Pan y circo

javier-furioJavier Furió
Comunicador digital
Director de VLC Noticias

Anoche, miles de valencianos y valencianas dejaron de tener problemas por unas horas, dejaron de pensar en ese papelito que les han colocado por debajo de la puerta, en el que pone que si en tres días no se han ido de su casa, entrarán por orden del juez a la fuerza y los desalojarán; por una noche el hambre no apretaba; la crisis era un recuerdo y sus jugadores, unas horas antes considerados auténticos villanos a la altura del doctor No, Pier Nodoyuna o Gargamel, eran ahora héroes sin tacha ‘que no se tenían que morir nunca’. Y todo por darles una alegría -que caras se están poniendo en estos tiempos-, un motivo para soñar en vez de tener pesadillas, para considerarse parte de algo grande, de algo poderoso, de algo de lo que sentirse orgulloso.

En otros tiempos, una tal Agustina habría aprovechado la euforia desbordada en el populacho para llevárselo a la lucha por la libertad. En otros tiempos, Viriato habría derrotado una y otra vez al romano invasor hasta empujarlo al Mediterráneo con esta poderosa arma, la alegría histérica colectiva que tanto se parece a una extraña borrachera. En otros tiempos, emperadores y sátrapas habrían aprovechado la circunstancia para infringir al pueblo algún nuevo impuesto, alguna nueva tortura.

Lo de anoche, con Paco Alcácer y sus colegas de equipo en plan lobo de “Crepúsculo”, camisetas fuera que mira que soy vuestro ídolo, queredme todas por Dios, escenifica en una sola imagen algo que desgraciadamente viene ocurriendo cada vez con mayor frecuencia y de manera más fácil, casi como si una pequeña chispa pudiera encender toda una mascletà de las de Caballer. Y lo peor de todo es que ni siquiera es un invento nuestro: se suceden los crowfunding para hacer una falla, para montar un concierto, para lo que sea menos para atajar los problemas que nos sacuden un día sí y el otro también.

Y no es cobardía, ni huir de la realidad. Es algo mucho peor: es no enfrentar la cruda realidad social que nos azota, es acogotar nuestra capacidad de revolución y rebelión contra el sometimiento despiadado y cruel a la clase acomodada -y cada vez más apoltronada-. Mientras pensamos en quién tiene que ganar el ‘Mira quién baila’, vivimos desde el otro lado de la pantalla la azarosa y emocionante vida de una modistilla enamoriscada del dueño de las Galerías Preciados -perdón, quise decir Velvet- o nos enervamos al ritmo de los encendidos debates ‘madribarça’ de las innombrables casetas de feria futbolística -más propios de ‘Alguien voló sobre el Nido del Cuco’ que de una tertulia televisiva-… mientras hacemos todo eso no pensamos detenidamente sobre qué sentido tiene que unos y otros se llenen los bolsillos con millones de euros y a nosotros nos intenten embargar lo poco que tenemos -si es que tenemos algo- porque debemos mil euros a la Seguridad Social o a Hacienda -que desde lo del caso Cemex ya sé que no somos todos-.

Mientras nos atontamos con las cada vez más estúpidas pendencias de la familia Adams encarnada en los tertulianos profesionales de siempre -desde la Princesa del Pueblo hasta la de la hija de Al Bano, pasando por el calvo del polvo blanco- no nos escuchamos unos a otros y nos percatamos de que llegar a un consenso y organizarnos para, por una vez, emprender el camino a la salida de la crisis por el lado de la justicia social, que no es tan difícil como nos dicen. Si hasta Arturo Más (o menos) va camino de sacarle a Rajoy un referéndum al estilo de los que hacía Franco -sí o sí-, ¿qué no podríamos hacer bien informados, preparados y dispuestos a dar un paso al frente?

Los ‘yanquis’ hace décadas que practican el conveniente método de entretener para entontecer al pueblo. En su caso, a base de golpes de pecho y patriotismo. Así, en el mismo país en el que hasta en los inhodoros suena el himno nacional al levantar la tapa para dejar allí lo mejor de uno, el mismo en el que el presidente más sanguinario de su historia saca cifras récord en unas elecciones generales, muere gente en la puerta de los hospitales sin que nadie diga ni haga nada, y policías bien cebados a base de donuts le pegan un tiro al primero que se lleva la mano al bolsillo en busca de las llaves del coche que, por cierto, conduce sin que nadie le pida el carné, ¿qué carné?, o los ‘bollycaos’ traen de regalo una Remington con la que, con suerte, se lían a tiros en la ‘High School’ porque la Nancy de turno no le ha dejado darle un besito en la mejilla.

Aquí no funciona ‘tan así’… Aunque también tenemos lo nuestro. No hace aún una semana de una petición hecha al ayuntamiento de Valencia por un partido de la oposición, una petición en el fondo y el objetivo totalmente lícita y honrosa: no descuidar los barrios pobres de la ciudad. Pero había en su argumentario una idea que me preocupó: que uno de los motivos por los que había que actuar es porque la pobreza y la falta de iniciativas en los barrios desencadena violencia, racismo y xenofobia… Y claro, como siempre hay algún descerebrado al que usar como ejemplo, salió lo de España 2000 en Orriols. Cuatro fascistas haciendo el numerito para captar la atención no es más que eso. El cuidadano no es tan estúpido.

Pero aquella idea desplegada tan sutilmente entre proclamas a la convivencia y llamadas de atención sobre la posible llegada de brotes violentos me sonó más a “démosle a esta gente algo con lo que entretenerse o no podremos mantenerlos calladitos con tanta facilidad”. No deja de preocupar que la situación permita ya este nivel de cinismo, este “te lo digo en tu cara y ni te enteras”. Porque como diría el de infausto recuerdo, el rechoncho e istriónico Nerón, “dales pan y circo, Petronio… pan y circo”.

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