Almudena Grandes: “La literatura siempre es una mirada ideológica sobre la realidad”

Desde que ganó el premio La Sonrisa Vertical, en 1989 con ‘Las edades de Lulú’, la trayectoria literaria de Almudena Grandes siempre se estuvo acompañada por el reconocimiento de la crítica y del público.

El Péndulo de VLCNoticias se reunión con la autora de ‘Malena es un nombre de tango’ y ‘El corazón helado’ para charlar sobre su nuevo éxito literario: ‘Las tres bodas de Manolita’ (Tusquets editores, 2014). Su novela forma parte de una titánica labor literaria compuesta por una saga de seis títulos bajo el epígrafe de ‘Episodios de una guerra interminable’.

Los dos primeros fueron ‘Inés y la alegría’ y ‘El lector de Julio Verne’; con la publicación de ‘Las tres bodas de Manolita’, Almudena Grandes continúa su indagación antropológica/literaria sobre la postguerra civil española desde una narrativa en la que la estampa de Benito Pérez Galdós sigue impregnando la atmósfera y la entrañas de sus historias.

A.G.
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El Péndulo:
En antetítulo del libro dijiste que era un guiño a ‘Los episodios nacionales’, de Benito Pérez Galdós. También comentaste que el texto, y su arquitectura interior, sigue un formato narrativo al estilo Galdós y me pregunto, ¿cómo detectan la huella de Galdós los lectores de Almudena Grandes cuando Galdós, siendo un gigante de la literatura, todavía es uno de los grandes desconocidos de las letras españolas y perfecto merecedor de un Nobel?

Almudena Grande: Pues, de hecho, no le dieron uno porque era rojo. Mira, a José Echegaray le dieron el Nobel (1904), porque cuando se lo iban a dar a Galdós alguien dijo “oye ese señor es republicano y socialista” y se lo quietaron a él y…, como se lo tenían que dar a algún español se lo dieron a Echegaray.

E.P.: Un suceso lamentable.

A.G.: Doloroso…, pero creo que lo de Galdós tiene que ver con la historia de este país. Es curioso que en Valencia tenga una gran avenida porque en Madrid, que fue su ciudad de corazón, tiene una calle muy céntrica pero muy pequeñita. Pero Galdós es un símbolo de la atormentada historia de este país. Tú fíjate que en la Guerra Civil, el ejercito de la República hizo ediciones de ‘Los episodios nacionales’ para que se leyeran en las trincheras. En las trincheras, los soldados acumulaban ediciones gratuitas de ‘Trafalfar’, de ‘Bailén’…, realizadas por el ejercito de la República que los soldados leían con verdadera pasión, ¿qué ocurrió? Acabo la guerra y todo el exilio republicano, la generación del 27, que había representado como el momento más brillante de la cultura española se fueron al exilio a amar a Galdós.

Es decir, Buñuel hace películas de las novelas de Galdós; Max Aub escribe ‘El laberinto mágico’ basándose en el modelo de los episodios de Galdós; Alberti, lo primero que hace cuando llega a Argentina es editar a Galdós; Guillem enseñaba a Galdós y Cernuda escribió un poema maravilloso que está en mi libro, y en todos los de la serie, que se llama ‘Díptico español’ en el que él dice que ya no necesita a España, porque la España real no es su patria pero él necesita la España de las novelas de Galdós porque su España está entre los textos y entre las páginas de Galdós. Es muy curioso como el exilio republicano adora a Galdós y sin embargo, en el país donde quedan los mediocres, en el interior del país, entre los vencedores de la guerra, se forja una leyenda negra entorno a Galdós diciendo que es un mal escritor. Como no podían decir que era rojo, republicano y socialista decían que era un escritor polvoriento, anticuado…, y eso es lo que todavía sobrevive. De todas maneras eso tiene los días contados porque yo no soy la única que sigue la huella de Galdós. Hay muchos escritores de mi edad, de mi generación, y escritores jóvenes que reivindican a Galdós y creo que tiene un futuro que se merece por ser un autor tan grande.

Las tres bodas...
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Pero sigue siendo curioso como el exilio republicano le quiso y le adoró y, sin embargo, en España ha prevalecido la opinión de los mediocres, lo de esa España cerril y vulgar, que le consideraron anticuado.

E.P.: Pero…, ¿y la huella galdosiana en tu obra cómo se reconoce para un lector actual?

A.G.: Creo que no es necesario reconocerlo. Galdós está dentro de mí y fluye a través de lo que escribo. En una novela como ‘Las tres bodas de Manolita’, que es una novela madrileña, como las novelas contemporáneas de Galdós, se reconoce la huella en el propio espíritu de la novela y de toda la serie. También en el hecho de que compartan personajes. Yo dije, desde el principio, que estas son novelas independientes, que empiezan y terminan y… es tomar, copiar, adoptar el modelo de ‘Los episodios nacionales’ hasta el final. Es decir, ‘Los episodios…’ son novelas independientes sin embargo se ordenan, secuencialmente, para contar una época determinada. Pero, además, en las novelas de Galdós se comparten personajes. Digamos que las novelas van tejiendo un tapiz que acaban por suplantar la ciudad de Madrid con otra ciudad. Creo que el lector si puede percibir el hecho de que se compartan personajes de una novela a otra y que, los protagonistas de las dos novelas anteriores pasen por ‘Las tras bodas…’. Creo que también percibirá la propia narratividad, porque lo que fue Galdós en la literatura es como el gran padre de la narratividad.

E.P.: ¿Por qué has elegido el marco histórico de la postguerra para esta saga de personajes? Héroes, heroínas, perdedores, traidores…, podrían gozar de cualquier marco para expresar sus personalidades.

Almudena G.
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A.G.:
Es un comentario interesante. Yo me di cuenta que necesitaba escribir sobre estos hechos, sobre estos personajes y sobre una realidad muy concreta. Hay dos factores: hay uno literario y otro moral. El literario tiene que ver con el hecho de que me di cuenta de que los españoles, de verdad, vivimos encima de una mina de oro y no lo sabemos. La punta del iceberg fue la invasión de Arán, que fue lo que conté en ‘Inés y la alegría’. Cuando me encontré en un libro de historia que 4.000 tíos habían tomado el Valle de Arán nueve días en el año 1944, me dio un ataque de taquicardia y me pregunté, ¿cómo es posible que esto haya pasado y cómo es posible que yo no me haya enterado? Y…, a partir de ahí, del hecho de ir descubriendo historias enormes, que no se han contado…, eso para un narrador es una tentación irresistible. Y todo esto ha pasado aquí al lado y ha pasado hace nada y los protagonistas están vivo y la gente no lo sabe. Hay una especie de deslumbramiento literario porque yo, ante todo, soy escritora, mi compromiso esencial es con la literatura y mi obligación es escribir buenos libros. Pero luego, además, de que esas historias no se hayan contado tiene un valor moral, porque…, que una historia no se cuente puede tener un valor literario y decir ‘mira qué gracia’ tiene ese personaje pero la historia no destaca.

El que no se haya contado una historia no tendría más valor del que no se haya contado, punto. Pero aquí, hay otra cuestión y es por qué no se han contado esas historias. Y eso es lo que ha terminado de redondear mi ambición de contar todo esto. Es un impulso moral de decir que en este país es como si nadie hubiera resistido nunca al franquismo, en este país los resistentes son muy incómodos. Ahora con la muerte de Suárez se ha visto muy bien, la imagen que se ha proyectado de la Transición es que unos cuatro señores que eran muy buenos y que eran los padres de la patria quedaban a comer, se fumaban un puro, tomaban cuatro decisiones por todos nosotros y les debemos todo a ellos y…, en realidad la democracia era una cosa tan sencilla como que estos señores quedaran a comer y entonces nos tomamos todos las manos y comenzamos a saltar y ya está. Entonces por qué hubo tantos españoles empeñados en dar por culo durante 37 años, jugándose la vida, haciendo que los metieran en la cárcel, haciendo que los fusilaran, entrando y saliendo de la cárcel una y otra vez. Los resistentes son muy incómodos porque no encajan con esta visión idílica del rey y Suárez quedan a comer y ya llega la democracia. Entonces, el que no se hayan contado estas historias tiene que ver con eso y la ambición de contarlas tiene que ver con coger al lector contemporáneo y decirle que ‘aunque tú no lo sepas, aquí, en este país vivió este señor y éste e hicieron esto, esto y esto y lo hicieron por ti’. Incluso aunque yo viva en un país donde nadie ha agradecido a esta gente lo que hizo, yo por lo menos se los voy a agradecer. Es un proyecto bastante completo como puedes ver.

E.P.: Tras leer dos de los tres primeros libros que componen tu saga de ‘Episodios de una guerra interminable’, veo que asumes la literatura con una grado de compromiso.

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A.G.: Sí. Correcto. Eso es. La asumo porque ahí hay un punto muy interesante que nos se tiene en cuenta. Normalmente se habla de la actitud de compromiso como elección por parte del escritor y eso es mentira. Creo que escribir es mirar al mundo y contar lo que uno ve. Tú miras al mundo y filtras tu mirada por tu ideología, tu memoria, tu cultura y por todo lo que tú eres. De tal manera que el compromiso es algo inherente a la escritura. Como decían los críticos marxistas, que en esto tenían toda la razón aunque el marxismo no esté de moda, la literatura puede o no tener que ver con la política o no, eso es una elección del escritor pero siempre tiene que ver con la ideología, siempre. La literatura siempre es una mirada ideológica sobre la realidad. Sobre el presente, sobre el pasado. Cuando hablamos de un escritor comprometido en realidad estamos hablando de un escritor que asume conscientemente ese compromiso pero un escritor de los, supuestamente, no comprometidos es solamente un escritor que no lo asume pero lo tiene igual. Escribir sobre un mundo ideal, sobre la banalidad de que hoy me levanto y voy a comprar patatas al mercado, eso también es una toma de posición ideológica sobre la realidad. Yo asumo mi compromiso.

Cuando empecé esta serie la gente me decía que estaba loca, ahora me dicen cosas que me preocupan más. Me dicen cosas como que ‘eres la voz de los vencidos’, ‘eres el apostolados de los perdedores’… No, no pretendo erigirme en la voz de nadie, ni ser apóstol de nadie ni de nada. Solo soy una escritora que tiene que escribir buenos libros. Si es verdad que cuento los años de la postguerra desde el punto de vista que no se ha contado mucho. Sobre hombres y mujeres que han tenido un pequeño lugar en la historia. Escribo desde el punto de vista de los vencidos que no se rinden. Mis personajes no son pobrecitos perdedores. Yo nunca he escrito sobre republicanos pobrecitos y no lo haré. Escribo sobre la gente que después de la guerra no se rindió. No escribo desde su rendición, escribo desde su resistencia. Es quizás mi parte comprometida con la escritura, con los personajes y con las historias que cuento.

E.P.: Almudena, mil gracias por atendernos.

A.G.: ¡Encantada! Fue un placer. Hemos hablado muchísimo.

E.P.: Bueno…, yo solo hice las preguntas.

A.G.: Ya, claro…, pero preguntas que dan mucho juego.

E.P.: Muchas gracias.

A.G.: A vosotros.

El Péndulo de VLCNoticias/Jimmy Entraigües/Fotos-Editorial

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