31 de julio de 2013
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Coquetería en la mujer valenciana del siglo XV. Del blanquet a la caçoleta d’olors

DeseoNo fueron las valencianas de antaño enemigas de la coquetería, que es tan vieja como el mundo. El deseo de agradar les llevó a corregir a la naturaleza y emplear un sin número de artificios. Los secretos del tocador eran tan refinados como en nuestra época.

La forma de embellecerse las valencianas del siglo XV ya fue citada por el poeta Jaume Roig que, en sus poesías, mencionaba a las mujeres ensafranades, por la continua utilización de una especie de colorete basado en una substancia amarillenta similar al azafrán.

En el gabinete de toilette de las grandes señoras se veían todo género de instrumentos para embellecerse: espejos, pinzas, navajas, cepillos, peines, y sobre todo coloretes, polvos blanqueadores y perfumes.

En la huertaEn el gabinete de toilette de las grandes señoras se veían todo género de instrumentos para embellecerse: espejos, pinzas, navajas, cepillos, peines, y sobre todo coloretes, polvos blanqueadores y perfumes. Sant Vicent Ferrer ya se quejaba de que las mujeres fuesen pintadas con exceso de un polvo llamado blanquet, cosmético muy popular que era usado por las señoras de clase alta y también las más humildes, e incluso por las niñas que se lo aplicaban a modo de juego. Servía para disimular defectos de la cara y también se esparcía por el resto del cuerpo. Todos estos elaborados se vendían en las boticas de la época y existían apotecaris especialistas.

No había mujer, por sencilla que fuera, que no tuviera en su habitación lo que se llamaba la caçoleta de olors.

Los perfumes eran indispensables. No había mujer, por sencilla que fuera, que no tuviera en su habitación lo que se llamaba la caçoleta de olors. El perfume ordinario era el mosquet.  También la tidiana, procedente de la corteza de un árbol muy raro, era bastante apreciada.

ValencianosLas mujeres se depilaban continuamente, para lo cual empleaban una especie de navajas especiales que rasuraban su vello. Fue muy común el pelador, una especie de pinzas que se utilizaban para depilar los pelos de la cara y las cejas.

Los círculos de los ojos se ennegrecían con antimonio y carbón en polvo, y el carmín de los labios se reforzaba con bermellón natural.

Los círculos de los ojos se ennegrecían con antimonio y carbón en polvo, y el carmín de los labios se reforzaba con bermellón natural. También era muy común el teñirse el pelo de rubio, ya que este color se había puesto de moda entre las mujeres. Para disimular las canas era muy corriente el uso de la alquena, de origen árabe, una especie de acebuche cuyas raíces pulverizadas y deshechas en el agua servían para teñir los cabellos y las cejas.

La coquetería y acicalamiento de las mujeres iba unida a la sensualidad y el deseo, en el siglo XV y en todas las épocas.

3 Comments Deja una respuesta

  1. Rafael nos lleva al pasado sin perder el contacto con el presente lo que da una dimensión especial a sus artículos.

  2. La capacidad investigadora de Rafael Solaz permite que nos deleitemos con un artículo tan preciso/detallado en el que, de manera lícita y sutil, nos sumerge en el mundo de la belleza femenina -que ya lo es de por sí en esencia-, pero que se realza de manera singular/especial con la cosmética de tiempos pasados, actuales y por supuesto también venideros.
    Es indudable que la mujer valenciana, adornada con muchas y muy diversas virtudes -aparte de su atractivo físico-, es lo que nos hace sentir un profundo y legítimo orgullo de pertenecer a una tierra, la valenciana, que nos vió nacer y de la cual “no nos gustaría nunca partir”.

  3. Y es que la mujer siempre ha sido muy coqueta y la utilización de cualquier agradable embrujo que la hiciera sentirse más orgullosa de sí misma, lo ha aprovechado con la intención de agradar. En lo que nunca hubiera pensado es que hasta al azafrán recurriese.

    Leer al amigo Rafael Solaz nos traslada al pasado en sus más peculiares facetas.

    Así pues el azafrán además de lograr en la mujer un aspecto más vivo y lozano, igualmente al posar en sus mejilas un suave beso, debía dejar al mismo tiempo en los labios del enamorado un toque de exquisitez que sin duda agradecía.

    Gracias Rafael.

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