España y su paro estructural II

JUAN FERRER. Economista . Ex concejal del Ayuntamiento de Valencia.

La derrota de las potencias del EJE deparó para España y el franquismo un aislamiento del mundo que se traducía en tres niveles: interrupción brusca de las relaciones internacionales (veto a la entrada en la ONU, OTAN, FMI, acuerdos de Bretton Woods etc.), imposibilidad de participar en el comercio internacional, ninguna participación en la distribución de Fondos Públicos Internacionales para la reconstrucción europea.

De este modo, España se vio abocada a organizar su mercado interior y toda la producción para el mismo. Ni el tamaño del mercado era suficiente para obtener economías de escala, ni el bajo nivel tecnológico de la industria junto a la carencia de capitales para suplirlo, permitían soñar su obtención.

Nos encontramos con una producción trabajo intensiva, mayoritariamente agrícola, y con la necesidad de obtener todo el aprovisionamiento, también para la reindustrialización del país, sobre la producción interior.  Podemos hablar de una economía cerrada sin sector exterior ni divisa convertible, resultado de la marginación de las nuevas instituciones políticas y financieras surgidas al fin de la II Guerra Mundial.

Si la carencia de bienes de equipo y materias primas para el relanzamiento de la industria fue decisiva, la falta de  fuentes propias de energía constituyó un estrangulamiento aún mayor, basta recordar el gasógeno y el racionamiento de la energía eléctrica. Las bases y estructura de la economía española se sentaron en la autarquía y perviven hasta nuestros días: déficit de capitales, déficit energético. Siguen siendo el talón de Aquiles de la economía española hasta hoy y causa de nuestro déficit por cuenta corriente.

¿Cómo reacciona el gobierno de Franco?. En 1941 creó el Instituto Nacional de Industria, siguiendo los pasos del IRI italiano. Al mismo se le encargó el desarrollo de una industria española de carácter público (capitalismo de estado) que proporcionara los bienes de equipo necesarios para la reindustrialización española.

Las Industrias promovidas por el INI abarcaban desde las materias primas, Hulla, Hierro Cemento hasta los bienes de consumo duradero Camiones Automóviles Ferrocarriles etc. Diversos organismos, desde el Servicio Nacional de Trigo, para garantizar (¡) el abastecimiento hasta el Instituto Nacional de Colonización o el de Concentración Parcelaria. En fin, había que poner en marcha la producción agraria capaz de superar las hambrunas y las cartillas de racionamiento que imponían la ausencia de comercio exterior y participación en la reconstrucción europea de postguerra al tiempo que se pretendía implementar una industria suficientemente “enérgica” que aparcara definitivamente el carácter agrario de la economía española.

Pero, la ausencia de capitales, de fuentes energéticas suficientes y de comercio exterior para procurarlos, fueron estrangulamientos que llevaron el modelo al desastre y la economía a la banca rota.

Se optó pues por dejar de lado la competitividad de la producción, ni era esencial ni necesaria puesto que no había competencia externa. Tampoco se industrializó en profundidad, una mano de obra barata, junto con la ausencia de competencia externa y una demanda siempre superior a la oferta, permitían obtener acumulaciones de capital sin preocuparse por la eficiencia en la producción ni ser exigentes con su nivel tecnológico. Y este modelo es el que se consolidó.

¿Cómo se financió?, mediante el ahorro obligatorio de los trabajadores. En 1942 se instauró el Seguro Obligatorio de Enfermedad. Bajo una denominación beatífica se escondía un sistema de expolio de las rentas del trabajo en beneficio del capitalismo de estado. Los ingresos proporcionados por el SOE se destinaban a adquirir acciones de los Institutos Nacionales del tipo que fueran principalmente del de Industria. Una organización económica ineficiente con un sistema de producción ineficiente, no tenía problema en obtener los recursos necesarios para su singladura. Una vez mas la garantía de las aportaciones públicas que “canalizaban” las aportaciones privadas obligatorias, garantizaban el continuo flujo de recursos que enjugaban los déficit del sistema.

Como que no todo se podía producir en el interior y algo si que se comerciaba con algunos países que no participaban del bloqueo, se arbitró un sistema que discriminaba las importaciones en función de los objetivos económicos de los gobiernos de Franco: El Sistema de Cambios Múltiples.

En la medida en que España había quedado fuera del FMI y de los acuerdo de Bretton Woods ni la peseta era convertible ni tenía un valor en relación a otras monedas fuera o dentro del “sistema de cambios fijos”, por lo que las exiguas  relaciones comerciales con éstos (Argentina) se contabilizaban mediante divisas referencia del sistema de cambios fijos: dólar, libra, franco francés, franco suizo etc.

Este montante de divisas disponibles servía para, previa autorización administrativa, importar con reducciones arancelarias, incluso sin aranceles, los productos que eran críticos para los sectores productivos determinados como estratégicos por el propio régimen. Con arreglo a una escala de “interés nacional” se podían obtener divisas a diferentes niveles de precio, a diferentes tipos de cambio. Si era algo declarado principal, se podía obtener un dólar por 20 pts, por ejemplo, si el producto no era tan crítico, el dólar podía costar 30, 40 o las pesetas que fueran determinadas por las autoridades económicas.

Junto con esta determinación “administrativa” aparecieron las “rentas de privilegio”, las ganancias que se podían hacer si uno tenía suficiente influencia bien para obtener una licencia de importación, bien para determinar que su importación era estratégica o una combinación de ambas.

Todo esto se asentaba sobre una paz laboral fundamentada sobre el Fuero de Trabajo (1938/Serrano Suñer) una legislación represiva característica de una dictadura –siempre escuché argumentar a Segundo Bru que la mejor ventaja competitiva de la derecha española era una buena dictadura- unos sindicatos que bajo la égida falangista y alguna complicidad vergonzosa ejercían un paternalismo en las relaciones laborares. Indispensable para mantener la disciplina de la producción en un ambiente de descontento, crisis política (1945, manifiesto de Lausana por Juan de Borbón/Fuero de los Españoles, 1947 Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado), aislacionismo internacional y acoso de la guerrilla.

No cabe la menor duda de que la configuración de la debilidad de la economía española corre pareja a la debilidad de sus instituciones políticas. Tampoco cabe la menor duda que las huellas y características de esa debilidad se establecieron durante la autarquía, de 1939 a 1959 y aún permanecen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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