Aromas de paella y mar. Apuntes sobre las ‘barraquetes’, merenderos y restaurantes de la playa del Cabanyal

A finales del siglo XIX y principios del XX las playas del Cabanyal estaban repletas de escenas costumbristas repetidas a lo largo de muchos años. Junto a los bañistas aparecían una serie de vendedores ambulantes ofreciendo diversos manjares, como cacahuetes, altramuces, cocotets (pasteles de pescado) habas hervidas, tortas, dulces caseros y aguadores con cántaro y vaso.

Las familias portaban la comida en sus cestas de mimbre. A mediodía salía la repleta cazuela del fondo de la canasta para llenar el estómago de la familia que se sentaba, a la forma árabe, alrededor de los platos colocados sobre una rústica tela.

Etiqueta de La Pepica. Años 40. A.P.R.S.

Etiqueta de La Pepica. Años 40. A.P.R.S.

Las familias portaban la comida en sus cestas de mimbre. A mediodía salía la repleta cazuela del fondo de la canasta para llenar el estómago de la familia que se sentaba, a la forma árabe, alrededor de los platos colocados sobre una rústica tela. En otras ocasiones, era la paella de arroz con pescado, plato cocinado no muy lejos del lugar, en  improvisadas brasas. Las botellas de vino se habían apurado de tal forma que, junto a la copiosa comida, hacían surgir más de una becadeta a la sombra de un cañizo. Las olas del mar cantaban nanas y la arena se convertía en el arrullo del estío.

Aparecieron casas de baños flotantes: La Perla, La Rosa del Turia, La Estrella, junto a las populares barraquetes instaladas frente al mar, con formas caprichosas y grotescas.

Paella en Casa Pancha. Años 50. A.P.R.S.

Paella en Casa Pancha. Años 50. A.P.R.S.

Aparecieron casas de baños flotantes: La Perla, La Rosa del Turia, La Estrella, junto a las populares barraquetes instaladas frente al mar, con formas caprichosas y grotescas. Éstas aumentaron y surgieron títulos evocadores como Rosaura, El Globo, La Gloria, La Esfera, El Avión, La Mariblanca, La Palma, La Estrella, El Sol, La Luna, Florida, La Monkilí o La Valenciana. Se podía ver la barraqueta de Miguel Llácer que ostentaba en lo alto una campana y veleta, o la de Vicente Polit que tenía arriba de su entrada un gran escudo de Valencia. Existían registradas como casas de baños de mar alrededor de cincuenta, permaneciendo en el recuerdo los Blanch, Blat, Castelló, Carbonell, Casanova, Gallart, Fortuna, Guillo, Sebastiá, Cerera, Asia, Monfort, Palmer, Polit, Trilles, Senent, Yerbes, o Zarranz. Después aparecieron restaurantes situados en el lugar que ocuparon viejos merenderos y algunos hasta conservaron sus antiguos rótulos: Miramar, El Pescado, Vilella, La Marcelina, La Pepica, L’Estimat, Polit, La Rosa, Tres Cepas, Hostal Chicote, Genaro y tantos otros cuyos títulos en la actualidad forman parte de los restaurantes situados en el Paseo de Neptuno.

Miramar, El Pescado, Vilella, La Marcelina, La Pepica, L’Estimat, Polit, La Rosa, Tres Cepas, Hostal Chicote, Genaro y tantos otros cuyos títulos en la actualidad forman parte de los restaurantes situados en el Paseo de Neptuno.

Playa del Cabanyal. 1902. A.P.R.S.

Playa del Cabanyal. 1902. A.P.R.S.

Aromas de paella, entre humo de salitre y mar, sillas de enea, mesas desmontables y cañizo. Añoranzas de cazuela con macarrones, conejo con tomate frito, capellanets i clotxines al vapor, todo regado con zarza y limonada. Apetito de recuerdos atrapados por las olas de un sueño.

A.P.R.S.= Archivo Privado de Rafael Solaz

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3 Responses to "Aromas de paella y mar. Apuntes sobre las ‘barraquetes’, merenderos y restaurantes de la playa del Cabanyal"

  1. Javier Luna  14 de febrero de 2014 at 17:16

    Rafael Solaz no deja de acariciarnos con sus recuerdos de la ciudad, de la huerta y, en ésta ocasión, de nuestra entrañable y querida playa del Cabanyal.
    Aunque por edad no podemos dar testimonio personal de lo que relata, sí que recordamos lo que nuestros abuelos primero y después nuestros padres nos contaban como auténticas y maravillosas aventuras que en nada tienen que envidiar a los actuales viajes transoceánicos a otras latitudes alejadas de nosotros por miles de kilómetros de distancia.
    Nuestros nuevos desplazamientos a la playa, con la llegada del buen tiempo, adquirirán una visión y una resonancia especial basada en los recuerdos que aún perduran del pasado y que nos siguen acompañando de modo distinto en las formas, pero de idéntica manera en el fondo de realidades que, en el playa del Cabanyal, fueron, son y seguirán siendo el goce/deleite supremo de quienes acudimos a la misma.

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  2. Luis Carrasco  14 de febrero de 2014 at 17:43

    Después de leer a Solaz uno no sabe si lo que le apetece es darse un chapuzón o una buena comida.
    Lo que si tengo claro es que me echaré una becadeta.
    Gracias Rafael, una vez más, por traernos gratos recuerdos.
    Luis

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  3. Julio Cob  16 de febrero de 2014 at 00:00

    Cuando llegaba el verano, la familia se iba al mar donde montaba su casa por un día. No había otra. Baño y castillos de arena; tomate y lechuga, pisto y tortilla, litines o llimoná. Dos horas para la digestión y chapuzón de media tarde hasta la hora de marchar. Y la barraquetas junto a las barcas sobre la arena se convertían en el decorado del clan familiar para el día de fiesta. Pero todo ese atrezo y con su habitual maestría, Rafael Solaz lo lleva al lienzo con tal minuciosidad, que consigue por momentos que la brisa y el salitre llegue junto al teclado sin que el brillo de su ingenio obligue a la sombrilla.

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