose.

En lugar de dibujarlos, los escribas comenzaron a presionar un estilete sobre la arcilla húmeda produciendo características marcas en forma de cuña.

Había nacido la escritura que conocemos como cuneiforme.

El British Museum la considera, hasta donde permiten saber las evidencias actuales, la forma de escritura más antigua conocida, originada en el actual Irak antes del 3200 a. C.

Y algo que comenzó fundamentalmente como una herramienta administrativa terminaría utilizándose para escribir leyes, cartas, oraciones, contratos, conocimientos científicos y literatura.

Las matemáticas sumerias todavía están con nosotros

Los habitantes de Mesopotamia desarrollaron también sofisticados sistemas matemáticos.

Una de sus características más extraordinarias fue la utilización de un sistema sexagesimal, basado en el número 60.

Su herencia sobrevivió durante milenios.

Todavía dividimos:

una hora en 60 minutos.

un minuto en 60 segundos.

Y una circunferencia completa en 360 grados.

Es difícil encontrar un ejemplo más cotidiano de cómo una idea matemática desarrollada hace miles de años puede sobrevivir hasta el mundo de los relojes, los mapas y la navegación moderna.

Ciudades en medio de una tierra difícil

La geografía también desempeñó un papel fundamental.

El sur de Mesopotamia tenía tierras extraordinariamente productivas, pero dependía de los grandes ríos y de una cuidadosa gestión del agua.

Las comunidades desarrollaron sistemas de canales e irrigación que permitieron extender la agricultura y mantener poblaciones urbanas cada vez mayores.

Aquello exigía organización.

Había que construir canales, mantenerlos, almacenar cosechas, distribuir alimentos y administrar trabajadores.

Así fueron desarrollándose instituciones cada vez más complejas.

Los grandes templos

La religión estaba profundamente integrada en aquella organización social.

Las ciudades mesopotámicas construyeron enormes complejos religiosos que con el tiempo darían lugar a los característicos zigurats, grandes construcciones escalonadas asociadas a los templos.

No eran simplemente lugares de culto.

Los templos podían desempeñar importantes funciones económicas y administrativas.

De hecho, algunas de las primeras tablillas escritas conocidas parecen estar relacionadas precisamente con la administración de bienes y raciones de grandes instituciones religiosas.

Gilgamesh y el miedo humano a morir

De Mesopotamia procede también una de las obras literarias más antiguas y fascinantes conservadas.

La Epopeya de Gilgamesh cuenta las aventuras de un legendario rey de Uruk y aborda preguntas sorprendentemente modernas.

La amistad.

El poder.

La pérdida.

El miedo a la muerte.

Y la desesperada búsqueda de la inmortalidad.

Una versión del relato contiene incluso una narración de una gigantesca inundación que presenta llamativos paralelismos con tradiciones posteriores sobre un diluvio universal.

¿Quiénes eran los Anunnaki?

Aquí comienza la parte de Sumeria que ha generado innumerables teorías modernas.

Los Anunnaki existieron realmente en la mitología mesopotámica.

Eran un grupo de divinidades cuya composición y funciones variaron a lo largo de las diferentes épocas y tradiciones de Mesopotamia.

Sin embargo, en tiempos modernos han aparecido interpretaciones que los presentan como extraterrestres que habrían llegado a la Tierra y creado o modificado genéticamente a los seres humanos.

No existe evidencia arqueológica que demuestre esa historia.

Los textos antiguos los presentan dentro de un universo religioso y mitológico, no como visitantes procedentes de otro planeta.

Eso no hace menos interesante la religión sumeria.

Al contrario.

Sus dioses permiten comprender cómo aquellas sociedades intentaban explicar fenómenos tan enormes como las tormentas, la fertilidad, las estrellas, la muerte, las guerras y el destino humano.

¿Aparecieron los sumerios de repente?

Esta es probablemente la parte más engañosa de muchas historias virales sobre Sumeria.

No conocemos una mañana concreta en la que los sumerios aparecieran misteriosamente con ciudades, escritura y matemáticas.

La arqueología muestra un largo proceso de transformación.

Durante miles de años antes de Uruk ya existían agricultores, pescadores y comunidades asentadas en Mesopotamia. Posteriormente aumentó enormemente el número y tamaño de los asentamientos hasta desembocar en la revolución urbana del cuarto milenio antes de Cristo.

Incluso el origen exacto de la escritura continúa investigándose. El Metropolitan Museum señala que descubrimientos arqueológicos en Siria y Turquía han hecho más complejo el antiguo relato que atribuía simplemente su nacimiento a Uruk.

Una civilización que nunca desapareció del todo

Sumeria acabaría perdiendo su independencia política.

Llegaron acadios y posteriormente otras grandes potencias mesopotámicas.

Pero muchas de sus ideas sobrevivieron.

La escritura cuneiforme fue adoptada para numerosas lenguas y llegó a utilizarse durante más de 3.000 años.

El propio sumerio dejó finalmente de hablarse como lengua cotidiana, pero continuó siendo estudiado por escribas y utilizado en textos religiosos durante muchísimo tiempo.

Y ahí reside quizá el verdadero misterio de Sumeria.

No necesitamos extraterrestres ni conocimientos inexplicables para convertirla en algo extraordinario.

Hace más de cinco milenios, seres humanos comenzaron a concentrarse en enormes ciudades, inventaron nuevas formas de administrar sociedades, escribieron sus pensamientos sobre arcilla y desarrollaron conocimientos que otras civilizaciones heredaron durante miles de años.

Aquellas tablillas siguen pudiendo leerse hoy.

Y algunas de las ideas que contienen siguen formando parte, sin que nos demos cuenta, de nuestra propia vida.

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