Hubo un tiempo en el que cambiar de canal no significaba pulsar un mando a distancia ni hablarle al televisor. En muchas casas españolas de los años 70 y 80, e incluso durante los primeros años 90, la televisión se manejaba directamente desde una botonera situada en el propio aparato.
Aquellos televisores eran robustos, pesados y bastante más mecánicos que los actuales. Y, como cualquier aparato sometido a años de uso, también acababan desarrollando sus propias manías.
Uno de los problemas más habituales aparecía precisamente en los botones de selección de canales. Con el desgaste, algunos dejaban de quedarse presionados correctamente, saltaban hacia fuera o hacían que el canal seleccionado se perdiera.
La solución, en muchas casas, era tan sencilla como ingeniosa: un palillo de dientes, una cerilla, un pequeño trozo de cartón o cualquier objeto que permitiera mantener el botón en su posición.
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Cuando arreglar era la primera opción
Hoy, cuando un aparato electrónico falla, es habitual plantearse repararlo o sustituirlo. Hace varias décadas, sin embargo, la mentalidad doméstica era diferente.
Antes de llamar a un técnico —y mucho antes de pensar en comprar otro televisor— se intentaba encontrar alguna solución casera.
Así aparecieron pequeños trucos que terminaron formando parte de la vida cotidiana: golpear suavemente el lateral del televisor cuando la imagen empezaba a fallar, mover la antena hasta encontrar el punto exacto, colocar papel doblado detrás de una pieza floja o utilizar un palillo para mantener pulsado un botón.
No siempre eran reparaciones propiamente dichas, pero conseguían que el aparato siguiera funcionando.
La sintonización también tenía sus secretos
Quienes vivieron aquella época recordarán igualmente las ruedas de sintonización.
La imagen podía comenzar a llenarse de rayas, perder estabilidad o verse con interferencias. Entonces empezaba una pequeña operación de precisión: girar lentamente la ruedecilla hasta recuperar la mejor señal posible.
Y si alguien movía la antena mientras otra persona gritaba desde el salón «¡ahí, ahí, no la muevas!», el ritual estaba completo.
Nada que ver con las televisiones actuales, conectadas a internet, con cientos de canales, plataformas digitales y sistemas automáticos de configuración.
Una televisión que reunía a toda la familia
Pero el recuerdo de aquellos aparatos no tiene únicamente que ver con la tecnología.
Durante décadas, la televisión ocupó un lugar central en los hogares españoles. En muchas viviendas solo había una y toda la familia veía el mismo programa.
El salón se convertía en el punto de encuentro para seguir el informativo, una película, los concursos, las series o los grandes acontecimientos deportivos.
Cambiar de canal podía incluso convertirse en una pequeña negociación familiar porque, en los primeros años, había muy pocas opciones entre las que elegir.
Del palillo al mando a distancia
La popularización del mando a distancia acabó poco a poco con aquellas botoneras mecánicas.
Después llegaron el teletexto, las televisiones en color cada vez más sofisticadas, las pantallas planas, la TDT y finalmente los actuales televisores inteligentes.
En apenas unas décadas hemos pasado de colocar un palillo para evitar que saltara el botón del canal a controlar una televisión mediante la voz o desde un teléfono móvil.
Pero para varias generaciones, aquella pequeña pieza de madera colocada estratégicamente en el frontal del televisor continúa siendo una imagen inmediatamente reconocible.
Porque también los pequeños apaños domésticos forman parte de nuestra memoria cotidiana.
Y seguramente más de uno, al ver aquella antigua botonera, todavía recuerda la frase que podía escucharse en cualquier casa:
«No toques ese palillo, que se pierde el canal».







