Por Dios, por Alá…

javier-furioJavier Furió
Director de VLC Noticias
Las barbaridades más salvajes de la Historia se han cometido en nombre de Dios, de Alá, de Yahvé…, llámenlo X. Alguien dijo que la religión es el opio del pueblo, y aunque disto mucho de hacer mía la filosofía marxista -o no, lo sabré cuando tenga la oportunidad de estudiarla a fondo- en cualquiera de sus variantes, lo que sí es indudablemente cierto es que millones de acciones reprobables han sido objeto de toda suerte de justificaciones fanático-religiosas en estos pocos miles de años en los que el hombre anda ocupado en la inequívoca ‘tarea’ de destruir sistemáticamente un planeta que, sin él en juego, ha llevado bastante bien su ser o no ser durante millones y millones de años.
Y es que, como quien dice, llevamos un cuarto de hora en este ‘pueblo’ y desde el momento uno le hemos querido dar la vuelta para sacarle hasta el tuétano, como si no hubiera un mañana o como si nos fuera la vida misma en ello. Mi bien admirado Iker Jiménez anda ya unos meses dándole vueltas a ideas existenciales que van a parar al mismo concepto: El ser humano se está atreviendo cada vez con mayor desvergüenza a jugar con cosas que no se tocan, o siendo más realista en la expresión, que no se deberían tocar.
Y ahí andamos, olvidándonos por completo de que la mal llamada Comunidad Internacional -yo diría mejor ese grupo de poder global, llámese Club Bilderberg, llámese ‘Vigía de Occidente’, llámese ‘Gran Hermano’- ha tapado con incontables dosis de silencio informativo una cruenta, sangrienta y salvaje invasión rusa de la región ucraniana de Crimea, y lo ha hecho en aras a un mejor entendimiento en lo que al suministro del crucial -no sabía yo que tanto- gas natural ruso, y centrando todas nuestras energías en combatir -otra vez- al ‘malo maloso’ musulmán.
Que sí, que lo de matar a mujeres y niños por no querer apuntarse a lo del rollo de Mahoma y todo eso, es absolutamente horrible y hay que frenarlo y combatirlo; que no se puede permitir ni puede quedar impune…, pero tampoco lo era masacrar la Jerusalén de Saladino -por dos veces-; o intentar quemar en la hoguera a Galileo y lograrlo con la de Arco y vaya usted a saber a cuántos genios, intelectuales, inventores, iluminados y humanistas por los ‘santos’ atributos de la Inquisición; o destituir a un Papa legítimo -español y amigo de los Borgia y todo lo que usted quiera, pero legítimo- y mancharlo para toda la eternidad como usurpador; como tampoco lo era acabar con pueblos, naciones y hasta razas enteras en Sudamérica con el cheque en blanco extendido por el Vaticano -ya saben, había que evangelizar a los pobres salvajes-; y, que yo sepa, nadie ha reclamado arrasar España, Francia, Alemania o Inglaterra, por poner ejemplos de países imperialistas. Que por cierto, supongo que la actualmente vigente Commonwealth la conocen ustedes, ¿no? No, por si acaso…
El asesinato es injustificable sea quien sea el asesino, y sea quien sea el asesinado. No se hace, está mal, ‘nene caca’…, y punto. Por eso no me vale lo de las ofensas a Mahoma, como no me vale que un portal de Belén ofenda a un musulmán, a un judío o a un budista; sencillamente porque a mí no me ofenden los cantos desde los minaretes de las mezquitas, o la Pascua judía, o esos simpáticos señores calvos vestidos de naranja. Muy al contrario, me encanta que coexistan con mis creencias porque eso es precisamente lo que me demuestra que algo bueno sabemos hacer juntos. Lo que pasa es que hay que querer. Algunos lo llaman coexistencia pacífica, juego democrático, el rollo aquél de los pueblos que decía Zapatero cuando se sentía ocurrente…, llámenlo como quieran, pero se puede y se debe ir por ese camino. Sabemos ir por ese camino.
Me dicen que es que claro, Al-Andalus fue suyo durante 800 años y quieren recuperarlo, que somos nosotros los que se lo arrebatamos y los expulsamos en 1492. Es la primera vez que me emparentan con los Reyes Católicos, permítanme que me ufane durante unos momentos por mi nueva condición regia…, pero tonterías aparte, me imagino a los descendientes de los visigodos, los romanos, iberos, cartagineses, tartessos y hasta el primer simio que en vez de gruñir se le ocurrió decir ‘Ole mi arma’ en la Península, reclamando su cacho de la ‘piel de toro’ porque, claro, el siguiente en llegar se la arrebató y lo echó. Seamos serios.
Entérense: La Europa de Merkel -la España de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias incluida- está en guerra con un ejército, que no una banda, organizado y bien financiado por cierta facción del ‘lobby’ petrolero -poco que ver con lo que rodea La Meca año tras año- en contraposición a los señores de la guerra, por llamar de un modo poético a esos otros ‘lobbies’ de la industria armamentística que anda inventando enemigos a los que echarles la culpa de algo para montar el chiringuito y hacer su agosto. Lo que ocurre es que, esta vez, Dios los ha criado, y ellos solos se han juntado. A los unos y a los otros, como decía mi abuelo. Y nunca mejor dicho.
Y ahora, señoras y señores, lo malo es que no puedo decirles aquello de siéntanse y vean, porque tal y como todos nos tememos, no es una guerra de las que podemos ver por la tele, como la de Kosovo, las dos de Irak o la de Afganistán o Vietnam, si nos remontamos más. Ahora nos la quieren meter en casa. Recemos porque finalmente no sea así.

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One Response to "Por Dios, por Alá…"

  1. Ambiciones  13 de enero de 2015 at 13:55

    Las mayores matanzas y atrocidades no han sido cometidas “en nombre del Señor”, sino en “nombre de la ambición”. Se olvida que las peores guerras y atrocidades en este planeta no han tenido relación alguna con ninguna fe religiosa. Y aunque no sea lo más agradable para el lector común, la defensa requiere la presentación de evidencias. La historia nos dice que la rebelión instigada por el líder militar An Lushan, quien vivió en el siglo VIII en China, provocó una represión por parte del imperio en la que murieron 35 millones de personas. Durante el siglo XIII, las distintas y múltiples invasiones llevadas por los ejércitos de Gengis Kan y Hulagu en el Asia Central produjeron la cifra de al menos 30 millones de muertos, en su mayoría musulmanes, aunque algunas fuentes hablan de 60 millones. Desde bien avanzado el siglo XIV hasta principios del siglo XV, las sucesivas masacres llevadas a cabo por Tamerlán en el mundo musulmán oriental terminaron con la vida de 17 millones de personas. La conquista manchú de China en el siglo XVII produjo la muerte de no menos de 25 millones de personas. En África las masacres no han sido menos numerosas. Durante los años 1885-1908, Leopoldo II llevó a la muerte al menos a 10 millones de personas en el Congo, y se calcula que durante su reinado la población del país se redujo de 30 a 9 millones de habitantes. En 1994, en Ruanda murieron, en el periodo de apenas cuatro meses, casi un millón de personas en una guerra étnica sin sentido. El siglo XX, con todo su desarrollo tecnológico, ha sido el más sangriento de la historia de este planeta. Como el lector ya estará cansado de leer sobre ello, solo mencionaré que las mayores atrocidades fueron cometidas por los ejércitos de Stalin en la Unión Soviética, los de Hitler en gran parte del continente europeo, los de Pol Pot en Camboya, los de Mao Tse-Tung en China, y durante las guerras de Argelia, Vietnam, Corea, El Salvador, Nicaragua, etcétera. Ninguno de estos personajes o eventos bélicos se caracterizó por tener algún grado de religión asociado. Más bien lo contrario.

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