Y ahí queda eso, con un par

javier-furioJavier Furió
Comunicador digital
Director de VLC Noticias

Y aquí estamos, un once de marzo, diez años después de que unos asesinos nos arrancaran un pedazo de carne a todos los españoles -al menos a los que alcanzamos a sentir algo más que las cifras y los millones de votos como parte sensible de nuestra existencia-. Lo vivo triste, evidentemente por el recuerdo de los casi doscientos paisanos que perdieron la vida sólo por el hecho de vivir en los alrededores de Madrid y tener que ir a trabajar a la capital en un tren de cercanías. Pero es otro tipo de tristeza el que me sume, por momentos, en la más angustiosa desesperanza, recalcando lo de “por momentos”.

Llevo todo el día escuchando reportajes alrededor de aquel suceso y, salvo honrosas excepciones, siguen ahondando diez años después en la patética polémica alrededor de la autoría del atentado, cuántos años les quedan en la cárcel a los culpables, y que las víctimas del terrorismo etarra y las del 11M concurren por primera vez juntas al homenaje -algo que, sinceramente, no debería ser noticia-. Pero todo ello servido con una dosis de morbo y búsqueda de audiencia que invita al vómito. Si yo tuviera que lamentar la pérdida de un padre, de una esposa, de un hijo, por culpa de aquello, el mejor favor que me podrían hacer es un silencioso y respetuoso homenaje. Sin más. Porque lo más fácil, si alguien viniera a tocarme las narices con el aditivo de “que sepas que yo sé que fueron éstos o los otros, o por culpa de aquellos, o de los otros….” es que respondiera con algún exabrupto o, cuanto menos, con la súplica de un “cállese y déjeme llorar tranquilo”.

Los españoles somos muy dados a los gestos, pero no los gestos honorables, generosos, afables… sino a los ‘otros’, la gesticulación, los aspavientos, el sainete de cara a la galería; y la mayor parte de las veces, los emitimos jorobando a quien pretendemos apoyar con ellos. Eso por no hablar de esa dicotomía tan de trastorno obsesivo convulsivo que nos caracteriza como ibéricos, que nos lleva a dividirnos por la fuerza en blanco y negro, rojos y azules, Barça y Madrid… Hoy contemplo con mucha tristeza cómo, diez años después de tan cruento ataque asesino, sigue anclado en la epidermis de todo hijo de vecino el “no está claro que fuera Al Qaeda” en contraposición al “fue Al Qaeda en venganza por estar en la Guerra de Irak”.

…por no hablar de esa dicotomía tan de trastorno obsesivo convulsivo que nos caracteriza como ibéricos, que nos lleva a dividirnos por la fuerza…

Y siento pena. Pena porque nos dieron un golpe de muerte en lo más nuestro y seguimos echándonos la culpa los unos a los otros. Y nos perdemos en guerras intestinas que no llevan a ninguna parte, no sirven para nada más que para zambullirnos una vez más en ese “gilipollismo” tan nuestro. A nadie se le ocurre aprender de los errores, quizás porque nadie los asume.

Y claro, uno se gira hacia lo más cercano, su ciudad, en mi caso mi Valencia, a la búsqueda de algo que me rescate de este analfabetismo nacional que tan favorable al tándem electoral resulta. Y se tropieza con no un acto de gestualidad, sino con un auténtico Carnaval de gestos para nada. Y como buenos valencianos, además, nos procuramos un escenario que nos permita al menos ‘salir en la tele’.

Este viernes, por lo que veo en las convocatorias, la mascletà de las 14 horas va a tener, en el mismo espacio y momento, a unos aupando una muñeca simulando sangrar por sus partes para protestar por la reforma de la Ley del Aborto, por un lado; unos policías locales en calzoncillos que protestarán por la escasez de medios del cuerpo -armado, se entiende-, por el otro; y otros que, senyeras en mano, protestarán contra la resurrección, por parte de la AVL, de la más agria polémica lingüística ochentera -otra como lo del 11M, a estas alturas, señores-… Toda una invitación al estrabismo, con un ojo fijado en el espectáculo pirotécnico, y otro en el gestualoide de la auténtica cabalgata de proclamas…

Lo peor, es que la mascletà se acabará, igual que los policías en calzoncillos, las senyeras al viento y las muñecas sangrantes, y no habrá cambiado absolutamente nada. Pero eso sí, a unos, a los otros y a los otros les quedará el reconfortante y feliz ‘ahí queda eso… con un par’.

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